Pablo VI y España

En la conversación de despedida al clero romano, tras su renuncia a la Cátedra de Pedro, Benedicto XVI hizo una fuerte reivindicación del Concilio Vaticano II, al que llamó «la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX». Y les dijo: «cincuenta años después vemos aparecer al verdadero Concilio con toda su fuerza espiritual. Y nuestra tarea es trabajar para que el verdadero Concilio, con la fuerza del Espírito Santo, se lleve a cabo y la Iglesia sea verdaderamente renovada».

Pablo VI ha sido el Papa del Concilio. Su elección tuvo lugar cuando este daba sus primeros pasos, y a él le tocó conducirlo con suave y maestra mano hasta su conclusión. El programa de su pontificado no fue otro que la aplicación del Concilio. Es verdad que, como les dijo Benedicto XVI a los clérigos de Roma, junto al Concilio «real» emergió un Concilio «virtual» que produjo mucho ruido y no pocos sinsabores a la Iglesia. Ese fue el calvario de Pablo VI, que le generó soledad, incomprensiones y rechazos, procedentes muchas veces de tantos que le jalearon en los comienzos de su pontificado.

Pablo VI dio abundantes pruebas del amor que profesaba a España. Lo testimonian sus escritos y sus conversaciones con relevantes personas de nuestra vida nacional. El Papa Montini, hombre de vasta cultura histórica, apreciaba sobremanera las extraordinarias aportaciones de la nación española en la historia de la Iglesia. Por eso albergaba grandes esperanzas en la aplicación de los planteamientos conciliares en la vida española. Su programa podría resumirse en cuatro conceptos: independencia y libertad de la Iglesia como requisito para cumplir su tarea evangelizadora en los nuevos tiempos; renovación exigente para afrontar los desafíos de una sociedad cada vez más secularizada, y, como misión específica, la contribución de los católicos a la reconciliación definitiva de los españoles, con la superación de las secuelas de la tragedia de la Guerra Civil. Pablo VI tenía en su mente el gran papel de preclaros católicos europeos, tras la Segunda Guerra Mundial, para la reconciliación de Europa, como fundamento de su fecundo proyecto de integración, que tuvo su expresión simbólica en el solemne Te Deum en la catedral de Reims en 1962 con De Gaulle y Adenauer como protagonistas.

Aquel programa de Pablo VI para España se fue abriendo paso en los convulsos años postconciliares, con tensiones ad intra de la Iglesia española y con tensiones también con el régimen de Franco. Pero la renovación del catolicismo español se hizo realidad, así como la asunción de su tarea reconciliadora, que exigía que el «régimen de los vencedores» se transformara en un «régimen de todos los españoles». Tarancón, un hombre cien por cien de Pablo VI, fue, con su capacidad de liderazgo, quien pilotó el nuevo rumbo del catolicismo español y lo preparó para estar en la primera línea de la gran operación histórica a la que ya hemos consagrado con el nombre de Transición. Nadie puede negar a estas alturas la esencial contribución de la Iglesia para alumbrar la España constitucional y reconciliada, que se plasmó en la Carta Magna, cuyo cuarenta aniversario vamos a conmemorar dentro de muy poco. Constituye, acaso, la página más brillante de la historia contemporánea del catolicismo español.

Pablo VI sufrió con amargura las resistencias del régimen de Franco para aceptar la libertad plena de la Iglesia para el nombramiento de los obispos, conforme a las directrices conciliares. Por ello recibió con vivísima satisfacción, ya en el declinar de su pontificado, la decisión del Rey Juan Carlos I de renunciar al derecho de presentación de los obispos, adoptada en el primer Consejo de Ministros del Gobierno de Suárez, el 8 de julio de 1976, como ha relatado pormenorizadamente Marcelino Oreja. Fue un hecho histórico que abrió las puertas a un nuevo modelo de las relaciones Iglesia-Estado, que se plasmaron en los vigentes Acuerdos de 1979.

Unos meses más tarde (10 de febrero de 1977) el Rey Juan Carlos I pronunció en Roma ante Pablo VI un importante discurso, que contiene todo un programa para España y las relaciones Iglesia-Estado. En él dijo «estas relaciones, el Rey de España las desea armoniosas, positivas, fructíferas para el bien espiritual y temporal de los españoles… Deseamos llevar a cabo esta colaboración sin exclusivismos, sin imposiciones, sin nostalgias del pasado, sino con respeto, con altura de miras y con generosidad». Pablo VI no ocultó su alegría y su esperanza. Un capítulo de su programa se había hecho realidad.

Este domingo Pablo VI va a ser canonizado en la plaza de San Pedro. Un grupo de españoles, entre los que me encuentro, hemos querido acudir a Roma para ser testigos de su elevación a los altares con el fin de agradecerle su amor a España, el legado del Concilio Vaticano II «real», como dijera Benedicto XVI, y pedirle por el bien común de España y de Europa.

Eugenio Nasarre fue director general de Asuntos religiosos con Adolfo Suárez.

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