Pactos y programas

Con un país expectante por las conversaciones para la formación de nuevo gobierno, a muchos les parece que se trata de un trapicheo indigno a espaldas de la gente. En realidad las negociaciones en curso reflejan el profundo cambio acontecido en la política española después del 20-D como consecuencia de la toma de conciencia ciudadana con respecto al deber ser de la democracia. El contraste es evidente entre la política tradicional en la que una vez pasado el trámite de las elecciones las cosas se arreglan en la trastienda entre políticos y la política renovada en la que la mayoría de los partidos, salvo el Partido Popular y la fracción social-conservadora del PSOE, se hacen responsables de su mensaje electoral. De modo que lo que los tertulianos califican de insoportable espera es en realidad un ejercicio de democracia. Porque por un lado hay que llegar a pactos para la formación de minorías relativas capaces de ser investidas y luego gobernar. Pero por otro lado los partidos no pueden alejarse de sus programas en puntos fundamentales so pena de recibir un castigo de sus propios votantes ahora (en nuevas elecciones) o en el futuro.

Este imperativo de honestidad política es esencial para los partidos emergentes porque precisamente quienes han optado por ellos esperan un comportamiento distinto del de los partidos tradicionales. Si Podemos y Ciu­dadanos, así como Izquierda Unida y los partidos catalanes y vascos, con­ceden puntos programáticos esenciales a cambio de ministerios, pierden credibilidad porque su limpieza es su único capital político. No tienen elección: o son honestos o se desintegran, porque para clientelismo y oportunismo los tradicionales lo hacen mejor. Pero esta exigencia se aplica asimismo al intento de Pedro Sánchez de regenerar el PSOE. El amenazado líder socialista es consciente de que para salvar a su ­partido de la extinción por evolución demográfica, tiene que ser tan creíble como Podemos o Ciudadanos. Sólo así puede pretender aportar el valor añadido de sus raíces a una nueva práctica transparente hacia la sociedad y de ­democracia interna hacia su partido. Y para eso tiene que romper con los ­dinosaurios socialistas que no aceptan que su tiempo ya pasó y que España, país de países, ha cambiado irreversiblemente. Podrán liquidar a Sánchez, pero tendrán que sobrevivir bajo el ala protectora de una coalición conservadora mayoritaria, llámese como se llame.

Pero la proeza que intenta Sánchez es extremadamente difícil. Porque hay un tema clave en el que ni él, ni Ciudadanos, ni Podemos pueden desdecirse: el derecho de Catalunya a decidir su destino. Ciudadanos nació en Barce­lona para combatir ese derecho. Sánchez ha reiterado que no aceptará un referéndum catalán, en coherencia con su programa y con la tutela de sus barones. Lo más que podría hacer, como yo escribía hace unos días en este diario, sería aparcar por un tiempo el tema del referéndum para pactar con Podemos, que es el único pacto viable para el gobierno progresista que dice buscar. Aparcarlo, pero no rechazarlo. Ahí está la po­sibilidad de entendimiento provisional. Podemos podría tal vez (a pesar de recientes declaraciones) posponer la realización del referéndum catalán durante la legislatura. Pero en ningún caso ponerlo en cuestión. No sólo porque ha sido el centro de su campaña electoral en Catalunya, llevándole a constituirse en la primera fuerza política en esa nación aun siendo un partido español. Sino porque Podemos entendió estos últimos meses que la realidad plurinacional de España no es un añadido al programa, sino que es central en la política española.

Así Podemos superó su ambigüedad inicial sobre un tema que tuvieron que aprender en la práctica (recordemos que apenas tienen dos años de existencia) para asumir la plurinacionalidad como única forma a largo plazo de mantener a España como país (pero país de países). Por eso consiguió establecerse como primera fuerza política en Catalunya y en Euskadi (superando al PNV y desplazando a Bildu) y segunda en Galicia y País Valenciano, manteniendo su influencia en Madrid, donde también fue segunda. Lo que demuestra que el pueblo de Madrid no coincide con el centralismo tradicional de sus dirigentes. De hecho, el socia­lismo español durante la democracia sólo pudo ganar elecciones, excepto en 1982, por el diferencial de escaños en Catalunya con respecto al PP. Tuvo más escaños en Andalucía, pero también el PP. Y ese diferencial, que dio las mayorías al PSOE, lo consiguió con una política de defensa de Catalunya como nación, con dirigentes como ­Pasqual Maragall, Toni Castells o Quim Nadal (hoy marginados del PSC), que se enfrentaron a los nacionalistas españoles, con el apoyo implícito de Felipe González. Eso lo perdió el socialismo español. Y esa bandera, que el PSUC mantuvo en parte, ha sido recogida por Podemos y en base a ella construye una hegemonía en la izquierda que se acentuaría en caso de nuevas elecciones.

Por eso, por ahora, es imposible un acuerdo estratégico entre PSOE y Podemos, porque su enfoque de la cuestión catalana está en la raíz de lo que son. Si renuncia Podemos, perderá sus principales bases de apoyo. Si el PSOE se adapta gradualmente, puede reconciliarse con la España pluri­nacional y dinámica, pero sufriría una escisión. Eso espera Ciudadanos. La corrupción sistémica del PP no permite a Ciudadanos aliarse con Rajoy, so pena de destruir su imagen de nueva política. De modo que el bloqueo de los pactos a causa de diferencias de programas es en verdad un ejercicio de regeneración democrática.

Tal vez Sánchez aún pueda ser investido. Hay un clamor popular para defenestrar al corrupto PP. Podemos podría abstenerse, dando margen a Sánchez para aliviar la miseria social, mientras maduran las condiciones para un gobierno progresista que sea durable. Y eso pasa por Catalunya.

Manuel Castells

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