Otra vez el embargo

El debate sobre el final del bloqueo contra Cuba vuelve a estar en la calle. Dura desde hace 47 años y, de vez en cuando, salta la liebre que anuncia el final, siempre ligado a la llegada a la Casa Blanca de algún mirlo blanco, obligatoriamente demócrata y abanderado de la legalidad internacional.

Pero ahí sigue, como anacronismo de la guerra fría y como contradicción de un anticomunismo trasnochado que presiona a un islote de 10 millones de habitantes mientras trata abiertamente con el PC chino y con el Vietnam que derrotó al Imperio, y que dialoga sin disimulo con la estalinista Corea del Norte, con la que representa de forma intermitente, como ahora mismo, un extraño juego de trileros sobre el tapete del programa atómico.

En esta ocasión le ha tocado el turno a Barack Obama. El presidente anunció una ruptura en el tratamiento del dosier cubano y, de hecho, ya hizo un gesto sustantivo al autorizar en abril los viajes y los envíos sin limitaciones de los cubanos residentes en EEUU. Un paso notable si se tiene en cuenta que las remesas de los familiares alcanzan unos 1.200 millones de dólares (860 millones de euros) al año y representan la tercera fuente de divisas de Cuba, solo por detrás de la venta de misiones médicas y del turismo. Analistas de Miami calculan que unos 400.000 cubanos viajarán anualmente a la isla con la nueva norma, una cifra que permite plantearse si el régimen de La Habana podría aguantar incólume esta invasión y la de los cientos de miles de estadounidenses que irían de vacaciones a la isla si se abriese la veda.

El resto, el levantamiento del embargo, queda a expensas de la aprobación del Congreso, donde se cocina la política exterior del país, aderezada por la salsa que aportan los lobis, esa nebulosa que escribe leyes y compra conciencias –además de senadores y diputados– para llevar el agua al molino de sus intereses. Y ahí está el problema. En el Congreso y en los lobis, porque la comunidad cubana de Florida es uno de los pesos pesados a la hora de influir en las decisiones políticas, y es precisamente la que no permite que se elimine la sanción.

Aunque numéricamente no es exagerado (en EEUU hay cerca de 1,5 millones de cubanos, y en Florida, menos de 900.000), el colectivo arraigado en la península suroriental del país ha conseguido desde el primer momento un decisivo peso político y económico. De hecho, la influencia de esa minoría, con empresarios montados en el dólar desde 1959 por las relaciones que mantenían con las compañías locales durante la dictadura de Batista, les proyectó a un nivel que en algunas elecciones les ha situado en la tesitura de decidir el resultado, como ocurrió con George Bush hijo. No hay que olvidar que Florida tiene 27 grandes electores y es el tercer estado con mayor poder de decisión. Un dato clave para entender por qué Washington mantiene el bloqueo.

No obstante, cabe preguntarse si todo eso sirve para algo y, si no es así, por qué se empeñan en mantenerlo. El Comité de Exteriores del Senado se lo planteó, realizó un amplio y detallado estudio y hace unas semanas concluyó: «El embargo ha sido un fracaso que solo ha servido para reforzar la dictadura». Incluso fuentes de la Fundación Nacional Cubano Americana, la entidad que presidía el fallecido y rabioso anticastrista Jorge Mas Canosa y que ha firmado en las últimas décadas todas las acciones realizadas contra la isla, se han apuntado a esa línea y han declarado: «El embargo ha sido poco más que una pose para propósitos electorales internos».
Hace más de una década, Bill Clinton ya tenía sobre su mesa de trabajo informes del Pentágono demostrando que Cuba no representa ningún peligro militar ni estratégico, y los empresarios y la Cámara de Comercio de EEUU hace muchos años que reclaman a la Casa Blanca un cambio porque, según dicen, el embargo solo perjudica a los civiles de la isla.

Además de las presiones internas, los gobiernos de EEUU llevan más de 15 años aguantando llamamientos de la ONU, con votaciones casi unánimes, solo rechazadas por los delegados de Washington y Tel Aviv, con el apoyo puntual de algún despistado, como el representante de las islas Palau. Eso sin olvidar las declaraciones cada vez más generalizadas y contundentes de los dirigentes de todo el mundo.

Entonces ¿por qué se mantiene el embargo? La única razón plausible es la que explica que la comunidad cubana de Miami protege sus intereses. Según un estudio realizado conjuntamente en 1998 por las universidades de La Florida y La Habana, el levantamiento del embargo retraería como mínimo un 40% el sector agrario de la península (caña de azúcar, cítricos y vegetales), debido a la modernización del fértil y ahora desasistido campo cubano, y golpearía notablemente el lucrativo negocio del turismo, ante la imparable competencia de la espléndida biodiversidad de la isla. También las grandes marcas del ron y los puros, como los Bacardi y los Davidoff, notarían la competencia. Y todas esas son, como mínimo, razones de peso.

Clinton inició su mandato con la intención de cerrar este negro episodio de la historia de EEUU y chocó con el Congreso. Su esposa, Hillary, ha recogido el testigo y el debate está en la calle. Solo eso, porque la llave sigue en Miami.

Alfons Ribera, periodista.