Pacifismo y liberalismo

Por Carlos Rodríguez Braun, catedrático de la Universidad Complutense (ABC, 27/02/03):

Los enemigos de la libertad han conseguido usurpar y distorsionar banderas liberales. Pensemos en la igualdad, consigna liberal por excelencia que marca la frontera entre la sociedad cerrada y la abierta, caracterizada por la igualdad ante la ley. Pero cualquier persona interrogada hoy sobre quién defiende la igualdad responderá sin titubear: la izquierda. Y no es así, porque los socialistas de todos los partidos (que diría Hayek) propician otra igualdad, crucialmente distinta, que ya no es ante la ley sino mediante la ley, es decir, la igualdad forzada por la intervención pública que sacrifica la libertad. Pues bien, lo mismo sucede con otra divisa liberal: la paz.

De remotos orígenes, nutrido con ingredientes filosóficos y religiosos, el pacifismo ilustrado y liberal se basó en la idea de que las relaciones entre los pueblos serán tanto menos belicosas cuanto más libertades tengan los ciudadanos y más limitado sea el poder de los príncipes. Mientras las personas querrán entablar tratos de cooperación pacífica, como los comerciales, al amparo de la justicia, que requieren la no intervención arbitraria de las autoridades, los gobernantes tenderán a resolver disputas mediante la violencia, y a ser utilizados por grupos de presión que aspirarán a privilegios que pagará, en todos los sentidos, el pueblo.

La búsqueda de la paz no comportó para los liberales el desarme unilateral. Adam Smith sostuvo en el siglo XVIII que la defensa debía ser un servicio público, y que era más importante que la opulencia. Cualquier lector de La riqueza de las naciones sabe que su autor admitió excepciones al liberalismo económico en aras de la seguridad, clave de la paz. Y en el siglo XX Ludwig von Mises -que por cierto aseveró que las guerras las iniciaban los países más intervencionistas y las ganaban los menos- reconoció la imprescindible necesidad de la defensa, y avisó: «el pacifismo completo e incondicional equivale a una rendición incondicional ante los tiranos más despiadados».

La posición liberal, pues, es pacifista y subraya la defensa. No es antagónica la visión de la Iglesia -hoy oportunistamente torcida y jaleada por sus enemigos de siempre-, que aboga por la paz pero admite la defensa, aunque le impone severas condiciones; véase el último Catecismo, n.2304ss; el Vaticano ha aclarado que no aceptará la guerra si no hay una acción armada previa. Tales condiciones, el tolerar la guerra sólo como «último recurso», como dijo el Papa, y también la UE, son las que permiten discutir sobre la guerra, tener opiniones divergentes, y no poner en cuestión creencias fundamentales. El teólogo católico Michael Novak, por ejemplo, opina que la guerra contra Irak no es «preventiva» sino legítima defensa. Otro tanto puede argumentarse desde la óptica liberal, arribando a conclusiones no necesariamente uniformes. (Entre paréntesis, y aunque es obvio que los católicos pueden emitir juicios distintos y admirar por igual la ejemplar labor pacifista del Pontífice, sospecho que dentro de algún tiempo los antirreligiosos que hoy hipócritamente lo aplauden reprocharán a Juan Pablo II complicidad con Sadam Husein, con similar injusticia con la que estigmatizan a Pío XII como un siniestro agente nazi.)

El siglo XX dio al traste con las aspiraciones liberales en todos los campos, también en este: fue el siglo de los letales nacionalismos y socialismos antiliberales, del imperialismo y el proteccionismo, y de guerras feroces. Al final, empero, y aunque el matizado pacifismo liberal se mantuvo, la enemiga de la guerra fue ocupada casi monopólicamente por la izquierda, sin matices y con trampas.

Sin matices porque la defensa desapareció del argumento. Ahora se trata simplemente de «No a la guerra». La defensa no cuenta o es incluso azarosa. Y con trampas porque ese mensaje es en realidad más amplio: no a la guerra, ni a EE UU, ni a Israel, ni al capitalismo, ni al mercado, ni a la propiedad privada, ni a la globalización. Esto ya no es pacifismo, sino otra cosa. Muchos enemigos de la libertad recurren a la bandera de la paz como arma de una guerra, la Fría, que esgrimieron con tanto más vigor cuanto más la fueron perdiendo. Pacifistas de hoy son los de «OTAN no, bases fuera», los que no censuraron al comunismo, y por supuesto no reconocieron la importancia que para la sociedad abierta comportó la derrota del sistema más criminal y antiobrero que registra la historia. El antibelicismo, por tanto, es uno de los disfraces de la izquierda antiliberal; igual que se volvieron ecologistas o defensores de los indígenas (que históricamente jamás les preocuparon un ardite), fueron y son pacifistas en la medida en que ello les sirve para minar al enemigo capitalista y ocultar las debilidades socialistas.

La escandalosa pretensión de manipulación por parte de la izquierda de la consigna de la paz y su indiscutible atractivo entre numerosas personas de bien -probada una vez más en las recientes manifestaciones que tanto ánimo brindaron al dictador de Bagdad- llama la atención en España, un país golpeado por el terrorismo y cuya opinión pública ha comprendido que la paz jamás se conseguirá por medio de la rendición ante los homicidas y quienes los amparan, justifican o utilizan. Esta sensata y valiente actitud contrasta con la negativa radical a utilizar la fuerza contra Sadam Husein.

A la incomprensión de la Guerra Fría sucede la de la guerra contra el terrorismo -hay quien cree que el 11 de septiembre de 2001 no fue un día crítico. El pensamiento único intervencionista, y su lenguaje melifluo de fraternidades y solidaridades sólo garantizadas por la coacción política y burocrática, amenaza con resquebrajar naciones democráticas, exhibe prolongados pasteleos en foros internacionales cuestionables o inútiles, y nos hunde en el desconcierto. ¡Pero si ahora Chirac, nada menos, es el héroe de la izquierda, Vaclav Havel es sospechoso de aviesas incorrecciones, «última oportunidad» es algo que se da muchas veces, y «graves consecuencias» significa más inspectores durante más tiempo!

Una cosa son las personas de una escuela, sentenció Ortega con gracia y acierto, y otra cosa es un grupo de gramófonos. Un think-tank de tan acrisolado liberalismo como el Instituto Cato, por ejemplo, está en contra de una ofensiva de EE UU contra Irak, y advierte sobre los peligros de un «nuevo imperialismo» (véanse los trabajos de Ivan Eland en www.cato.org). Es un enfoque interesante que debe ser ponderado en los ineludibles debates sobre una guerra que, además de todo, probablemente inaugure un nuevo escenario en la zona más sensible del planeta. Otros liberales, entre los que me encuentro, podemos disentir y reconocer, como siempre, los riesgos que la guerra comporta para la libertad, pero al mismo tiempo inquietarnos por el devastador coste de oportunidad de un pacifismo incondicional, asimétrico, simple y tramposo.

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