Otro cine, otro mundo

Escribir es un ejercicio de humildad permanente. El pasado sábado estaba metido en esa angustia insuperable del deterioro de la enseñanza pública, la derrota más sentida. ¿Quién me iba a decir que el mismo día que me preguntaba sobre el paradero del presunto pedagogo Álvaro Marchesi, responsable principal de nuestra Logse, le iban a nombrar secretario general del Instituto Iberoamericano para la Educación? Imagino que debe de existir una ley de la física social según la cual toda inteligencia mediocre, bien avalada, desarrolla un impulso hacia arriba directamente proporcional a su demostrada incompetencia. Con la anuencia de un BBVA en expansión latina y el apoyo del grupo El País dedicado a la industria pedagógica, y tras haber aprendido a bailar salsa, que según confesión propia facilita las relaciones sociales en Latinoamérica, entiendo ahora – demasiado tarde, una vez más- que sería difícil encontrar personaje más idóneo.

La vieja cosecha política de Bandera Roja quizá ha sido letal para la izquierda española – el quizá lo pongo por no generalizar-, pero ha dado mucho juego, justo es reconocerlo. Imaginarse que nació allá por el 72 con un texto rubicundo, que haría desternillarse de risa a cualquiera de sus hijos, no digamos ya a sus nietos, titulado “Sobre el revisionismo”. Y helos ahí ahora, ufanos, negando su pasado con la misma vehemencia que aquellos otros chicos del Opus Dei que aseguran hoy que nunca lo fueron, conscientes todos de que lo más difícil ya pasó y que la vida está llena de oportunidades para la gente audaz y desenfadada. Sobre todo desenfadada.

Otro mundo. Es posible que vengamos de otro mundo. Ocurre con el cine. Recuerdo una tarde de otoño en Oviedo. La memoria de los asturianos tiende a identificar las situaciones del pasado con el otoño, porque es un tiempo largo que se extiende y se prodiga, como la lluvia, entre todos los demás. Estábamos un grupo de adolescentes en una de aquellas casas del Oviedo establecido – Uría esquina Toreno- probablemente aburriéndonos, cuando entró la dueña de la casa. Era una señora elegante, de modesta estatura. La recuerdo en el momento de quitarse los guantes y mirarnos como si formáramos parte del mobiliario, pero como tenía una opinión, casi una pena, que debía manifestar porque le salía del alma, con esa aplastante seguridad de quien está seguro de que no hay más verdad que una, y esa es la suya, se dirigió a nosotros: “No sé por qué hacen películas tan desagradables”.

Ella acababa de llegar del cine. No recuerdo el nombre de la dama que, por esos azares del destino, sé hoy que emparentaba con José María Aznar. Sí memorizo el nombre de su hijo. Quizá se deba a la cantidad de veces que pasaban lista en los colegios de antaño, pero recuerdo a muchos de mis amigos de entonces por el nombre y los dos apellidos, incluso ahora que muchos han ido ocultando los García o los Fernández o los Pérez, reduciéndolos a una mayúscula, cuando no retirándolos. Se llamaba, y probablemente se llama, porque no tengo idea de qué habrá sido de su vida, Anselmo López Acha. Si lo cuento es porque debo a su madre una lección. Ella me dio la pista de que había otro cine, y por tanto otro mundo. La película que le había parecido tan desagradable era Crónica familiar. Fui a verla al día siguiente.

He tratado de encontrar en videotecas y entre amigos cinéfilos aquella Crónica familiar, sin éxito. Por tanto he de recurrir a mi memoria, de seguro exagerada y tendenciosa, de un filme que habré visto en el 63 o 64. ¿A saber cuánto se tardaba entonces en poner una película que se había estrenado en el festival de Venecia de 1962 y que había conseguido nada menos que el máximo galardón, el León de Oro? La dirigió Valerio Zurlini basándose en un relato de Pratolini al que daban vida dos actores que desde entonces para mí hicieron época. Marcello Mastroianni, el grande, y Jacques Perrin, inolvidable siempre, ya hiciera de protagonista, de director o de productor. Ellos dan vida a la historia de dos hermanos que se reencuentran en una atmósfera cargada, lenta, que evoco en tonos sepia, mientras ellos repasan la sordidez de su tragedia personal, tintada de pobreza y tuberculosis. Guardo una imagen sobrecogedora de una cama en la que reposa un Jacques Perrin moribundo, donde el color sucio del enfermo va parejo con el blanco usado de una sábana hospitalaria. Quizá la he inventado yo, pero la recuerdo aún hoy como una secuencia capital.

