Otegui, terrorista vocacional

Tal dia como ayer, 11 de noviembre, hace cuarenta años, un comando terrorista de ETA dirigido por Arnaldo Otegui me secuestró al salir de mi casa, en Madrid. El secuestro se prolongó durante 31 días, hasta el 12 de diciembre. En varias ocasiones a lo largo de estos años, incluyendo el libro en que narraba la conmoción personal y colectiva que la acción terrorista produjo, he procurado dejar constancia de mis vivencias y lecciones sobre el terrorismo, los que lo practican y los que lo sufren. Soy un superviviente del terrorismo y siempre he querido prestar mi voz en defensa y memoria de todos aquellos que la perdieron como consecuencia del nacionalismo terrorista vasco que durante décadas ensangrentó la tierra española. Este recordatorio decenal de mi peripecia tiene en estos tiempos un sentido adicional: el terrorista Otegui, que me privó de libertad y no habría dudado en privarme de la vida si necesario hubiera sido, individuo cuya biografía se confunde con su historial delictivo, goza hoy de la presencia pública que comparte con los separatistas catalanes y vascos, los y las socialistas que con él ocupan responsabilidades gubernamentales y fiestas navideñas y que graciosamente le otorgan tanto TVE como el hasta ahora tenido como respetable medio británico de difusión «The Guardian».

A lo largo de estos cuarenta años, poblados de una vida cargada de acontecimientos felices y luctuosos, de aciertos y errores, de éxitos y de fracasos, como tantas otras vidas, he debido, sin embargo, responder con un cierto cansancio a las preguntas que próximos y ajenos me dirigían sobre el terrorismo, sus secuelas, sus alcances, sus consecuencias. En un entorno inevitablemente cargado por el morbo que la víctima del secuestro arrastra consigo. Y a ello he procurado siempre responder con tanta precisión como parquedad, porque pensaba y pienso que del terrorismo importan por supuesto las tragedias personales de las víctimas, pero también la lección colectiva que debemos extraer frente a todos aquellos que lo practican, lo justifican, lo aplauden o pretenden olvidarlo bajo la clámide de las conveniencias políticas circunstanciales. Tan culpables son de la violencia terrorista sus autores como sus cómplices, aquellos que, según Arzallus, recogen las nueces del árbol que los criminales agitan.

Otegui ha emprendido la segunda fase de su empeño delictivo, cuando la sociedad española le impide practicar la violencia asesina, con la pretensión de elaborar un «relato» en el que se presenta como parte heroica e igual de un «conflicto» en el que luchaba contra la opresión de la represiva España. La mentira era y sigue siendo evidente: la justificación que ahora busca apenas encubre la voluntad genocida y racista de un grupo criminal empeñado sobre todo en garantizar el poder omnímodo de la tribu nacionalista, fuera o no partícipe directa de la violencia. La benignidad del sistema penal español y el inapreciable aporte de los jueces europeos que santificaron la «doctrina Parot» permiten hoy que esas y otras aberraciones sean moneda corriente en el flujo informativo y político. Bildu, el partido que encabeza el secuestrador Otegui, es un exponente manifiesto del endoso al terrorismo etarra y debería ser ilegalizado, como en su momento lo fue Herri Batasuna. Otegui sigue hoy inhabilitado por la Justicia española para concurrir como candidato a ningún proceso electoral.

No han sido pocos los que en estos cuarenta años, y sabiendo de mis inclinaciones religiosas y políticas, me han preguntado si no estaba dispuesto a perdonar. Mi respuesta ha sido siempre la misma: será mi conciencia la que decida sobre el perdón, pero mi responsabilidad social y pública, por residual que fuera, me dicta otra cosa: ni olvido ni perdón. Y no por un prurito de venganza, sino por una constatación evidente: nadie en el curso de los ultimos sesenta años ha hecho más en contra de la vida y de la libertad de los españoles que el grupo terrorista del nacionalismo vasco ETA. Olvidar lo sucedido, disimular sus alcances, difuminar sus responsabilidades es tanto como proceder al blanqueo de sus protagonistas y secuaces y consiguientemente invitar a la repetición del ciclo infernal.

Es por ello por lo que me pareció indecente que TVE, la televisión financiada con los impuestos de todos los españoles, prestara a Otegui la posibilidad de explayarse a gusto en un programa en el que llegó a reclamar el derecho a utilizar el terror en la prosecución de sus objetivos. El hecho de que los dirigentes del ente público, ante mis quejas personales y otras colectivas de amigos y colegas, me ofrecieran un segmento dedicado a cuestiones políticas nacionales y extranjeras para, en un breve aparte, inducirme a hablar de mi secuestro, me pareció tortuoso e insuficiente. Sigo esperando la oportunidad de hablar del tema en el mismo formato y duración que el terrorista Otegui tuvo para exponer sus falacias.

Como indecente me pareció que «The Guardian» prestara recientemente sus páginas a un artículo de Otegui en el que calificaba a la España actual de país represor. No es el primero que el terrorista publica en las páginas del diario británico, que parece tenerle como columnista habitual. Hice llegar al corresponsal del diario en Madrid un texto de respuesta del que no he tenido noticia. Y es que, en el triste aire de los tiempos, parece como si determinados medios de comunicación prefirieran prestar sus altavoces a los terroristas y no a sus víctimas.

Como una de ellas, cuarenta años después y todos los que Dios en el futuro me conceda, lucho y seguiré luchando para reclamar el derecho a la vida y a la libertad que Otegui y sus compinches durante decenios pretendieron negarnos.

Javier Rupérez es Académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.

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