Pablo Iglesias entre el Ángel y la Bestia

Cuando en el minuto 21 aun alboreaba su kilométrica, o más bien miliaria, postulación a sustituir al presidente que censuraba, Pablo Iglesias dijo una gran verdad, no por obvia menos pertinente: “Si amas a tu país debes conocer su Historia”.

No me cabe duda, lo escribo sin ironía alguna, de que él ama a su país y de que podría hacer suya esa célebre primera frase de las Memoires de Guerre del general De Gaulle: “Toda mi vida me he formado una cierta idea de Francia”.

Por sus palabras como por sus actos, queda claro que en la mentalidad de Pablo Iglesias ha ido decantándose una cierta idea de España y el hecho de que nos parezca parcial, distorsionada o simplemente errónea no debería llevarnos a desdeñarla o ridiculizarla banalmente, como hacen significados colegas del guiñol televisivo, muchísimo más ignorantes que él.

Y menos aun cuando, a diferencia de tantos oradores que cubren sus trámites tribunicios tan ligeros de esfuerzo como de equipaje, Pablo Iglesias abordó este martes un proyecto hercúleo, consistente en presentar una enmienda a la totalidad no solo a Mariano Rajoy sino al menos a dos siglos de Historia de España, representados por los Borbones uno a uno, el Marqués de Salamanca, Antonio Cánovas del Castillo, mi paisano Práxedes Mateo Sagasta, Francisco Silvela, los dictadores Primo de Rivera y Francisco Franco, los gobernantes centristas de lo que él llama el “Bienio Negro” de la República, José Calvo Sotelo, Manuel Fraga y muchos más que no mencionó -empezando por toda “la sangre azul que envenena el cuerpo de la patria”- pero que, en su atormentado relato, forman parte de esas “élites extractivas” que, al cabo de sucesivas glaciaciones, fueron trenzando la “trama nacional patrimonialista” que Podemos pasea ahora en la picota de su autobús.

Era tan ambicioso su empeño, que sólo un prodigioso esfuerzo de síntesis permitió condensarlo en algo menos de tres horas de discurso. Es de justicia intentar corresponderle, aun a costa de abusar algo más de lo habitual de la paciencia de los lectores de esta Carta.

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Una buena prueba de que Pablo Iglesias ama a su país es que lo mira como si se tratara de una persona. No sé si será consciente de que al general De Gaulle le pasaba lo mismo: “Francia no es la princesa dormida que el genio de la liberación vendrá dulcemente a despertar. Francia es una cautiva torturada que, bajo los golpes en su calabozo, ha entendido de una vez por todas que las causas de sus desgracias son las infamias de los tiranos”.

Tanto el ritmo como el sentido de esa antinomia implacable, enmarcada en el final de la Segunda Guerra Mundial, tuvieron su equivalencia este martes en la recurrente yuxtaposición que Iglesias hizo entre la oligarquía y el pueblo, entre los potentados y la gente. España no está en los despachos del poder, ni en los palcos de los estadios en los que se hacen negocios -vino a decir-, porque “España es una camarera de piso con dolores de espalda que cobra una miseria por cada habitación que limpia… España es un taxista que echa muchas horas y que se enfrenta a Uber… España es una licenciada que ha tenido que marcharse… España es un empresario que cumple los pagos a proveedores… España es una chica que pone copas…”

Se trata de una relación de honores, equivalente a la incluida por mi también paisano Sixto Cámara en su “Manifiesto de la Junta Revolucionaria al Pueblo” en 1857. Su España eran entonces los “pobres labradores”, los “jornaleros”, los “modestos propietarios”, los “funcionarios públicos”, los “jóvenes soldados sin graduación”, los “sacerdotes de parroquia”. A ellos dirigía este revolucionario, al menos tan “titánico” como Pablo Iglesias, su exhortación desde el exilio parisino: “Preparaos a recibir en vuestro seno el divino verbo revolucionario, la hostia de salud y vida que desciende sobre vosotros, envuelta en rayos y truenos como en el Sinaí”.

