Pactos vasco navarros

Las aritméticas parlamentarias han reactivado la retórica complaciente de los nacionalistas vascos. Con asombro, escuchamos decir que se ofrecen a pactos para consolidar el progreso en Navarra. Y que apuestan por la moderación y el entendimiento para garantizar la estabilidad y gobernabilidad de España.

Bajo su propaganda interesada se encuentran los riesgos del país. Mientras los nacionalistas alcanzarían más territorio, poder y dinero, otros obtendrían ahora las ventajas de sus apoyos para gobernar durante un tiempo. Y juntos endosarían a la sociedad española los inconvenientes y daños constitucionales a largo plazo. Esos pactos beneficiarían injustamente a unos pocos a costa de perjudicar indebidamente a la mayoría de los españoles, y anticiparían daños futuros en Cataluña.

En las actuales disgregaciones parlamentarias interesan los héroes prudentes, que eviten alpinismos políticos y no pretendan beneficiarse del riesgo y volatilidad nacionalista en ruta hacia la balcanización de España. Si algo sale mal, no valdrá luego decir que fue por la incertidumbre que resulta de las últimas elecciones. Ni añadir los perjuicios al balance de los últimos cuarenta años de nacionalismo vasco. Ni dejar de ver los daños a vascos y catalanes, que no se dicen porque parece que ellos mismos los desean, como si todos fueran nacionalistas.

Los pactos propuestos por los nacionalistas vascos, que siempre aparentan estar en expansión, no funcionarán en Navarra porque no tiene futuro ser rehén del partido heredero de los terroristas, con amplia experiencia en secuestros y extorsiones antiespañolas. Servirían para blanquearlos y acelerar la imposición del euskera y de los mitos vascos sobre Navarra. Y para justificar a sus socios catalanes.

En cuanto al País Vasco, ocultan el hecho de que, desde la Transición, los nacionalistas no han sabido proteger ni a su propia raza. El furor terrorista de ETA, que para muchos nacionalistas resultó emocionante y lucrativo, expulsó del País Vasco a no menos del 10% de su población, ahogó su sociedad y la condujo a su actual disolución demográfica. Durante las largas décadas del terrorismo, entre 1968 y 2011, la natalidad vasca se desplomó hasta extremos inconcebibles. Y no se recupera. La caída de su población fue vertiginosa desde 1976, cuando tras el franquismo ya se consolidaba el terrorismo, y era claro que duraría y seguiría contra la democracia. Desde entonces la sociedad vasca es la que más ha envejecido de España y más se ha deteriorado demográficamente. Los asesinados iban en orden a los cementerios y muchos se alegraban de eso, pero mientras tanto fueron muchísimos los bebés vascos que no nacieron en ese panorama de miedo e incertidumbre.

En aquella contracción histórica el odio y las justificaciones nacionalistas de amenazas y asesinatos calaron hasta la médula de la sociedad vasca. Y descompusieron e invirtieron sus antiguos mitos de igualitarismo y solidaridad, que se trocaron en sus actuales rasgos de elitismo y rapacidad. Además del mito de los vascos como personas de palabra que van de frente. Justo al revés desde hace tiempo.

Los mitos vascos volcaron. Su raza también, y no consiguen adrizarla. Se está hundiendo. Desde que nació en 1980, Euskadi tiene una trayectoria de población negativa. La pureza de raza y lengua de los vascos se reduce a que sus apellidos dominan sus instituciones, administración y poder económico en su territorio foral. Sus nombres todavía suenan y mandan, aunque las purezas vascas vienen terminándose. Sus apellidos tienden a ser menos y peor dichos, y están cada vez más solos en un escenario de extranjerización acelerada. En 2018, año de la disolución de ETA, ya el 25,3% de los nacidos en Euskadi son de madres extranjeras. Descontando esos nacimientos, las madres de origen vasco-español han tenido en 2018 un 70% menos de bebés que los nacidos en 1976 en el País Vasco.

Allí muchos pensaron que por ser más ricos eran mejores, y creyeron ser diferentes y superiores a los demás españoles. Los nacionalistas desarrollaron una hispanofobia que va contra su historia. Y se han perdido en el bucle de su mito contemporáneo, acuñado por el terrorismo: los vascos son luchadores por su libertad e independencia. No saben o no quieren desprenderse de ese mito que les condujo al poder, lo adoran. Piden a cambio de su apoyo parlamentario la competencia de prisiones, a fin de completar el relato y trato benevolente del terrorismo, devolviendo el servicio prestado cuando unos sacudían el árbol y otros recogían las nueces. Como siguen homenajeando a los terroristas cuando son excarcelados. La barbarie premia a los agresores. Y en honor de ese mito pretenden modificar su Estatuto de autonomía para incluir el derecho a un referéndum de secesión.

Aspiran también, en ese nuevo Estatuto vasco, a la división de su sociedad entre nacionales y ciudadanos, además de la tercera categoría de los residentes extranjeros. Quieren diferenciar esas clases políticas porque los nacionalistas han perdido el pie de su población y ahora flotan en una deriva social que cada vez controlan menos, y que más adelante les será desleal. El euskera es una aproximación, aunque para los nacionalistas vascos la lengua no es suficiente si falta el elemento clave de su raza. Intentan así conservar la hegemonía que adquirieron durante las décadas del terrorismo. Hoy día las instituciones vascas son el sarcófago de una sociedad que se deshace a toda velocidad, crecientemente fragmentada, desfigurada e irreconocible para los propios nacionalistas.

Y pretenden compensar su tendencia autodestructiva mediante la expansión territorial sobre Navarra, su tierra prometida.

Alinear la acción de Gobierno con esos extravíos sería lo más insensato y pernicioso para el conjunto de nuestro país. La igualdad de los españoles en derechos, obligaciones y libertades, que es nuestra unidad y fortaleza, mal puede combinarse con la disolución constitucional de la ciudadanía y del territorio que se alcanza pactando con los nacionalistas. Resulta sarcástica la retórica progresista que envuelve su proposición de pactos retrógrados y arcaizantes, explicados como derechos históricos que son pura invención.

Mientras continúa sin apagarse el incendio de Cataluña, los jefes de los partidos constitucionalistas españoles parecen sumidos en sus respectivas egolatrías, vanaglorias y megalomanías. Ya despertarán. La belleza del poder no la dan cámaras ni micrófonos, sino la luz de la historia, aunque sólo más adelante y si resulta favorable. Puede no serlo. Ni hoy ni mañana conviene preguntarse: –Espejito, espejito, ¿hay alguien más poderoso que yo en España?-. El retorno de la historia no es presente sino futuro, y más vale ver la luz de la Constitución y hacer los pactos que corresponden a su altura.

Fernando Múgica es abogado.

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