Pactos para aprovechar la coyuntura

Describir a estas alturas del año lo que va a ocurrir en la economía española durante 2017 puede caer en el ámbito de la profecía, pero intentaremos que lo haga en el actualmente más respetable de la previsión condicionada. Las profecías son propias de profetas, profesión de reconocido prestigio en el mundo antiguo y no tanto en el actual, pero las predicciones condicionadas son lo que habitualmente hacen los economistas, con éxitos y fracasos en proporciones parecidas a las de los médicos en su campo o a las del resto de profesiones que tratan de comportamientos humanos, poco propicios a encuadrarse en pautas definidas y sólo medibles con la regla estadística de los grandes números.

La advertencia anterior pretende que el lector no aliente excesivas esperanzas en estas previsiones porque existen muchos e importantes condicionantes de las mismas, como veremos más adelante, aunque también existen hechos fácilmente comprobables que permiten fundamentar pronósticos positivos respecto a nuestra economía. El primero de esos hechos se refiere al clima de optimismo que respira hoy la sociedad española y que se traduce en el consumo de sus hogares. Aunque el primer trimestre señalaba una pequeña desaceleración de esta magnitud respecto a sus altos crecimientos en trimestres anteriores, los indicadores disponibles del segundo trimestre apuntan a que, de no aparecer factores negativos en el horizonte, se debe estar produciendo ya una franca recuperación de esas tasas, apuntando para todo el año a niveles claramente superiores a los del anterior.

El segundo hecho positivo se refiere a la formación de capital de la economía española, es decir, a sus inversiones. En el primer trimestre de este año hemos alcanzado crecimientos muy superiores a los del trimestre anterior en el conjunto de las inversiones y, muy especialmente, en la construcción de viviendas -que parece acelerar la recuperación iniciada en el pasado ejercicio- pero, sobre todo, en los bienes de equipo, especialmente en maquinaria. La inversión, por tanto, parece que está pulsando con fuerza en apoyo del crecimiento de la producción en su conjunto.

El tercer hecho positivo lo constituye el comportamiento de las exportaciones de bienes y servicios, donde el crecimiento ha sido espectacular, con tasas de aumento en el primer trimestre que duplican a las del trimestre anterior. El crecimiento mayor se ha experimentado durante este primer trimestre no en la exportación de servicios -básicamente turismo- sino en las de bienes, cuyas tasas del trimestre prácticamente triplican las del anterior. Las importaciones también han crecido con fuerza, pero, pese a ello, el sector exterior casi ha duplicado en el primer trimestre su aportación al crecimiento del PIB respecto a la del ejercicio anterior. Como colofón de este comportamiento hay que señalar que el grado de apertura al exterior de nuestra economía durante el primer trimestre (62,5% del PIB) ha sido el máximo de toda la serie histórica conocida. Además, los avances de datos del segundo trimestre parecen confirmar tan positiva situación.

Como resultado final, nuestro PIB ha crecido en el primer trimestre por encima del 3% y no parece aventurado pronosticar que, de continuarse las tendencias señaladas, terminemos 2017 con valores más próximos al 3,5% que al 3% de este primer trimestre. Contando con tales crecimientos de la producción y con las cifras de gasto de los Presupuestos Generales ya prácticamente aprobadas, parece viable alcanzar a finales de este año un déficit público del 3,1%, coincidente -como en 2016- con el compromiso asumido con la UE y lograr a lo largo de este ejercicio que el empleo aumente en casi medio millón de puestos de trabajo, lo que puede resultar factible a la vista de las últimas cifras conocidas. De seguir así, a finales de 2020 podríamos alcanzar el pleno empleo, con un paro friccional similar en porcentaje (6-7%) al de los mejores años de la economía española.

