Otra ‘oleada’: ¿funcionará?

Por Edward N. Luttwak, experto del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS), Washington.Traducción: José María Puig de la Bellacasa (LA VANGUARDIA, 07/02/07):

Cuanto antes pueda desplegar -aunque sea transitoriamente- el presidente Bush sus tropas adicionales en Iraq (la nueva y tan comentada oleada de más de 21.000 soldados), antes podrá anunciar que las tropas estadounidenses empiezan a volver a casa, tras el fracaso ineluctable del Gobierno de Iraq a la hora de “cumplir con su parte correspondiente del acuerdo”. En realidad, no resulta siquiera probable que mediara un verdadero acuerdo antes de que el primer ministro iraquí, Nuri al Maliki se viera inducido a emitir determinadas promesas que, seguramente, no podrá cumplir. Da la sensación de que Al Maliki, simplemente, accedió a todo lo que se le pidió a fin de complacer a la Casa Blanca y seguir contando con el respaldo estadounidense un poco más.

Al Maliki tendría que haber sido un auténtico Stalin o como mínimo un Sadam Husein para ordenar a las fuerzas armadas y de seguridad iraquíes que desarmaran a las milicias chiíes (como prometió); debería haber sido capaz de aplicar un régimen de terror y obediencia personal a los soldados y policías iraquíes, de modo que se enfrentaran a las distintas milicias con las que simpatizan o a las que han de rendir pleitesía para proteger tanto a sus respectivas familias como a sí mismos.

Sin embargo, Al Maliki no goza de semejante autoridad sobre los soldados y policías iraquíes; de hecho, ejerce escasa autoridad sobre su Gobierno de 39 miembros, representantes de los intereses de diversas facciones con sus correspondientes milicias. De hecho, la situación es aún peor, porque sólo las milicias kurdas obedecen indefectiblemente a sus líderes políticos; uno es nada menos que el presidente de Iraq, Jalal Talabani, en tanto que en lo concerniente a los demás se adecuará más a la verdad afirmar que las milicias iraquíes cuentan con líderes que les representan. De forma especial, las más numerosas y crueles milicias chiíes y en particular las del ejército de Al Mahdi, dirigido por el belicoso Moqtada al Sadr, obedecen a diversos jefes locales, algunos de los cuales sólo obedecen a Al Sadr intermitentemente. Si acaso, el primer ministro Al Maliki puede aspirar a no interferir – como hizo anteriormente- cuando las tropas estadounidenses detienen a sospechosos y se enfrentan a las milicias: tibio cumplimiento, en todo caso, de las promesas que se presupone hizo en su día.

Al Maliki no se halla tampoco en condiciones de cumplir su otra promesa, la de encabezar un nuevo esfuerzo para reconciliar a las sectas y facciones enfrentadas en Iraq. Al Maliki no es otro Gandhi, sino un líder del sectario partido Al Daua y en su caso quien habla, ante todo, es el militante chií que llega incluso a amenazar a los diputados suníes.

No es una coincidencia que Sadam Husein fuera juzgado, condenado y ejecutado por sus matanzas de represalia en 1982 tras un atentado fallido de Al Daua contra su vida en Duyail, para no hablar de otros asesinatos anteriores y posteriores. Sería una gran noticia que Al Maliki llegara a reconciliarse con sus rivales chiíes, y no digamos con los insurgentes suníes.

Afortunadamente, el presidente Bush dispone del recurso oportuno para el momento en que decida olvidarse de su última ocurrencia consistente en esta nueva oleada del envío de tropas adicionales a Iraq: la desvinculación. No consistiría únicamente en una retirada gradual ni desde luego un salto en la oscuridad del abandono puro y simple. No. Daría comienzo con un cambio táctico. Los soldados estadounidenses ya no patrullarían ciudades y pueblos, ni se dedicarían a acordonar y registrar áreas o a efectuar controles. La mayoría de los soldados destacados en Iraq ya no serían necesarios y podrían volver a casa, empezando por los sobrecargados reservistas y unidades de la Guardia Nacional. Contingentes estadounidenses – incluyendo unidades terrestres- permanecerían en Iraq pero en bases seguras y alejadas de los focos conflictivos más virulentos a fin de respaldar al Gobierno electo iraquí, garantizar su estabilidad, disuadir a posibles agentes de una eventual invasión o interferencia y golpear eficazmente núcleos yihadistas que pudieran surgir en el país. Por otra parte, el personal militar estadounidense – en reducido número- se limitaría a instruir selectivamente a las fuerzas iraquíes con garantías de seguridad.

Esta desvinculación no revertiría en un incremento de la violencia que aflige a la población iraquí. La cifra total de tropas estadounidenses en Iraq – incluida la tan publicitada nueva oleada de tropas adicionales- es tan reducida y sus conocimientos lingüísticos y otros conocimientos relativos al país tan limitados que apenas pesan en el grado de seguridad cotidiana. No pueden proteger a unos iraquíes de los ataques de otros. Alo sumo, su presencia en un lugar se limita a desviar los ataques a otro lugar, salvo cuando los propios soldados estadounidenses son atacados, triste procedimiento de reducción de víctimas iraquíes.

Los servicios de inteligencia son a la contrainsurgencia lo que la potencia de fuego es a la guerra convencional: simplemente carecemos de ellos en este caso, con lo cual resulta generalmente estéril el sacrificio de los soldados estadounidenses: por ello, en realidad la desvinculación rebajaría la cifra de operaciones estériles, no ya eficaces.

Por otra parte, y desde el punto de vista político, la desvinculación debería contribuir a reducir efectivamente el nivel de violencia en el país. Las fuerzas estadounidenses se han esforzado por interponerse entre suníes y chiíes; no obstante, tal actitud ha resultado en una especie de desresponsabilización de la mayoría chií hasta tal punto que algunos chiíes, sobre todo de Jaysh al Mahdi, se han sentido libres de atacar a las tropas estadounidenses y británicas por más que éstas protegían a la comunidad chií en su conjunto frente a los ataques suníes. Otros grupos chiíes que no han atacado a las tropas estadounidenses se han dedicado a perseguir sus fines sectarios sin renunciar, naturalmente, al amparo estadounidense.

Estados Unidos, por otra parte, es un enemigo a ojos de los suníes por la sencilla razón de que este país respalda a la mayoría gobernante, siendo así que consideran que son ellos, los suníes, los facultados para gobernar legítimamente el país aun estando en minoría: bajo la ley musulmana, sólo musulmanes pueden gobernar un Estado musulmán, y los chiíes son, a sus ojos, herejes.

Mediante la citada desvinculación, tanto los chiíes como los suníes se responsabilizarían de su propia seguridad, como los kurdos. Todas las facciones no separadas de forma natural por circunstancias geográficas se verían obligadas a regularizar y estabilizar sus relaciones recíprocas. Y ello quiere decir que se abordarían cuestiones como la de la violencia, la necesidad de entablar conversaciones y las consecuencias de los movimientos de población de las distintas comunidades.

Una razón para el optimismo estriba en que la propia violencia ha separado poblaciones antes mezcladas, lo que reduce motivaciones y ocasiones de futuros ataques.

Por lo demás, así es como se consumen – a veces- las guerras civiles en su propio rescoldo. En cualquier caso, es hora de que los iraquíes escriban su propia historia.