Sixto Cámara, cuyo nombre y apellido servirían de pseudónimo a Vázquez Montalbán durante el franquismo, también soñaba con “asaltar los cielos”. Para que ese advenimiento de la “nueva Jerusalén, coronada de celestes resplandores, que anuncian las profecías” se produjera, solo bastaba acabar con “cuatro aventureros, avaros de goces y tesoros que en las rodajas de sus espuelas llevan enganchado y hecho mil jirones el sagrado código de nuestras leyes”. Sobre esa confrontación apocalíptica, descrita por Román Miguel González como el “Armageddon entre el Pueblo y la Oligarquía”, erigió Pablo Iglesias su pronóstico de que “la esperanza vencerá al miedo”.

El candidato a la presidencia del Gobierno compareció en la tribuna del Congreso protegido por ese palio omnicomprensivo; y tampoco lo hizo sólo. Si poderosos eran sus muchos enemigos, también sentía igualmente fornidos, dada la fuerza de sus ideales, a los abanderados de la causa popular que fantasmagoricamente le escoltaban. Iglesias se considera hoy vencedor moral del debate porque, junto a los de Esquerra Republicana y Bildu, cree haber cosechado todos los votos de calidad de un cortejo imaginario de opositores exaltados que venía caracoleando por nuestra historia contemporánea, al menos desde los albores del XIX.

Citó a Joaquín Costa, a Unamuno, a Indalecio Prieto o al excelente historiador de parte, injustamente olvidado,Antonio Ramos Oliveira, pero hay muchos otros nombres que nutren ese ejército de las sombras, encunado en lo que Irene Castells denominó la “utopia insurreccional del liberalismo”, cuyo apoyo virtual debió sentir Pablo Iglesias, con mayor o menor conocimiento de causa.

No es por aportar una variante erudita a la tosca alusión de Rafael Hernando a su “relación” con Irene Montero, pero me parece obvio que ese cortejo no podía dejar de estar encabezado por “el Robespierre y la Robespierra españoles”. Me refiero al médico Pascasio Fernandez Sardino y a su esposa María del Carmen Silva, que en realidad era portuguesa. Cuando él fue encarcelado en Cádiz por la Regencia, por publicar en El Robespierre Español lindezas tales como que “la nobleza hereditaria es escoria y nada más”, ella continuó la publicación con igual brío y sin que nadie lo notara. Esto no significa que la historia vaya a repetirse, pero el transcurso del debate ha puesto de relieve que “en la calle, codo a codo”, Pablo e Irene, ya son “mucho más que dos”.

Fernández Sardino fue, de hecho, el primero que en 1811 pidió, sin saberlo, el voto para Pablo Iglesias, con dos siglos de antelación: “Deseo ardientemente que el poder ejecutivo se ponga en manos de un hombre íntegro, duro, inflexible… que, con la misma serenidad, imponga la pena de muerte a un hermano suyo delincuente que a su mayor enemigo culpado… Alzad un Robespierre español, que ilustrado pero furibundo y sanguinario, haga correr torrentes espumosos de la espuria sangre española… Convendría que este Robespierre empuñase el mando por un tiempo limitado, en términos que al cabo de tres meses fuese indispensable su reelección”.

Como se ve, ni la apología de la guillotina -metafórica o no- ni los procesos revocatorios se inventaron en La Tuerka. Tras Pascasio y Maria del Carmen, que lo abrirían a modo de heraldos, este cortejo de ultratumba estaría encabezado por dos jinetes. Rafael del Riego desfilaría, arrullado por los pífanos y oboes de su inmortal himno, a lomos del mismo alazán blanco que montaba el 1 de enero de 1820 cuando proclamó la Constitución en Cabezas de San Juan. A su lado, cabalgaría, entregando, cómo no, la antorcha del deber a las nuevas generaciones, Pablo Iglesias González, el capitán del Batallón Sagrado de la Milicia Nacional que defendió Madrid el 7 de julio de 1822 frente al autogolpe de la camarilla palaciega, escoltó hasta Cádiz los restos de Daoiz y Velarde, y fue fusilado al desembarcar en Almería, tres años después, en una intentona que preludió la de Torrijos.