Importa subrayar que una economía que se apoya, como es razonable, en su consumo interior pero que, al mismo tiempo, hace crecer con fuerza sus inversiones y, sobre todo, sus exportaciones, es una economía abierta al futuro -pues producción futura es lo que representan sus inversiones- y una economía de éxito, pues las ventas al exterior indican que la producción interna tiene capacidad para competir fuera en precios y calidades. Ese parece que es precisamente nuestro nuevo modelo de producción gracias a las reformas emprendidas en estos años, al alto nivel de las inversiones y a las crecientes exportaciones, fundamentadas en capacidades para competir desconocidas hasta ahora. Varios años más de elevados crecimientos por encima de nuestros principales socios europeos, como ha venido ocurriendo a partir de 2013, pueden llevarnos a finales de 2017 a una posición muy destacada en Europa y, sobre todo, a lograr en los años siguientes el impulso definitivo que convierta a nuestro país en una potencia económica de primer orden. Sin embargo ese camino no está todavía despejado ni mucho menos. Cuatro importantes condicionamientos, dos externos y otros dos internos, pueden influir decisivamente en su recorrido.

El primer condicionante externo se refiere a la situación de la economía internacional. Un mundo atenazado por un terrorismo de baja capacidad relativa de matar, pero de alta frecuencia y fuertes repercusiones en todos los ámbitos podría acabar dificultando las relaciones económicas internacionales al abrir la puerta a un nuevo proteccionismo, como ya se está comenzando a ver en los Estados Unidos, o incluso generando nuevos y peligrosos conflictos bélicos, quizá no formalmente declarados. Ese nuevo proteccionismo y los probables conflictos que podrían acompañarle resultarían gravemente dañosos para la nueva economía española, al estar fundamentada en las exportaciones y en la apertura al exterior.

El segundo condicionante externo, de bastante menor peligro que el anterior pero de mayor certeza, se llama ‘Brexit’. La salida del Reino Unido de la Unión Europea va a suponer un fuerte revulsivo para Europa y un cambio muy importante en la situación relativa de nuestro país dentro de la Unión. Si fuéramos capaces de gestionar bien esa salida podríamos ganar muchas posiciones en el continente, lo que constituiría un fuerte estímulo para el crecimiento de nuestra economía. Pero, sin duda, mal gestionado también podría significar un cambio muy desfavorable en nuestros mercados exteriores y una posición mucho más débil para la importante cuota del turismo británico en nuestro país. Todo va a depender del acierto de las autoridades comunitarias en la negociación de la salida británica y de la habilidad de las españolas para asegurar su nueva cuota de mercado en las relaciones dentro de la Unión y fuera de ella.

El primer condicionante interno que va influir en el inmediato futuro económico de España se refiere a nuestra estabilidad política. Esa estabilidad, precaria en apariencia, quizá esté asegurada para este año y el siguiente y veremos si, incluso, para los cuatro años de la presente legislatura. La capacidad negociadora de un Gobierno en minoría, al que casi todos venían calificando de prepotente, ha producido este aparente milagro, lo que está suponiendo un fuerte enfado de la oposición en estos días e, incluso, de los propios socios del Gobierno, favorecido por lamentables episodios de corrupción y quizá también por el afán de quemar etapas. En este ámbito el conflicto de Cataluña es muy probable, sin embargo, que no llegue a nada, como ocurría -salvo en lo del “fuese”- en el conocido estrambote del soneto de Cervantes. Esperemos que el seny catalán triunfe una vez más, como ha venido ocurriendo tantas veces a lo largo de nuestra larga y enrevesada historia.

El segundo condicionante interno de nuestro futuro económico lo constituyen las reformas pendientes. Cambiar el sistema educativo y la estructura y precios del suministro energético, así como continuar la reforma laboral y culminar la reforma fiscal, apenas tímidamente iniciada constituyen, entre otras, tareas ineludibles para alcanzar ese brillante futuro que todos deseamos. El problema es cómo lograrlo con un Gobierno en minoría y una oposición tan sublevada como la nuestra en estos momentos. Quizá por eso haya llegado el tiempo de la concertación, tan brillantemente inaugurado con un complejo pacto presupuestario que ha implicado a siete partidos políticos y al que casi nadie daba credibilidad hace muy poco. Negociación y flexibilidad sin abandonar lo esencial, como en el pacto presupuestario, son las claves para ganar el futuro. No las abandonemos.

Manuel Lagares es Catedrático de Hacienda Pública y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.

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