Paisaje en mitad de la batalla

No es descabellado afirmar que la reivindicación feminista, que cobró inusitada fuerza con el estallido del caso Harvey Weinstein, ha encontrado su culminación simbólica, al menos por el momento, en la exitosa huelga convocada con motivo del Día Internacional de la Mujer. Justo es afirmar que esta conmemoración ya gozó de un notable alcance político el año pasado, en buena parte gracias al éxito de la Marcha de las Mujeres organizada tras la victoria de Donald Trump en las elecciones norteamericanas. En buena medida, se trata de protestas posmodernas, pues carece de ese destinatario preciso que antaño constituía el poder estatal. Dejando a un lado demandas de largo alcance como las referidas a la conciliación familiar o la malentendida brecha salarial, el objetivo principal parece ser ante todo ejercer influencia sobre la opinión pública: para que el cambio en las percepciones individuales prepare debidamente el terreno a los cambios sociales duraderos. Desde hace ya meses, pues, somos objeto de un monumental ejercicio de persuasión colectiva cuyo éxito puede comprobarse en el hecho de que nadie se declara ya públicamente sino feminista. Del dicho al hecho, naturalmente, media una cierta distancia; máxime cuando tampoco existe acuerdo sobre lo que implica exactamente practicar el feminismo. No obstante, casi todos podríamos estar de acuerdo en que el feminismo persigue acabar con la discriminación por razón de sexo.

Paisaje en mitad de la batallaSea como fuere, buena parte del debate público reciente ha girado en torno a un aspecto particular de las relaciones entre hombres y mujeres, a saber: las relaciones sexuales. Fue el abuso de poder con fines copulatorios lo que hizo caer en desgracia a Weinstein, como sucediera unos años antes con Dominique Strauss-Kahn, ese otro hombre de poder retratado con acierto pionero por Juan Francisco Ferré en su visionaria novela Karnaval. Ha sido, o está siendo, un debate belicoso y apasionado que saca a relucir las ambivalencias propias de la digitalización de la conversación pública: el tuit pueril coexiste con el artículo sofisticado y la estadística rigurosa con el linchamiento online. Pero quizá ya no sepamos comunicarnos de otra manera y esta extrema conflictividad sea un signo distintivo de las sociedades occidentales que emergen, turbulentas, tras la crisis. Y precisamente, uno de los factores que ayudan a explicar esas turbulencias es el cuestionamiento de las identidades en que se habían reconocido tradicionalmente hombres y mujeres: consigo mismos y recíprocamente. Es un proceso en marcha: Trump coexiste con Trudeau. De modo que lo viejo no muere del todo y lo nuevo no termina de nacer, sin que podamos saber exactamente si esos personajes y lo que representan constituyen tipos ideales o más bien caricaturas de una realidad llena de claroscuros. Vivimos así tiempos de relativa confusión, en los que la denuncia del patriarcado es coetánea al crecimiento de la industria cosmética y el éxito de la saga literaria de tintes sadomasoquistas protagonizada por Christian Grey corre en paralelo a la comercialización de una App destinada a acabar con los equívocos acerca de quién consintió hacer qué durante una cita que acaba en la cama.

Hasta cierto punto, la confusión es inevitable. A diferencia de lo que ocurre con aspectos más fácilmente objetivables de la igualdad de género, como las horas dedicadas a las tareas domésticas o los salarios recibidos por unos y otras, las relaciones eróticas están atravesadas por una tensión imposible de erradicar. No digamos si lo que se persigue es tan ambicioso como acabar con las zonas de sombra del consentimiento o disfrutar simultáneamente de una completa libertad y una completa seguridad. Sean o no deseables estos fines; el problema es otro. Y el problema es que nos las tenemos que ver aquí con el deseo sexual, sublime y grotesco a un tiempo, históricamente variable pero activado por una disposición biológica ligada al impulso de supervivencia: una endiablada astucia de la especie. De ahí que en este terreno se confundan con tanta frecuencia los planos normativo y fáctico, las explicaciones con las justificaciones. Perdemos de vista que la indeseabilidad de un rasgo o conducta no siempre se corresponde con su maleabilidad. Y al revés: pese a la rotundidad con que algunos invocan el argumento naturalista, estamos lejos de saber si estamos determinados por nuestra biología o solo condicionados por ella.

Los rasgos innatos de ambos sexos ocupan así una posición peculiar: ni pueden usarse para dar por zanjado el debate mediante comparaciones peregrinas con otras especies, ni pueden dejarse fuera del mismo en nombre de una plasticidad infinita. De momento, tendremos que conformarnos con reconocer simultáneamente la facticidad del cuerpo y la influencia del lenguaje y la cultura. A fin de cuentas, si lo supiéramos ya todo no estaríamos discutiendo.

Dicho esto, hay aspectos de la discusión que pueden simplificarse. Por ejemplo, no cabe ninguna duda de que los delitos sexuales son de comisión casi exclusivamente masculina, aunque el número de hombres que los cometen es abrumadoramente inferior al número de hombres existentes. La indiscutible peligrosidad del hombre para la mujer, pues, admite matices; pero los matices no le restan un ápice de gravedad. Afortunadamente, esos delitos no tienen defensores públicos; hablar de una «cultura de la violación» en las sociedades occidentales es una licencia teórica antes que una realidad penal.

Lo mismo sucede con el abuso de poder y el chantaje profesional; el debate debe centrarse en los mecanismos para su denuncia. En cuanto a los piropos públicos, es inimaginable hoy aquella escena de Los chicos -la película de Marco Ferreri ambientada en el Madrid de finales de los 50- en la que una mujer pasa junto a una fila de hombres que sin excepción le dedican algún cumplido más o menos agresivo. Francia está incluso dispuesta a multar esta conducta, que se entiende así excluida de la «libertad de importunar» defendida por el grupo de mujeres que, con Catherine Millet y Catherine Deneuve a la cabeza, han lamentado los excesos neopuritanos del movimiento #Metoo.

Sea justa o no, esta última objeción nos recuerda qué difícil es llegar a conclusiones claras allí donde no entran en juego de manera explícita la violencia ni el abuso. ¿De qué modo orientarnos moralmente cuando el dominado es un hombre? ¿Y cuando una mujer decide libremente seducir a un hombre más rico o se siente fatalmente atraída por un hombre violento? ¿Quién posee más poder, una mujer atractiva o un hombre sin atractivo? ¿De qué modo podemos corregir estos desequilibrios, si es que podemos?

Una cosa está clara: fomentar la enemistad entre hombres y mujeres no es el mejor camino para refundar sobre nuevas bases las relaciones entre ambos. Es necesaria una cooperación mutua cuyo primer objetivo debería ser el fomento de la autoconciencia: para que todos nos hagamos cargo de la compleja red de significados y afectos que se entretejen en las relaciones entre los sexos. Jamás lograremos acabar con su ambivalencia ni su polisemia. De lo que se trata es de ser más iguales sin por ello dejar de ser libres. O, si bien se mira, de ser todos más libres para ser así más iguales.

Manuel Arias Maldonado es profesor de Ciencia Política en la Universidad de Málaga. Su último libro es Antropoceno: La política en la era humana.

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