Otra visita a George Orwell (y 2)

Nuestro conocimiento de Orwell, en general, está basado en una serie de tópicos a los que el tiempo ha puesto sordina y, como muchas veces ha ocurrido en nuestra malhadada historia, se han ido conformando a partir de la ignorancia. Así, por ejemplo, es el autor de un libro legendario sobre nuestro sufriente país del que bastaría el título para darnos cuenta de cuánto nos estimaba. HomenajeaCatalunya.Publicado en 1938 tras una experiencia de casi seis meses formando una brigada del POUM, el libro, de constituir un homenaje a alguien, es a la España popular, revolucionaria, manifiestamente anarquista, a la que reprocha que no haya volado el edificio de la Sagrada Família, en su opinión uno de los más feos del mundo.

Y henos ya de lleno en las particularidades de la más que singular trayectoria de Orwell en España. Como texto, Homenaje a Catalunya es una obra trascendental para el conocimiento de la personalidad del autor, porque en ese libro están esbozos que caracterizan su pensamiento e incluso su manera de ser, pero como obra literaria me parece de menor cuantía. Su importancia como documento humano sobre la personalidad de Orwell es notable, su relevancia periodística de los hechos relatados es limitada y sufre, en el caso español – castellano y catalán-más quizá que en ninguna otra lengua, el castigo de su servidumbre instrumental. Eric Blair – auténtico nombre de George Orwell-,voluntario británico en las Brigadas Internacionales en la lucha contra el fascismo, es decir, contra Franco, se convertiría por esos milagros de la taumaturgia intelectual post mórtem en el primer denunciador de los comunistas y de cuantos lucharon en el bando republicano. ¿Verdad que nunca le explicaron que el libro que usted había leído en castellano o en catalán estaba censurado y que la única edición digna (Tusquets) apenas cuenta seis años?

Orwell murió en 1950, a los 46 años, y de él se puede decir que vivió dos vidas; la suya propia y la de sus escritos, que habrían de convertirse en arietes de la guerra fría frente al comunismo. Hora sería en España de reconstruir el personaje y quitarle las charreteras que le pusieron; todas esas boberías sobre su supuesto anarquismo conservador,para que aparezca el radical que fue, tanto en sus juicios, como en sus actitudes y sobre todo en sus escritos. Estamos ante un tipo difícil, con una acusada personalidad que rozaba lo atrabiliario, y cuya principal obsesión y ambición fue la literaria. Y a eso dedicaría su vida, interrumpida siempre por obligaciones de la decencia. Por eso a Orwell cabe considerarle el paradigma del compromiso político, en su sentido genuino de compromiso con la verdad.

¿A qué llamo obligaciones de la decencia? Pues a asuntos tan evidentes como apuntarse para defender la República española frente al fascismo que la amenazaba. ¿Qué otra cosa podía hacer un hombre decente? Que luego llegara a Barcelona y se encontrara con unos republicanos divididos y enfrentados, y que por supuesto comprobara in situ que ninguno tenía interés por la democracia, era otro asunto que no negaba la mayor: como revolucionario su obligación estaba en España y frente al franquismo. Y aquí ya entramos en el terreno propiamente orwelliano. Se había apuntado como voluntario a partir de una asociación de escritores británica y le adscribieron a un batallón del POUM. Nada más alejado de las ideas de Orwell que las posiciones del POUM durante la guerra española. Por una pereza mental muy nuestra, el POUM, o Partido Obrero de Unificación Marxista, se adscribe al trotskismo, incluso durante la Guerra Civil, afirmación que al propio Trotsky sacaba de quicio porque no paraba de denunciarlos, y que cabe interpretarlo como un éxito de la propaganda estalinista. Lo cierto es que Orwell marcha al frente con los del POUM y por más que rechace sus posiciones y esté mucho más cerca de Negrín y de los comunistas, hay algo que choca con su sentido de la decencia: que las diferencias políticas se transformen en calumnias. La acusación estaliniana según la cual los del POUM eran agentes emboscados del fascismo y debían ser exterminados, como ocurriría con Andreu Nin entre otros, será algo que marcará las coordenadas políticas de Orwell.

