Otro socialismo es posible

En vísperas de un intenso período electoral, los movimientos de los que vienen siendo los dos grandes partidos de centro en España (PP y PSOE) muestran interesantes paralelismos, pero también notables disparidades. Ambos están haciendo una intensa renovación de sus cuadros dirigentes con vistas a los comicios, ajustando el personal a la estrategia electoral; pero tras este paralelismo se ocultan grandes diferencias.

Los cambios en el PP corresponden a una profunda mutación de ideas o principios políticos; el PP de Mariano Rajoy era, como su presidente, profundamente conservador. Su lema parecía ser, al contrario del plan de Tancredi en El gatopardo, «que nada cambie para que todo siga igual». Para Rajoy lo único que debía reformarse era la economía, porque ésta era «lo único importante»; pero incluso en este campo la reforma debía mantenerse dentro del mínimo, aplicando exclusivamente los retoques necesarios para reducir el desempleo. Ante el otro gran problema que tiene planteado España, el del separatismo, se trataba también de mantener una política de contención, sin ir nunca al fondo del problema, una política siempre a rastras de los acontecimientos, cediendo toda la iniciativa al adversario; cuando éste dio lo que pretendía ser un jaque mate, se optó por un tímido golpe de timón (el 155) que devolviera la nave no a nuevas singladuras sino al primitivo y vacilante rumbo. Es evidente que el nuevo PP, en esta materia al menos, sí pretende aplicar un enérgico golpe de timón si los electores le dan la oportunidad y los separatistas el motivo. La renovación del personal revela un replanteamiento de la visión política.

La renovación de candidatos en el PSOE, por el contrario, no se debe a un cambio de principios, ya que su actual directiva no tiene más principio que el deseo de mantenerse en el gobierno. Se trata, simplemente, de asignar los puestos de responsabilidad a los amigos del presidente y relevar a los que no son considerados como tales. En realidad, aquí se trata de «que todo el personal cambie para que todo siga igual». Se trata de evitar el debate. Los socialistas están muy divididos, sobre todo en lo que se refiere al separatismo. El método de Sánchez, sin embargo, es apartar y silenciar a los disidentes (véanse los casos recientes de Fernando Mújica y de Soraya Rodríguez), sin diálogo para no mostrar fisuras. Se trata de encastillarse, de aprovechar los fallos del contrario y de ganar las elecciones por la mínima, pactando con quien sea necesario. Se trata de adaptar los principios a las circunstancias, como Groucho Marx. En una palabra, se trata de comportarse y situarse en las antípodas de lo que ha sido la mejor izquierda, un partido de crítica, de opinión, de debate, de cambio. El PSOE de Sánchez adopta, en la conocida dicotomía de Isaiah Berlin, no la táctica del zorro, sino la del erizo.

Pero aunque hoy vaya por delante en las encuestas, el PSOE tiene serios problemas. El socialismo los tiene en toda Europa debido a que la socialdemocracia triunfó en las décadas centrales del siglo XX y hoy, mejor que decir como Nixon en 1971, «ya todos somos keynesianos», sería más apropiada la frase muy anterior del liberal William Harcourt, en 1888, «ya todos somos socialistas». Por lo menos, en los países adelantados ya todos vivimos en el Estado asistencial o de bienestar, que era el punto fundamental de la socialdemocracia en los albores del siglo XX. Y a ningún político en sus cabales, de derechas o de izquierdas, se le ocurre cuestionar hoy este pilar de nuestra convivencia política.

¿Está entonces el socialismo condenado a sumirse en «la papelera de la historia», como le auguró León Trotsky en 1917? Los mismos trotskistas pronto cayeron en el recipiente de los desechos, pero si el socialismo mantiene el «vacío en la cabeza» del que hablaba Antonio Machado y persiste en las tácticas oportunistas y electoreras de las que tanto tiempo lleva haciendo gala, allá irán los socialistas tras los seguidores de Trotsky y los de Stalin. Practicando las mañas del erizo, podrá quizá ganar otras elecciones, pero cuanto más tiempo permanezca en el poder mayor será el número de los que se desengañen o busquen alternativas, y no necesariamente en la izquierda. Los socialistas solamente podrán desempeñar un papel importante en el futuro si abandonan su oportunismo y, como hicieron en su día los fabianos británicos y los socialdemócratas alemanes, se replantean el futuro como partido de la izquierda reformista, fiel a unos principios claros y a la «honradez y firmeza» de que tanto presumían en tiempos de Felipe González, pero que ahora parecen haber olvidado.

