Pactar consigo mismo

Por Joseba Arregui (EL CORREO DIGITAL, 13/11/06):

La política vasca atraviesa, una vez más, momentos de gran creatividad lingüística. Vemos a los políticos dando vueltas a las palabras. Vemos cómo la magia de las palabras impera sobre la política vasca. Una magia de las palabras que trata de superar, esconder o dar salida al otro imperio que tantos estragos ha causado: el imperio de la violencia y del terror. Si al terror no le gustaba la palabra pronunciada por la sociedad vasca, la palabra encarnada en el Estatuto de Gernika, la gramática institucional desarrollada a partir de esa palabra, ahora se trata de encontrar palabras mágicas que cumplan la doble función: dar a entender que no se rompe con la palabra contra la que se levantó la violencia y el terror, y al mismo tiempo dar a entender al terror que ya no tiene razón para enfrentarse, porque son nuevas las palabras que se dicen, y son palabras que parece que dicen otras cosas.

Algunos políticos vascos creen que las palabras son de plastilina, que pueden querer decir cualquier cosa, que permiten que cada cual las interprete a su gusto. Poseen una comprensión nominalista del lenguaje: las palabras nada tienen que ver con la realidad. Con la misma palabra se puede querer indicar una realidad, y otra radicalmente distinta. Observamos a los políticos vascos empeñados en la búsqueda de la mayor ambigüedad posible de las palabras, una ambigüedad que permita, por fin, la cuadratura del círculo, aparentar dar la razón a la violencia y al terror, y dar -¿o aparentar?- la razón a la democracia y al Estado de derecho.

Las mismas fórmulas que, al parecer, se están planteando y que van filtrando a los medios de comunicación para que nuestros oídos se vayan acostumbrando y la sorpresa no sea ni demasiado grande ni demasiado desagradable cuando llegue el momento de la verdad -aunque uno duda mucho de que para estos políticos/ingenieros de la lingüística exista nada parecido a la verdad- dan testimonio claro de esta función doble que se les asigna a las palabras, la función de satisfacer a tirios y a troyanos, la función de satisfacer a los violentos y a su víctimas. Se habla de doble llave, de cosoberanía, de no impedir ni imponer. Obsérvese la dualidad presente en todas estas fórmulas. Como si quisieran decir que esto es verdad y su contrario también. Como si quisieran construir un lenguaje en el que no existiera el término ‘no’. Como si por medio del lenguaje se pudiera conseguir la inclusión de todo, sin dejar nada fuera, sin establecer límites, sin definiciones. El lenguaje como instrumento omniabarcante que consigue funcionar renunciando a lo que los antropólogos y los pensadores nos enseñan como el rendimiento fundamental y básico del pensamiento humano: el establecimiento de diferencias.

Tomemos la cosoberanía. Si Bodino tenía razón, soberanía significa poder absoluto, ilimitado, indivisible e incomunicable. La reconducción de lo múltiple a lo uno. Por eso el fundamento de la democracia rousseauniana no radica en el principio de mayoría -algunos quedarían excluidos-, sino en la voluntad general que abarca a todos, que no deja fuera a nadie. Pero por eso piensa por ejemplo Alain Touraine que la idea rousseauniana de voluntad general es fuente de planteamientos dictatoriales. Si la soberanía se divide, deja de ser soberanía. Si la soberanía se limita, deja de ser soberanía. Si la soberanía admite lo múltiple en lugar de lo uno -fundamento de la democracia-, deja de ser soberanía. Por eso la idea misma de cosoberanía es un oxímoron, una contradicción en sus propios términos.

Otra cosa es que el concepto en sí mismo pueda ser criticable, que lo es. Otra cosa es que el Estado de Derecho mismo implique una crítica profunda de la soberanía, porque somete el poder constituyente, el poder soberano, al imperio de la ley y el derecho. Pero si la democracia sólo puede avanzar por medio de la superación del concepto mismo de soberanía, que como dice Luigi Ferrajoli es un concepto antiderecho, no tiene mucho sentido agarrarse a él por medio de una formulación contradictoria como es la cosoberanía.