También el joven brigadier, atraído con engaños y ultimado en la playa de Málaga junto a sus compañeros, estaría en la comitiva como integrante de un grupo de Caballeros Comuneros, en el que no faltaría Romero Alpuente proclamando que “la guerra civil es un don del cielo”.

La siguiente hornada del jacobinismo español llegaría detrás, asociada a la Sargentada de La Granja de 1836 y al levantamiento juntero contra la Ley de Ayuntamientos de 1840. De sus gargantas brotarían los vivas a Espartero primero, las abominaciones después. Estaría representada por Patricio Olavarria, director de El Huracán -primer diario republicano dispuesto a arrasarlo todo- y por su redactor estrella Vicente Alvárez Miranda, capaz de versificar su programa de gobierno: “Ante todo, destronar/ de Borbón la raza infiel/ federarnos en tropel/ con el digno lusitano/ y ser pueblo soberano/ sin Cristina ni Isabel”.

Según Juan Francisco Fuentes, El Huracán tenía claro que se trataba de “arrebatar el poder a los ricos”-y eso incluía “a la vieja aristocracia de la sangre”, a la “nueva aristocracia del dinero” e incluso a la “falange oficinista”-, para “trasladarlo al pueblo, a las masas, a la mayoría numérica de la nación”. Era preceptivo para ello actuar ejemplarmente contra la corrupción, asociada a la regencia de la Reina Gobernadora y su marido secreto Fernando Muñoz, cuyo archivo personal permanece, por cierto, desdeñado por obtusos funcionarios, en una librería de viejo de Madrid.

El Huracán tenía claro cómo proceder: “Que suban al cadalso, en nombre de la ley los más culpables de los ministros y que les acompañen algunos de los que más han contribuido a la realización de ese plan de despojo, de rapiña, de tiranía y de despotismo que por tanto tiempo ha pesado sobre el pueblo”.

Era la misma receta del carbonario Ubaldo Romero Quiñones que, siguiendo la estela de Sixto Cámara y como creador del Centro de Acción Revolucionaria en las postrimerías de la era isabelina, tampoco podía dejar de acudir al homenaje a su nuevo paladín: “Es preciso que unas cuantas docenas de pillos sean borrados de la lista de los vivos, aunque tenga efecto ese preciso daño con las atroces formas que lo hacen las masas… que quede grabado en la memoria el día de la justicia popular, de los charcos de sangre en las calles, de las contorsiones horribles de tales o cuales alcaldes, de tales o cuales caciques de provincia colgados de los faroles”. Memento mori.

Inmediatamente detrás aparecería Roque Barcia, la figura de la Primera República que se asemeja mucho más a Pablo Iglesias que Pi y Margall, pese a que fuera a este a quien citó el líder de Podemos. Y no sólo por su figura barbada, nervuda y enjuta, por el anticlericalismo provocador que le hizo acumular 60 excomuniones, por el integrismo que le llevaba a propugnar la amputación de las manos de los ladrones, por el sentido radical de su propia dignidad que le impulsó a rechazar la ayuda de Montpensier para financiar la insurrección popular o por la debeladora pluma con la que, como portavoz del autodenominado Comité de Salud Pública de Madrid, decretó disueltas las Cortes Constituyentes y el Gobierno de la República, por su “proceder anti-revolucionario y traidor”, sino por la deriva alucinada que, en el asunto clave del modelo de Estado, hace de Roque Barcia el más audaz precursor de lo expuesto en la tribuna por Iglesias.

Porque al dar el decisivo paso que va del federalismo a la confederación, siquiera como hipótesis -“es necesario pensar nuevas fórmulas, federales o confederales”, dijo-, el líder de Podemos estaba abriendo en su discurso el camino, no ya a una fragmentación, sino a una burda deconstrucción de España como la que abanderaba Barcia cuando, tras ser “desobedecido” por la autoridades republicanas, se refugió en Cartagena y proclamó el Cantón Murciano.

