Pagar el pato

En estos días nos despertamos, cada mañana, con una noticia peor que la anterior. Y no sólo en lo que se refiere al déficit, la deuda, esa prima que es de riesgo (como casi todas las primas durante nuestra adolescencia) y los recortes sociales, sino en algo más profundo e importante, incluso, que la economía: la Cultura. Puede que siga en vigor el viejo apotegma de primum vivere, deinde philosophare, pero cualquiera que estime que la Cultura es un segundo plato, o una guarnición prescindible en el menú de la supervivencia, desconoce de qué alimentos se nutre el ser humano para conservar ese concepto tan en desuso como es la dignidad.

Un día nos enteramos de que cierran el Centro Niemeyer; otro que se suprime el Premio Torrevieja de Novela; al siguiente que el Ayuntamiento de Madrid aplaza la exposición Camerinos; luego que Valencia elimina su Mostra de cine; después que los gobiernos navarro, balear, madrileño y manchego podan la Educación y la Cultura como primeras medidas; y, por si fuera poco, se suceden informaciones acerca del fin de actividades en centros culturales, fundaciones y universidades de toda España. ¿Qué nos queda? ¿Que no esté garantizada la próxima Semana Negra de Gijón o los mismos Premios Príncipe de Asturias? ¿Que las editoriales dejen de contratar, las galerías de exponer y los auditorios de celebrar conciertos? Pues en eso estamos.

Porque ése es, al parecer, el camino por el que transitan la Cultura y los creadores. Y renunciar a (o recortar) la Cultura es un brindis al sol de los políticos en la falsa creencia de que se trata de algo superfluo. Como explica tan certeramente el gran periodista Antonio Ubero (en el paro, también), «es necesario que la sociedad estime el ingenio y la inteligencia, valore la autoridad del creador y del pensador y supere de una vez por todas ese prejuicio absurdo de confundir instrucción con elitismo. Que la gente se entere de que la Cultura no es sólo vender libros, discos o cuadros. La Cultura significa aprender a vivir».

Una gran reflexión. Tan buena que los dirigentes políticos no llegan a creer en ella. Tal vez sea porque no aporta votos. O puede que los sucesos ocurridos en la SGAE hayan desacreditado a los creadores, que la burla mediática a los de la ceja, que apostaron en su día por un partido concreto, se considere oportuna, graciosa, democrática y justa, o que la concesión de subvenciones a la creación cultural (como existen en todos los países civilizados) duela más que las concedidas a la agricultura, la pesca o la banca. Puede, en fin, que no exista una concepción social extendida de que ser cultos es ser libres o de que, en palabras de García Lorca, «no sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales». ¿Nos suena? O las de Menéndez Pidal: «El lema de la República debe ser: ‘Cultura’. Cultura, porque sólo a través de ella se pueden resolver los problemas en que hoy se debate el pueblo lleno de fe, pero falto de luz».

Sin embargo, nada se está oyendo sobre esto en las propuestas programáticas de los candidatos del 20-N. Y lo que se oye es como para echarse a temblar: Rajoy insinúa la supresión del Ministerio -ya lo hizo Aznar-, y a Rubalcaba sólo se le ha oído recetar, en las conclusiones de la conferencia política socialista, «media hora de lectura diaria con los hijos como medida para mejorar su rendimiento escolar». Y en el Liber apoyar a los editores-empresarios proponiendo la rebaja del IVA al libro electrónico al 4%. ¿Y para los creadores? ¿Qué medidas, propuestas y cauces ilusionadores ofrecen para que no se vean obligados a dejar su oficio para convertirse en «máquinas al servicio del Estado, en esclavos de una terrible organización social»? (Lorca). ¿O es que cabe concebir hoy un mundo sin cine, teatro, música, libros, pintura, series, moda…? ¿Y quiénes crean? ¿Los políticos?

No. Tampoco lo harían los creadores indefensos y hambrientos. Invito a leer el magnífico artículo de Luis Alemany, publicado en ELMUNDO.es el pasado 19 de marzo, titulado Papá, el pobre, es artista, o el publicado hace unos días, ¿Y usted vive de esto?, de Eva Díaz Pérez. Puede que ilustre a los candidatos y que lleve un poco de luz a aquellos ciudadanos que creen que, si en la vida hay algo que sobra, eso es la Cultura. Porque todos sabemos que estamos en una gran crisis, y que a todos nos toca pagar el pato; pero cebarse con la Cultura, que es el imprescindible alimento que alivia, evade, enriquece, enseña, complace y dignifica, «conduce a la agonía del alma insatisfecha, que dura toda la vida» (Lorca). Y esto es, ni más ni menos, lo que están haciendo. Esperemos que comprendan que están a tiempo de rectificar.

Antonio Gómez Rufo, escritor.

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