La dualidad de las fórmulas que al parecer se están planteando pone de relieve el principal problema de la política vasca -como lo hace el aferramiento al concepto de soberanía-: la incapacidad para pensar con todas sus consecuencias el pluralismo y la complejidad de la identidad de los ciudadanos vascos. En una mesa redonda reciente, el profesor de la UPV-EHU Xabier Aierdi afirmaba que el problema en Euskadi seguía siendo la dificultad para pasar de la pluralidad al pluralismo. Creo que quería decir lo que Amin Maalouf afirma en su libro ‘Identidades asesinas’: que cuando le preguntan si es más libanés que francés o viceversa, si más árabe que europeo, no puede menos que responder que la pregunta es falsa. Pues él no puede ser libanés sin ser francés, ni francés sin ser libanés. Que él no puede ser deconstruido químicamente en un laboratorio en sus partes simples, pues cada parte es en sí misma compleja, pues él es el conjunto, no una suma de partes, un conjunto complejo.

La sociedad vasca es una sociedad compleja no porque en ella convivan distintas identidades simples en sí mismas que de forma yuxtapuesta terminen conformando un mosaico plural. La identidad vasca es, en la mayoría de los casos, una identidad plural en el sentido de compleja: no es una identidad en la que se puedan separar de forma químicamente pura distintos componentes simples en sí mismos. La identidad compleja de la mayoría de los vascos es compleja porque todos sus elementos son complejos, porque no pueden ser reducidos a elementos simples y puros. Una sociedad compleja, plural en el sentido del pluralismo, no es una sociedad compuesta por elementos simples, puros, que yuxtapuestos dan como resultado una pluralidad.

Ahora bien: todos los quiebros de lenguaje que se están ensayando en todas esas reuniones secretas parten de la ilusión de que la pluralidad vasca es una pluralidad y no un pluralismo; de que la pluralidad vasca no está sustentada en una realidad compleja en todos sus elementos, sino en una simpleza de muchos elementos distintos que, juntos, componen un mosaico. Las fórmulas que se están ensayando pretenden que la realidad vasca, la identitaria, la cultural, la de sentimientos de pertenencia son separables en elementos simples y que a partir de esa descomposición simple se puede proceder a la reconstrucción de la pluralidad. Si se habla de doble llave -el Congreso español no puede vetar nada que decida el parlamento vasco/el parlamento y el gobierno vascos no pueden decidir nada que no cuente con el acuerdo de Madrid- y siempre que esa idea no suponga la parálisis y la esterilidad completa, amén de su imposible encaje constitucional, implica una operación de separación química: por un lado está el ser vasco y por otro el ser español. Ambos se dan en la sociedad vasca, pero como dos elementos simples en sí mismos y yuxtapuestos. Por eso se puede colocar la implicación política de cada uno de ellos en dos ámbitos distintos, uno en Euskadi y otro en Madrid.

Pero si se piensa bien, se trata de una insensatez pura, muestra de la incapacidad manifiesta de pensar lo complejo: yo no puedo separarme en mi parte vasca y en mi parte española para proceder luego a un pacto entre ambas partes y llegar así a ser el que creo que soy, sin estar demasiado seguro de ello.

Yo no puedo pactar conmigo mismo, pues para ello tengo que separarme en mis partes simples, y recomponerme luego como compuesto, o mejor dicho plural yuxtapuesto, que no complejo. Para poder pactar conmigo mismo tengo que dejar de ser yo mismo. Es lo que la fórmula de la doble llave ofrece a la sociedad vasca: que deje de ser ella misma, compleja en su pluralismo, para reducirse a partes simples, que luego son adjudicadas a niveles institucionales distintos que pactan, un pacto que nace muerto, estéril porque para poder llegar a él se ha liquidado lo que realmente existe, lo que es vivo y es realidad presente, la compleja sociedad vasca.

No sería bueno que la fe en la magia de las palabras, de fórmulas que prometen la solución de todo, terminara en lo que indica aquella respuesta tragicómica de los cirujanos sobre la operación que acaban de realizar: la operación, todo un éxito; el paciente, muerto.