La incapacidad de Iglesias de afrontar de manera coherente la cuestión de la soberanía nacional afloró una y otra vez durante el interminable debate. ¿De qué sirve el canto a la “fraternidad” de los “pueblos” de la “España plurinacional”, que hasta para la estirpe de Sagasta y Sixto Cámara, para nosotros modestos y siempre olvidados “riojanos y riojanas”, incluiría inesperados beneficios en forma de “industrias” que frenarían la “despoblación” -sic-, si a algunos de esos “pueblos”, o mejor a algunas de esas “naciones” se les reconoce un derecho prevalente de autodeterminación? ¿Cuál sería el plan B de Iglesias en el caso de que los catalanes decidieran en ese referéndum, que él quiere pactado pero acepta unilateral, su segregación absoluta de España y, en lugar de esos “fraternales” lazos “federales o confederales”, emerge un proceso de balcanización con agravios rampantes a uno y otro lado de las nuevas fronteras?

Cualquiera diría que Pablo Iglesias ve en el debate sobre la organización territorial, y más en concreto en la cuestión catalana, una palanca para acelerar la destrucción de un Estado borbónico, sustentado “por los dos partidos dinásticos y su complemento anaranjado”, tan abominable como lo era el de la España de la Restauración a los ojos del anarquista José Nakens, director de El Motin y encubridor de Mateo Morral cuando lanzó su bomba contra el cortejo nupcial de Alfonso XIII; o a los ojos de Luis Bonafoux, “la víbora de Asnières”, que desde El Español -menudo tocayo tuvimos- y otras publicaciones preconizaba “que venga la peste bubónica” para diezmar a las clases dominantes y, tras descalificar a Cánovas en términos similares a los que empleó el martes el líder de Podemos, agradecía al “heroico Angiolillo que nos haya hecho el inmenso favor de matarlo como se mata a un animal dañino”.

Los vitriólicos Nakens y Bonafoux, como los vitriólicos Barriobero, Samblancat y demás “jabalíes” implicados en la organización de la Justicia Revolucionaria de la Segunda República o los vitriólicos Campesino y Pasionaria, que emergieron como líderes comunistas durante la Guerra Civil, también amaban a su país a su desaforada manera, también tenían una “cierta idea” de España, también figurarían en este cortejo de dos siglos de jacobinismo, o más bien sans culotterie a la española, que desembocó primero en el 15-M y ahora en la moción de censura de Pablo Iglesias.

Para entender su manera de mirar a España basta fijarse en la óptica simétrica, aunque inversa, desde la que José María Pemán presentó en 1938 en Jerarquía, la Revista Negra de Falange, su Poema de la Bestia y el Ángel. Una mañana, durante la batalla de Madrid, Pemán percibió cómo “por jardines reales y dieciochescas desagüaban todas las madronas (cloacas) morales de Europa y sus colonias”. Y dos estampas se le quedaron grabadas: “Yo ví en el suelo el inmenso cráneo rapado de aquel ruso y la oreja de aquel negro con una argolla de oro… mientras que frente a esto, nuestras tropas recibían allí en aquellos días, la noticia del reconocimiento de la España nueva, por Italia y Alemania. Roma y Germania, los dos componentes integrantes de Europa, tornaban a fundirse en el crisol de España. Sonreían Alfonso el Sabio y el Emperador don Carlos”.

Era el negativo del mismo fotograma maniqueo de Alberti en su Oda a las Brigadas Internacionales, publicada pocos meses antes. La España y la Anti España. Los enemigos de la Humanidad y sus salvadores. Las fuerzas demoniacas que cabalgan a lomos de caballos infernales en la ilustración de Sáenz de Tejada para el texto de Pemán y El Cuarto Estado, campesino y proletario, en marcha, de Pellizza da Volpedo que ilustró el cartel de Novecento. Elija cada uno, a la luz del siglo XX, quién representaba al Ángel y quién a la Bestia, pero permítasenos a muchos desmarcarnos de uno y otro.

