Otra vez al borde del abismo

Ya está claro que los últimos acuerdos del Consejo Europeo sobre una quita del 50 % de la deuda griega y la recapitalización de los bancos no han sido suficientes para calmar a los mercados. La crisis de la deuda pública europea se agrava, los tipos de interés y las primas de riesgo siguen aumentando y los chinos no demuestran ningún entusiasmo para acudir en nuestra ayuda.

Es lógico. Si los europeos no nos fiamos los unos de los otros, ¿por qué iban a hacerlo ellos con unos ahorros que les han costado mucho sudor? Hace unos días intentaba explicar en el Foro Económico del Sudeste Asiático en qué consisten nuestros males y los remedios con los que intentamos resolverlos a un sorprendido, y a veces divertido, auditorio. ¿Pero quién esta detrás del euro?, preguntaban. Saben que detrás de los bonos del Tesoro norteamericano que desbordan los cofres de sus bancos centrales está la Reserva Federal, con su capacidad ilimitada de imprimir dólares. Pero el euro es una moneda sin Estado, los gobiernos europeos emiten su deuda en una moneda que no controlan y el Banco Central Europeo no es, como los demás bancos centrales, el prestamista en última instancia. Y saben que en el mundo, con la única excepción de Rusia después de la caída del imperio soviético, no ha habido ninguna quiebra de un Gobierno que emitiese su deuda en su propia moneda y que los que lo hacían en la moneda de otros, como Argentina en dólares, no han resistido a dificultades como las nuestras de hoy.

Tampoco ha servido de mucho que en Italia y en Grecia hayan cambiado de primer ministro recurriendo a gobiernos tecnocráticos. No hay tiempo para elecciones, nos decía el presidente del Consejo Europeo en su lección de apertura del curso en el Instituto de Florencia. Berlusconi cae porque el bunga bunga les salía ya demasiado cara a los italianos. La subida de la prima de riesgo de la deuda pública italiana ha sido más eficaz que el rechazo de esos rituales eróticos de alquiler que habían contribuido al descrédito de Berlusconi. Se los habían tolerado hasta que el problema afectó al coste de la financiación del déficit y colocó a Italia al borde del abismo. Y de la ruina bursátil a las propias empresas de Berlusconi.

Se acabó el bunga bunga, manda la prima de riesgo. Ha sido la presión de los mercados la que ha conseguido lo que la izquierda italiana no fue capaz de obtener. Abandonado por los suyos, con una izquierda dividida e incapaz de tomar seriamente el relevo y excluidas las elecciones, no quedaba otra salida que la de un Gobierno técnico con Monti, la verdadera antítesis de Berlusconi. Pero aunque se hayan respetado las formas y el Parlamento haya votado –qué remedio– un Gobierno de técnicos bendecido por el Vaticano, lo que está ocurriendo se puede entender como el principio de una época posdemocrática.

ES EN PARTE el descrédito de la política, y en parte la situación de debilidad de los gobiernos que han perdido en la práctica su soberanía frente a quienes tienen el capital necesario para financiar sus déficits, lo que lleva al poder a técnicos supuestamente despolitizados. Si fuera cierto que solo hay una única política posible, y que los pueblos pueden cambiar de gobiernos pero no las políticas, en vez de convocar elecciones deberíamos convocar oposiciones.

Pero no es cierto que haya siempre una única política posible. En las pasadas elecciones, un candidato, Rubalcaba, abogaba por una reducción más gradual y realista del déficit público para evitar la recesión. Otro, el ganador por goleada, Rajoy, proponía una reducción del déficit mucho más rápida. ¿Eran conscientes los españoles de lo que significaba decantarse por esta segunda opción? ¿Rechazaron a Rubalcaba porque no creían que fuese posible aplicar su política porque Europa y los mercados no se lo permitirían? ¿O estaban de acuerdo con las propuestas de Rajoy porque de verdad creen que es mejor una reducción drástica del déficit público cueste lo que cueste? En cualquier caso, ahora verán lo que significa en términos de reducción de rentas, servicios públicos y actividad económica.

Pero los problemas no esperan. Los inversores siguen vendiendo deuda española, italiana y hasta francesa. Y además empiezan a no querer comprar la alemana, que por primera vez no ha conseguido colocar ni la mitad de su oferta de bonos. Y ya no son solo los especuladores, son los inversores institucionales más prudentes los que no quieren correr el riesgo de que les pase como con la deuda griega. Y los tipos de interés pueden crecer hasta el punto de que esos países no se puedan financiar en el mercado. El riesgo de implosión del euro es real y no hay mucho tiempo para ensayar nuevas soluciones.

La única solución que ya queda es que el BCE cambie completamente de comportamiento, que fije un tipo de interés máximo aceptable para cada país –para España no debería ser mayor del 5%– y que compre toda la deuda pública necesaria para equilibrar los mercados. Y si lo dijera claramente y con total credibilidad, ni siquiera tendría que hacerlo.

Y aquí está la gran divergencia franco-alemana. Les quedan pocos días para ponerse de acuerdo.

Por Josep Borrell, presidente del Instituto Universitario Europeo de Florencia.

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