Otra cumbre palestino-israelí

Por Shlomo Ben-Ami ha sido ministro laborista de Asuntos Exteriores de Israel y embajador en España (EL PAÍS, 11/10/05):

Un encuentro entre los líderes de las partes en una situación de conflicto, que a su vez reclaman un programa para un acuerdo definitivo y que, de hecho, han aprobado una hoja de ruta para tal pacto permanente, puede acabar siendo un choque entre dos minoristas que se quejan de las meteduras de pata y debilidades del otro, o un intento de coordinar una gran estrategia para la paz. Si los líderes optan por la primera posibilidad, y experiencias pasadas demuestran que es muy probable, Sharon evidentemente castigará a Abu Mazen [Mahmud Abbas] por su falta de decisión a la hora de contener a los extremistas en su terreno. Le dirá que su incapacidad para controlar a la plétora de milicias radicales de Gaza y Cisjordania, incluidas las de su propio partido, Al Fatá, acabarán libanizando los territorios y harán pedazos la credibilidad de la Autoridad Palestina (AP) como socio para un acuerdo negociado. Sharon reiterará su amenaza de que Israel no ayudará a crear los servicios necesarios para las elecciones parlamentarias de enero mientras Hamás no haya quedado desarmada y disuelta como milicia.

Abu Mazen tiene sus propias quejas. Advertirá a su interlocutor que el final de la ocupación de Gaza no será completo a menos que los palestinos tengan libertad para atravesar los pasos fronterizos y también controlarlos, y probablemente pedirá que se conceda a los palestinos el derecho soberano de poseer un aeropuerto y un puerto en Gaza. También tendrá razón al quejarse de que a la retirada de Gaza le ha seguido una campaña continua de Israel para la ampliación de los asentamientos de Cisjordania. Sharon, dirá Mahmud Abbas, ha tomado al pie de la letra la carta de Bush con las líneas generales de un acuerdo final, es decir como una luz verde para el refuerzo de los bloques de asentamientos, cuyos contornos no se suponía que fueran a ser definidos unilateralmente por Israel. También es probable que Abu Mazen pida al primer ministro que le ayude a consolidar su liderazgo mediante “gestos” (liberación de prisioneros, un paso seguro que una Gaza con Cisjordania, etcétera).

No es en absoluto mi intención afirmar que una conversación en esta línea no es necesaria. Sin duda lo es. Las dificultades de Abu Mazen para consolidar una política disciplinada y un sistema jerárquico de toma de decisiones en la AP, además del caótico comportamiento de las milicias, no inducen precisamente a un cambio de actitud en Israel para dejar la política del unilateralismo y pasarse a la de la negociación. En la actualidad, sólo los cada vez más reducidos márgenes de la extrema izquierda siguen creyendo en las negociaciones. Se necesitará un cambio más profundo en la actuación de la Autoridad Palestina para que los israelíes la perciban como un socio fiable para la paz. Por supuesto, también es cierto que la política israelí de hechos consumados no es exactamente decisiva para fortalecer la posición de Abu Mazen.

Pero ésta ha sido siempre la tragedia del proceso de paz. Un líder palestino, primero Arafat y ahora Abu Mazen, siempre necesita “incentivos” y “concesiones” del bando israelí para poder reducir a los grupos terroristas y demostrar a su pueblo que el proceso de paz es una opción creíble. Pero el dirigente israelí, ya sea Rabin, Barak o Sharon, siempre ha tenido una fachada política de la que ocuparse, y los “incentivos” siempre han sido insuficientes para lo que necesitaba su socio palestino a fin de establecer su legitimidad como líder y conciliador. Las partes siempre se han visto atrapadas en vasos comunicantes que en realidad nunca han funcionado. La salida de este enredo aparentemente sin solución reside en la capacidad de los mandatarios para acordar una gran estrategia para la paz. Ésta podría ser la agenda idónea para una reunión entre Sharon y Abbas. Sólo si se estableciera esa asociación para la paz podrán llegar realmente a un acuerdo sobre los respectivos compromisos. Entonces, las “concesiones” y los “incentivos” formarían parte de un proceso integral, y no serían sólo un premio por buen comportamiento.

Pero esto es esperar demasiado. Las posibilidades de que ambos líderes elaboren semejante estrategia conjunta de paz son prácticamente nulas. Ninguno de ellos cree de verdad en la Hoja de Ruta, y ambos tienen ideas diametralmente opuestas sobre sus disposiciones y su destino final. Para Sharon, la poco realista estipulación de que la Autoridad Palestina debe desmantelar a las milicias terroristas y su infraestructura es la mejor garantía para que la Hoja de Ruta no vaya a ninguna parte. Para el primer ministro, la Hoja de Ruta es la mejor protección imaginable ante la presión internacional y ante toda clase de extravagantes planes de paz o imposiciones externas. En cuanto a Abu Mazen, éste no sólo no se arriesgará a una guerra civil con Hamás, sino que también ha dejado claro en más de una ocasión que el Estado palestino con fronteras “provisionales” que se ha concebido para la segunda fase de la Hoja de Ruta es una trampa en la que de ningún modo caerá. Sólo aceptará un Estado “provisional” si se garantiza por anticipado un acuerdo final aceptable.

Pero si los líderes se aventuraran a un debate sobre la partida final, Sharon tendría motivos para preguntarse si las condiciones de Abu Mazen para un acuerdo negociado permanecen inalteradas desde los días en que Arafat rechazó un pacto que incluía la división de Jerusalén, la soberanía palestina sobre el Monte del Templo, una retirada israelí del 97% de Cisjordania, una solución práctica para el problema de los refugiados, y la concesión de un “paso seguro” que uniera a Gaza con Cisjordania. Debido a que no es una conjetura al azar el suponer que Abu Mazen responderá que Arafat hizo bien en rechazar los parámetros de Clinton porque estaban muy por debajo de las exigencias mínimas de Palestina para la paz, tampoco debería sorprenderse de que su interlocutor, la nueva personificación del consenso nacional israelí, afirme que las negociaciones en esas condiciones son una invitación a un agujero negro que conduce a un suicidio nacional. Sharon preferirá entonces echar mano de la seguridad política del unilateralismo. En esto no se verá seriamente cuestionado por su principal socio en el Gobierno, Peres, que sigue afirmando que el equipo de Barak y Ben Ami fue demasiado lejos en sus concesiones a Arafat. Será, inevitablemente, una reunión que tratará sobre quejas, y gestos…