* * *

Tan reduccionista e injusto como el planteamiento de Iglesias, presentando al PP, y de paso a Ciudadanos que tanto le irrita, como heredero de todas las lacras de la España conservadora, asesinato de Lorca incluido, sería ahora embadurnarle a él con la interminable bilis de sus ancestros ideológicos. Yo no he pretendido hacerlo. Tan sólo explicar cuán español es el tronco furioso de donde viene.

Hay que reconocer que de su discurso ha desaparecido toda incitación o justificación de la violencia y esto tiene un valor especial, tratándose del primer dirigente que, procediendo de la extrema izquierda logra erigirse, siquiera sea cual “reina por un día”, en líder de la oposición parlamentaria. He ahí su indiscutible mérito.

Tampoco cabe negar que, como buen revolucionario, Iglesias aprovechó sus años de formación en la universidad pública, aunque resulte prototípico de quienes ven en la cultura no una fuente de conocimiento sino un baúl en el que hurgar en pos de la legitimación de sus prejuicios. De hecho acusó a Albert Rivera de citar a autores que no ha leído, pecado venial donde los haya, toda vez que, como dijo Montaigne, “leer es empezar a olvidar”, cuando es mucho más grave citar parcialmente a autores que uno sí ha leído, alterando por omisión el sentido de su pensamiento. Que Machado llevara en sus venas “una gotas de sangre jacobina” no debería convertir su obra en el self service de esa grey, para que cada uno coja en cada momento sólo lo que le convenga. Y menos en un asunto tan esencial para el poeta como su sentido del patriotismo y su noción de España.

José Luis Ábalos ya tuvo que reconvenir a Irene Montero por utilizar su Españolito que vienes al mundo… como un ariete contra la derecha cuando, leído completo, es un alegato contra el cainismo de las dos Españas. Más descarado aún es lo que hizo Pablo Iglesias, a modo de cierre solemne de su maratoniana representación. Nada cabe objetar a que leyera la reflexión de Juan de Mairena publicada en la página 11 del número III de Hora de España (Valencia, marzo de 1937): “La patria es, en España, un sentimiento esencialmente popular, del cual suelen jactarse los señoritos… Si alguna vez tuviereis que tomar parte en una lucha de clases, no vaciléis en poneros del lado del pueblo”.

¿Pero después de haber dedicado cerca de una hora a argumentar sobre la identidad diferenciada de los “pueblos” que conforman las “naciones” de España, no hubiera sido intelectualmente mucho más honesto acompañar esa cita de la también atribuida a Mairena en la página 7 del número VI de la misma Hora de España (Valencia, junio de 1937)? Reza así: “De aquellos que se dicen gallegos, catalanes, vascos, extremeños, castellanos, etc, antes que españoles, desconfiad siempre. Suelen ser españoles incompletos, insuficientes, de quienes nada grande puede esperarse”.

Machado denunciaba que se primara la parte sobre el todo, que se antepusiera lo particular a lo general. ¿Es también en este sentido Pablo Iglesias, en tanto que tuerto político al que su parche ideológico tapa al menos la mitad de la visión, un “español incompleto”, de quien “nada grande puede esperarse”? No me atrevería a emitir un pronóstico, pues los dados de su biografía política apenas si han empezado a rodar. Será muy indicativo lo que haga durante esta legislatura si Puigdemont rompe la baraja, si Pedro Sánchez vuelve a postularse como reemplazo de Rajoy y si Rivera persiste -que lo hará- en tender a Podemos su mano trasversal para pactar la reforma electoral y otras leyes regeneracionistas.

Ante encrucijadas así, el instinto de Iglesias le llevará a refugiarse en el pesimismo crónico que destilan las palabras de Domínguez Ortiz que incluyó en su discurso: “¿La Historia de España? Demasiados retrocesos”. Pero tal vez su inteligencia crítica atienda a otra cita muy querida por Carmen Iglesias: “La humanidad no progresa en espiral ascendente, sino dando tumbos como los borrachos”. Aunque su autor sea un duque, y encima de Maura.

Pedro J. Ramírez, director de El Español.

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