Vayamos a las cuestiones importantes. En lo relativo al separatismo, la obsesión por mantenerse en el poder de Sánchez le ha metido ya en un embrollo del cual le va a ser difícil salir. El recuerdo de su conducta durante estos últimos nueve meses va a ser una carga de la que le costará librarse. Su empecinamiento en mantenerse en el gobierno con una exigua base parlamentaria le llevó a aliarse con los separatistas y le privó de la confianza de las fuerzas políticas constitucionalistas. Ello, con toda probabilidad, le abocará a seguir en coalición con Torra y compañía en caso de que el calidoscopio electoral le permita seguir gobernando en coalición (nadie piensa en la mayoría absoluta). Ya hemos visto los trayectos que los de Puigdemont, CUP, ERC, CDR y tota la colla acostumbran a dar a sus compañeros de viaje. Cuatro años más de compadreo con tales socios pueden acabar con el PSOE (y con el resto de la izquierda) para muchos años, y es muy probable que también acaben con la España que conocemos. Quizá aún estuviera Sánchez a tiempo de entenderse con Ciudadanos; pero para ello tendría que comprometerse a hacer honor a la última letra de sus siglas (la E de «español») y moderar su obsesión por permanecer en La Moncloa. En definitiva, ser fiel por una vez a los mejores principios del socialismo.

En lo referente al Estado asistencial, la criatura de la socialdemocracia, los socialistas debieran volver, también aquí, a la senda de la honradez y la firmeza, y dejar de utilizar el presupuesto para sus fines partidistas. Este uso espurio puede mantener unido al partido una temporada, pero a la larga es una fuente de desunión y desprestigio. Recordemos el caso lamentable de Zapatero I el de las mercedes.

Otro tanto puede decirse del problema del desempleo, endémico en la economía española y embarazoso para el PSOE, porque en sus deseos de complacer a los sindicatos y de aparecer ante el electorado como campeón de los trabajadores y azote de empresarios desalmados, introduce medidas que parecen favorables a los trabajadores (y trabajadoras) y al cabo causan el paro de aquellos a quienes se decía querer favorecer. Ejemplo reciente, de entre los muchos que se podrían aducir: el lío espantoso de los permisos de maternidad y paternidad, que se ha convertido en una serie de zurcidos para remediar anteriores desaguisados.

En materia de educación hay tanto que reprochar a la política de los socialistas (sin que la del PP haya sido ejemplar, todo lo contrario; a Rajoy le importaba la educación más o menos lo que a Sánchez) que bastará decir que un gobierno que tiene a Isabel Celaá como ministra del ramo está proclamando a voces que la educación no le importa nada. Claro que lo mismo dice, con voz aún más fuerte, el tener a Sánchez como presidente. Y esto sí que es una traición a los principios socialistas, porque una educación exigente y de calidad es el mejor vehículo para la igualdad de oportunidades.

En resumen, mi pregunta a los dirigentes del PSOE, que tanto empeño ponen en mantenerse en el poder, sería: ¿por qué no se dejan de triquiñuelas informáticas y de las otras, de malabarismos presupuestarios de última hora, de exhumar momias, de resucitar los fantasmas de la guerra civil, de viajar en Falcon, de hacer guiños cómplices a separatistas y podemitas, y en lugar de todo eso, piensan y actúan como herederos de una tradición socialista austera, seria, reflexiva y responsable?

Quizá actuar así pudiera poner en peligro la permanencia de Sánchez en la Moncloa; o quizá no, pero sin duda beneficiaría al partido a largo plazo. Y a España.

Gabriel Tortella es economista e historiador. Sus últimos libros son Capitalismo y Revolución y Cataluña en España (con J.L. García Ruiz, C.E. Núñez, y G. Quiroga).

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