Hay pocos escritores que conviertan en eje de su trayectoria la convicción de que la verdad es revolucionaria en sí misma, y que la libertad para expresarla constituye la medida de una civilización. Orwell convertirá su literatura en una permanente reflexión sobre la verdad y en un brillante ejercicio paródico de la mentira en sus infinitas variantes, sociales y políticas. Si no tengo en especial estima un libro como Homenaje a Catalunya es porque aún está ahí un escritor en ciernes que no sabe muy bien qué estructura darle al libro; basta ver las diversas recomendaciones sobre futuras reediciones para entender que no estaba aún fino. Esa finura que saldrá de un tirón en un libro escrito en estado de gracia como es su Rebelión en la granja,donde hay mucha densidad reflexiva pero sobre todo mucha literatura, desde Jonathan Swift hasta sus adorados Dickens y Somerset Maugham, un autor que por eso de las modas literarias otoño-invierno ahora no se usa.

El Orwell póstumo, su instrumentalización política, limitó su alcance literario. Así, por ejemplo, junto a esos dos jalones, los más conocidos de su obra, Rebelión en la granja y 1984,está una novela preciosa, Subir a por aire,que desde pautas alejadas de la política plantea, y de una manera emocionante e incluso tierna, el monotema de la obra orwelliana, la verdad. La búsqueda de las raíces de la infancia, esa eterna fuente de la literatura que se convierte en este texto de Orwell en un recital de las sensibilidades del hombre común. Y aquí entramos ya en el George Orwell persona, un tipo raro, mucho. Con un agudo sentido de clase, de la suya y de las otras, de esas manifestaciones notorias de las clases altas que Elias Canetti consideraba la imagen de marca más notoria del mundo británico: el orgullo.

La complejidad de la personalidad de Orwell en su relación con las mujeres, o con los niños y su particular concepto de la experiencia en la pedagogía. Su denuncia de las dos actitudes más despreciables del intelectual, la impostura y la frivolidad, a las que no dudaba en poner nombres y apellidos. La inclinación hacia la vida tranquila y la ausencia de vida social, que para él representaba el sueño de instalarse en un faro, y en su defecto en el campo o en una isla; su tozuda estancia en Jura merecería más de una reflexión por lo que significó para un enfermo de tuberculosis. Su valentía, que rozaba la temeridad, en la guerra civil española y en la mundial, y lo que es aún más arriesgado, en las durísimas batallas intelectuales de los cuarenta.

Si contemplamos con una cierta distancia la vida y la obra de Orwell mientras se le van cayendo las adherencias instrumentales de la guerra fría, nos queda una evidencia. Fue fiel a la verdad incluso en la denuncia de la mayor de las convenciones sociales, la que no permite sacarles los colores a los impostores ilustres. Hace unos años causó un verdadero escándalo que se encontrara un listado de 38 personalidades a las que Orwell describía como criptocomunistas. ¡Cuánta hipocresía, y menudo ejercicio para tartufos! Lo que Orwell planteaba en esa lista respondía a la norma que había regido su vida: una verdad debe ser asumida con mayor fuerza que una mentira, yasí no es posible apoyar al estalinismo y no asumirlo, porque sería tanto como jugar con dos barajas y optar siempre a la que gana.

¿Con qué criterio se puede valorar la obra de Orwell? Él partió de su experiencia española durante la Guerra Civil y de las calumnias a los adversarios hasta convencerse de que el régimen soviético era una gran mentira. Mientras la clase obrera europea no desterrara el mito de la revolución rusa no había ninguna posibilidad de un socialismo que no fuera una siniestra dictadura. ¿Quién, con lo que sabemos hoy, puede reprochárselo?

Gregorio Morán