Otra España es posible

El desafío político que la aspiración soberanista de una mayoría de catalanes plantea a España, en realidad tiene muy poco que ver con la posible viabilidad económica de cada una de las partes, que está más que asegurada. Tampoco tiene nada que ver con hipotéticos -y delirantes- cierres de fronteras económicas y sociales, o con supuestos peligros de confrontación social. Y se equivocan los que ven meros tactismos de supervivencia política o los que hacen un análisis tremendista en clave identitaria y creen descubrir viejas pulsiones tribales. Y, desengañémonos, el soberanismo no es hijo de la crisis económica y no se desinflará con una futura recuperación, sino todo lo contrario: el secesionismo todavía se sentirá más seguro para completar su objetivo. En todos los casos, desde mi punto de vista, se trata de interpretaciones hechas a la desesperada y que intentan esquivar el verdadero y gran envite: qué va a ser España sin Catalunya.

En artículos anteriores he intentado explicar qué ha llevado a una mayoría de catalanes a considerar que en España ya no había más recorrido político y social. Y he querido mostrar cómo a través de un cambio de marco de referencia muy acelerado el catalanismo había abandonado el viejo victimismo que justificaba la dependencia y ha asumido como necesario, justo y -sobre todo- plausible un horizonte de emancipación nacional en la forma de Estado independiente. El tiempo dirá, claro está, quién habrá interpretado mejor el conflicto y si mis tesis eran buenas o erróneas. La cuestión es relevante porque, en muy buena parte, la victoria o el fracaso del proceso soberanista depende de cuál de las dos partes está entendiendo mejor las lógicas sociales que están en juego. En este sentido, el menosprecio del adversario, bien sea tratándolo con condescendencia, bien sea demonizándolo, es la primera señal de un análisis fallido. Y es por esa razón que, desde el soberanismo, es del todo conveniente hacer un esfuerzo de comprensión exigente y respetuosa de las razones y las dificultades del adversario. Intentémoslo.

Siempre se podrá decir que ya se había advertido que no era de los vascos de quienes no se podía fiar España, por mucha ETA que hubiera de por medio, sino de los mosquitas muertas de los catalanes. Desde los clásicos como Gaspar de Guzmán y Pimentel, conde de Olivares, pasando por Miguel de Unamuno y hasta contemporáneos como Francisco Fernández Ordóñez, en el lecho de muerte, en 1992. La misma desconfianza que, a pesar de los esfuerzos de Jordi Pujol de prometer lealtad autonómica a cambio de más autogobierno, hacía que en España lo interpretasen como la expresión de una pulsión insaciable del nacionalismo catalán. Y la que ha llevado a Mariano Rajoy a sostener que no hay lugar para una tercera vía porque es obvio que, más temprano que tarde, acabaría resultando insuficiente para los catalanes. Es cierto, pues, que Catalunya ha sido, históricamente, el peor desafío al proyecto nacional español. La insatisfacción nacional catalana ha avanzado paralela a la incapacidad española por completar un modelo de nación que exigía la homogeneización cultural y lingüística de todo el territorio.

Por lo tanto, en la hora trascendental que estamos viviendo, sería conveniente no perder de vista esta perspectiva larga. Si para los catalanes el derecho a decidir es la culminación de un largo combate de más de 300 años por su supervivencia como nación, a España el desafío secesionista de los catalanes también la obliga a enfrentarse con el fracaso de su inacabado modelo de nación. Un modelo que nunca ha contemplado honestamente la diversidad de culturas, lenguas y naciones como una posible base constitutiva de lo que habría podido ser una exitosa nación de naciones. Así, al fracasar definitivamente España en su proyecto homogeneizador, también se hunde la idea que tiene de sí misma. He ahí, pues, el verdadero drama que provoca la independencia de Catalunya. Porque, si no fuera por la herida sentida por el nacionalismo español, tal como sostenía al principio, una secesión de Catalunya resuelta de manera acordada no plantearía dificultad alguna. La globalización de la economía y el amparo de Europa son bastante garantía como para que la secesión no desestabilizara nada de manera significativa. Al contrario: permitiría una Catalunya más próspera -que seguiría arrastrando al mercado interior español- y, además, España dejaría de malgastar energías en tensiones territoriales. Los cataclismos que se anuncian para los catalanes, todos sin excepción, vendrían directamente provocados por el despecho y el ánimo de venganza de un nacionalismo que se siente abandonado.

El problema radica, pues, en cómo repensar la nación española sin Catalunya. La dificultad a la que ahora mismo se enfrenta España, y que de momento parece incapaz de encarar con serenidad, es cómo imaginar su perfil nacional sin sentirse amputada en su esencia y sin vivir la separación como una humillación. Los analistas más lúcidos, como el amigo Juan-José López Burniol, hace años que lo han estado repitiendo sin que nunca se les haya tomado seriamente: el problema era España. Y aunque ya es tarde para poder integrar Catalunya a un nuevo proyecto, España tendrá que revisar -ahora, a la fuerza- de arriba abajo qué quiere ser en el futuro. Otra España es posible, sin ninguna duda. Una España que no debería construirse desde el sentimiento de pérdida, aunque tendrá que hacer su duelo. A no ser que los actuales alaridos por la secesión de Catalunya se deban interpretar como los llantos y lamentos de un luto anticipado por una pérdida que, sin querer reconocerlo, ya se sabe inevitable.

Salvador Cardús i Ros

1 comentario


  1. Si los separatistas se aplicaran el cuento de “contemplar honestamente la diversidad de culturas, lenguas y naciones” pero en relacion a Cataluna. Es decir, si su preocupacion fundamental fuese como garantizar los derechos del enorme porcentaje de espanoles que hay en su territorio en vez de preocuparse tanto por Espana como hace este senor, a lo mejor tendrian mas apoyos de los espanoles a los que nos da mas o menos igual su independencia.

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