Pablo Casado y sus dilemas

El cese de Cayetana Álvarez de Toledo como portavoz del Grupo Parlamentario Popular en el Congreso ha puesto de manifiesto nuevamente la difícil situación que Pablo Casado viene arrastrando, desde hace ya demasiado tiempo. El líder popular no solo afronta tensiones y desgarros en el seno de su partido sino que también debe lidiar con una endiablada situación en el tablero político nacional que tendrá que abordar inexcusablemente en algún momento.

En efecto, en el ámbito nacional porque necesita imperiosamente del concurso de Vox y Ciudadanos para conservar su cuota de poder en distintas autonomías, siendo así que ambos partidos vienen manteniendo posiciones diametralmente opuestas en cuestiones de índole ideológico y político de gran relevancia. Pero en su propio partido

la situación no es más halagüeña por cuanto cada vez es más notoria la existencia de dos sectores o corrientes de opinión que propugnan estrategias diferentes a la hora de enfrentarse en el Parlamento al Gobierno actual.

Unos, desearían un enfrentamiento decidido con los social-comunistas, desenmascarando su desastrosa gestión al frente del país poniendo decididamente en cuestión la superioridad cultural e ideológica que sin ningún fundamento se empeñan en exhibir. Cayetana Álvarez de Toledo sería con toda seguridad una de las figuras más caracterizadas de esta posición.

Otros, por el contrario, propugnan que el PP ejerza una oposición moderada que afiance su centralidad en el ámbito parlamentario y atienda más bien a las necesidades y urgencias económicas del país que estima perentorias. Son los partidarios de realizar una oposición constructiva y dialogante que se acomode a lo que está haciendo Ciudadanos últimamente. A Núñez Feijóo se le atribuiría la capitanía de este creciente sector emparentado con el anterior presidente Mariano Rajoy, muy distanciado de José María Aznar de manera palmaria.

Esta engorrosa situación está llevando a Pablo Casado a dar algunos bandazos y rectificaciones políticas y estratégicas que tiene a su parroquia un tanto desconcertada. Todo hace pensar que Casado busca afanosamente ganar tiempo, obligado como está a mantener un cierto eclecticismo táctico, en un difícil ejercicio de equilibrismo político que no se sabe cuánto tiempo puede durar.

Sus dos teóricos aliados en la gobernación de distintas comunidades autónomas, mientras tanto, hacen la guerra por su cuenta, dejando al PP a menudo en una incómoda situación que le resulta muy complicado manejar. Vox, pensando prioritariamente en posibles réditos electorales de futuro, anuncia una moción de censura sin contar para nada, según parece, con el PP. Ciudadanos, por su parte, reclama con insistencia negociar cuanto antes los Presupuestos Generales del Estado con el PSOE, pensando también que su reciente actitud negociadora, abierta al diálogo permanente con los socialistas, le pueda garantizar una posición parlamentaria clave en la formación de cualquier gobierno en el futuro.

Ante este dificilísimo horizonte político que ha de encarar el PP en el momento presente hay quien piensa que lo peor que puede hacer Pablo Casado es prolongar una situación de indefinición permanente que pudiera acabar con su liderazgo político al frente de la oposición. Con bastante frecuencia muchos de sus partidarios desearían que fijara, de una vez por todas, el rumbo que ha de tomar definitivamente el Grupo Popular en su devenir inmediato. Sería preciso, por ejemplo, que pusiera a algunos de los llamados barones territoriales en su sitio, dejando muy claro su liderazgo y responsabilidad para conducir al partido hacia la victoria final. El caso de Núñez Feijóo resulta paradigmático, en este sentido. Su mayoría absoluta en Galicia no debiera servirle para utilizarla como patente de corso, privilegiando sus intereses políticos personales por encima de los de su partido a nivel nacional como ha ocurrido ya repetidas veces. Y si todo ello es importante, lo es más aún una definitiva clarificación estratégica respecto de lo que considera Casado que debe ser el Partido Popular en el futuro, si el representante de la amplia derecha democrática española o si está decidido a ocupar el centro político nacional fronterizo con el Partido Socialista con quien en algún momento podría incluso llegar a colaborar en el futuro.

Para la primera de las opciones tendrá que contar ineludiblemente con Vox, estando dispuesto a preparar el terreno para una posible Coalición Electoral llamada a ser la primera fuerza parlamentaria en las próximas elecciones o por el contrario si aspirara a convertir al PP en un partido centrista, tipo UCD, debería aplicar con Ciudadanos la misma estrategia que he descrito respecto de Vox dejando a este partido disponible para ocupar todo el espectro de la derecha.

Lo más peligroso sería, quizás, mantener la indefinición actual dejando dividido en tres el espacio político que ocupan los partidos antes mencionados. Ese sería el mejor regalo que se podría hacer al PSOE, pues de esta forma es muy posible que pudiera mantener su primacía parlamentaria en el futuro como fuerza mayoritaria.

Las distintas consideraciones que acabo de exponer necesitarán a buen seguro de un trabajo político, paciente y minucioso por parte de Pablo Casado que deberá ponderar y escoger el mejor momento para su realización, ya que el manejo de los tiempos en política acaba siendo clave para lograr el objetivo que se pretende alcanzar. Por el contrario, confiar toda la estrategia de futuro al previsible desgaste político de Pedro Sánchez, esperando que caiga su Gobierno como fruta madura, supondría correr un riesgo mayúsculo de graves consecuencias que no debería asumir. No hay mayor objetivo político pues, en estos momentos, que el de configurar una alternativa real y visible al actual Gobierno social-comunista que tanto sufrimiento está ocasionando a millones de españoles en tan poco tiempo. Generar pues esa alternativa debe ser la cuestión fundamental que el PP, con Pablo Casado a la cabeza, debe acometer sin más dilación.

Casado deberá dejar definitivamente claro que está en condiciones de gobernar nuestro país en el futuro, pero para ello será necesario que previamente acredite un liderazgo indiscutible en su propio partido así como en el espacio político que está llamado a representar.

Ignacio Camuñas Solís fue ministro adjunto para las Relaciones con las Cortes.

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