Pactos de La Moncloa: camino de la modernización

Pactos de La Moncloa camino de la modernización

Entre el 8 y el 21 de octubre de 1977, 30 dirigentes de todos los grupos con representación parlamentaria se reunieron en La Moncloa, por iniciativa del vicepresidente económico, el profesor Fuentes Quintana, para sellar un acuerdo que impulsara la Transición y permitiera una salida consensuada a la recesión provocada, también, por la crisis del petróleo: la inflación era del 26,3% y los tipos de interés alcanzaron el 22%; el paro se disparó, pero sólo por encima del 6% (registrado). Las distintas fuerzas no sólo elaboraron un plan de ajuste, también trazaron las bases de la modernización de los sistemas financiero y tributario. El compromiso vinculó a sindicatos, patronal y Banco de España. Fue el gran ensayo del consenso político. Fuentes Quintana se empeñó en que las decisiones fueran avaladas y negociadas por todos los partidos para dotarlas de legitimidad y, sobre todo, de continuidad.

Los Pactos de La Moncloa no fueron, por tanto, únicamente una serie de medidas para combatir la recesión; incluyeron un proyecto de reforma del mercado laboral, de la Seguridad Social o la Sanidad. El 25 de octubre de 1977, PSOE, PCE, AP, CDC, PSC, PSUC, PNV y PSP firmaron las iniciativas del Gobierno. Algunas tuvieron un efecto inmediato. La crisis se prolongó pero sus secuelas se mitigaron. Además de sus efectos simbólicos, los Pactos de La Moncloa sentaron las bases de un moderno Estado social.

Adolfo Suárez, más inteligente que Azaña

Por RAÚL DEL POZO

Corría el año 1977 y llegó el destape con los pelos en el sobaco y los actores en bola, en pelota y en pelotas. En la tele trotaban los jacos de Curro Jiménez. Hubo elecciones libres y amor libre; se acabó la censura. De pronto, Fuentes Quintana, ministro de Economía, hizo el diagnóstico: «España padece una crisis diferencial más aguda y grave que la que afecta a otras sociedades occidentales. O la democracia acaba con la crisis o la crisis acaba con la democracia». A primeros de octubre Adolfo Suárez, un chusquero de la política orgulloso de serlo, convocó a los representantes de todos los partidos del Parlamento para decirles que la inflación era del 42%, la deuda exterior de 12.000 millones de dólares, había casi un millón de parados y las grandes empresas estaban en suspensión de pagos. Los sindicatos luchaban por la hegemonía y la CNT se echó a la calle contra la Iglesia, el Capital y el Ejército con pancartas que decían que los partidos se iban a repartir el franquismo. Santiago Carrillo estaba obsesionado con Berlinguer y el compromesso y trató a Suárez como si fuera Andreotti. Dijo que a algunos les sonaría a blasfemia escuchar que Lenin estaba rebasado, con lo que ignoraban que él dijo lo mismo sobre Marx, y que el eurocomunismo no iba a hacer caso a los estetas y a los puros porque por ese camino se acaba en la horca. Se dibujaban en los tapices de Goya los espectros de Franco y de Stalin y los dos herejes les soplaban con el humo de los cigarrillos hablando de derechos humanos, elecciones libres, pactos y multipartidismo. El PCE era aliado del Gobierno y el PSOE se sentía emparedado entre uno y otro. «La pinza UCD-PSOE -dice Joaquín Almunia- suponía, entre otras cosas, que CCOO gozaba de las simpatías gubernamentales en detrimento de UGT». Estaban citados el día 7 de octubre y el más pesimista era Fernández Ordóñez: «Aquí -decía- no va a venir nadie y si vienen, no vamos a pactar». Suárez le replicó: «Van a venir y van a pactar». «Fue -dice Ramón Tamames- una decisión importante para superar el impasse político, lo que confirmó a Suárez como el primero y gran estadista de la Transición. Tuvo mucha más inteligencia que Azaña quien no supo desprenderse de sus sectarismos». Se dispersaron por varios salones de la planta noble del palacio, incluido el del Consejo de Ministros, y lograron que la Transición fuera una historia de culto en todo el mundo, con la excepción de España.

El gran éxito de Adolfo Suárez

Por LUIS MARÍA ANSON

La herencia económica de la dictadura franquista era escalofriante. La inflación se movía en las cercanías del 30%. Los tipos de interés rozaban el 22%. La peseta se devaluó por encima del 20%. El paro se desbocó a galope tendido. Y el presidente Suárez, vencedor en las urnas el 15 de junio de 1977, tuvo el gran acierto de convocar a los partidos políticos con representación parlamentaria y a las centrales sindicales y la patronal para abordar juntos los acuerdos necesarios que permitieran consolidar la democracia recién alumbrada. La sangre sonora de la libertad sin ira se adueñó de la nueva era política. Bajo la sombra de los breñales de La Moncloa de entonces, Adolfo Suárez cosechó su gran éxito en la Transición. El 6 de octubre de 1977, Alfonso Palomares organizó conmigo un almuerzo en el viejo Zalacaín, al que asistieron Don Juan, Sainz Rodríguez, Alburquerque, Luis Rosales y el político emergente Felipe González. En aquel encuentro, el líder socialista, molesto porque Suárez había consultado antes a Santiago Carrillo, se mostró favorable, sin embargo, a firmar los acuerdos del Pacto de la Moncloa. Suárez consiguió que lo hicieran casi todos los partidos parlamentarios. También, con alguna salvedad, Comisiones Obreras. Incluso UGT rectificó a tiempo y se sumó a una operación que suponía poner en marcha la larga caravana de una Transición que se tambaleaba. El Rey Juan Carlos, que todavía disponía de todos los poderes legados por la dictadura, estuvo de acuerdo. -Tuve que vencer algunas resistencias para sumar a Comisiones -me dijo, en mi despacho de la agencia Efe, Marcelino Camacho-. Pero Adolfo Suárez tenía razón y era imprescindible que las fuerzas democráticas se unieran para superar la alarmante situación económica y social. Fue el gran éxito personal del presidente del Gobierno. Los pactos de la Moncloa abrieron también el camino político para escapar de las zahúrdas de la dictadura y concluir, en solo un año, la Constitución de 1978 que, respaldada por la voluntad general libremente expresada del pueblo español, permitió la libertad y la prosperidad de la que ha gozado España en los últimos cuarenta años.

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