Ahí estaba otro mundo y otro cine. No tanto porque la Italia que filmara Zurlini o el aspecto desolado de Mastroianni, un periodista quebrado por dentro y por fuera, tuviera algo que ver con la elegante dama ovetense, ni con el puñado de pijos con pretensiones que éramos nosotros. Apenas la lluvia acercaba la Toscana del relato con aquella Asturias siempre humedecida. Era otro cine porque contaba otra historia, y lo hacía sin esas ataduras que ya entonces marcaban la discreción, el buen gusto y las proporciones que adoran los espectadores. Aquí el espectador estaba solo ante un relato brutal y nadie sentía piedad por él, porque el cine, el otro cine, no tiene por qué sentir piedad por nadie. Si no la sienten los personajes por sí mismos, ¿por qué habrían de ablandarse para quienes los miran?

Es curioso que pasados más de cuarenta años, que se dice pronto, he vuelto a sentir esa misma sensación desazonadora de estar viendo un cine diferente sobre un mundo diferente. Y de nuevo, como si estuviera echado en un diván de psicoanalista, se trata de dos hermanos que luchan por romper el maleficio de su desgraciada vida, entre la memoria y la tragedia, sobre otro fondo de pobreza. Pero no es la Italia del fascismo y la Guerra Mundial sino la celebrada Dinamarca de la educación y la liberalidad. Ya desconcierta el título, Submarino,así, en castellano, que no creo atraiga a nadie hacia una butaca para ver un filme danés, urbano, donde ni aparecen submarinos ni siquiera se ve el mar. Basada en una novela de un autor para nosotros desconocido – Jonas T. Bengtsson- usa la metáfora del submarino para referirse a una forma de tortura así bautizada durante la represión militar en América Latina. Pero aquí no hay milicos, ni guerrilleros, ni nada que se le parezca. Aquí estamos en la historia de dos muchachos tocados por la desgracia, que tratan de sobrevivir en ese borde siniestro de la sociedad, en los márgenes, luchando por esa bocanada de aire que les alargue la vida. Aunque sea para prolongar la tortura.

No es un filme para animar a nadie, ni siquiera recomendable a gentes sensibles a eso de la autoayuda, la trascendencia del yo y otras masturbaciones mentales. Todo es liso y barroco como la marginalidad de las sociedades desarrolladas. Otra vida exige otro cine, y eso es Submarino.Dirigido por Thomas Vinterberg, al que ya creo haberme referido hace una década cuando muchos nos quedamos literalmente clavados a la butaca ante su Celebración,uno de esos relatos cinematográficos de una dureza y una fuerza que rompen las convenciones del cine.

Es posible que algún día alguien explique por qué Walt Disney debe ser considerado uno de los grandes corruptores sociales del siglo XX. Y lo siguen siendo sus herederos. Partir de aquello que ya intentó hace muchos años el chileno Ariel Dorfman sobre el Pato Donald, y del que tengo un recuerdo muy vago, sino algo más cotidiano, más simple, pero no por ello menos trascendente: que la imaginación está hecha para distraer al espectador y engañarle, porque bastante dura es ya la vida para ensañarse exhibiéndola. La perversidad ideológica de Walt Disney se puede medir por su omnipresente influencia. De él se puede decir que inventó una industria cinematográfica basada en la castración intelectual con pretensiones culturales. Siempre que alguien se pregunte por qué se hacen películas desagradables, está repitiendo aquella fórmula ideológica que le hizo conquistar el mundo. Por eso, ver filmes como Submarino nos consiente contemplar un resquicio de realidad entre la gran baratija del “mercado cultural”.

Gregorio Morán