Países de la luna creciente

Por Carlos Fuentes, escritor mexicano (EL PAÍS, 15/09/06):

Para alguien que desciende -es mi caso- de árabes, judíos y cristianos (rayado, además, de negro y azteca) no puede serle indiferente el interminable conflicto en el Medio Oriente. Se enfrentan dos pueblos hermanos, ambos semitas -descendientes de Sem, el hijo de Noé-: judíos y palestinos, hebreos y libaneses. Unida la región, antes de 1918, bajo la férula islámica del Imperio Otomano, dividida enseguida, por la paz de Sèvres y el Tratado de Lausana, en siete entidades, unas independientes (Arabia Saudí y Yemen), la mayoría colonias (Líbano y Siria, de Francia; Irak, Jordania y Palestina, de Inglaterra). Turquía e Irán fueron considerados Estados tapón contra el emergente poder soviético. La Declaración Balfour de 1917, en fin, le prometió a los judíos un “hogar nacional” en Palestina, no como compensación por los venideros y terribles años del Holocausto, sino en honor a la causa sionista que con tanto fervor impulsó, desde el Congreso de Basilea en 1897, Theodor Herzl.

La “pérfida Albión” continuó en el Medio Oriente la lección heredada del anterior imperio mundial, Roma: divide y reinarás. Francia no hizo sino extender su dominación colonial africana, establecida desde 1830 en Argelia, desde 1881 en Túnez y desde 1912 en Marruecos, como lo hizo la Gran Bretaña, refrendando su autoridad colonial sobre Egipto (1882), el Sudán (1898 y la saga novelesca de “las cuatro plumas”), el sur de Arabia y los Estados costeros del golfo Pérsico. O sea: sean cuales sean las características locales de la región, toda ella conoce la dominación y la explotación colonial de Occidente. Esto las une. Las separa, en cambio, la confrontación interna entre ricos y pobres, entre bañados y mugrosos, entre fervientes y ligeros, entre demócratas y autoritarios, entre internacionalistas y chovinistas.

Arnold Toynbee hizo una distinción interesante entre “herodianos” y “fanáticos”. Los primeros, a la usanza de Herodes son dictadores asociados a Occidente, parte de una élite que desprecia a las “imbañables” masas. Los segundos, fanáticos, pueden compararse a los celotas que combatieron al Imperio Romano (hoy Occidente y, más precisamente, EE UU) a fin de alcanzar el reino de los cielos.

Antiquísimas historias y verdades actuales. Agotado el colonialismo europeo al finalizar la Segunda Guerra Mundial, poco a poco EE UU se convirtió en la potencia dominante en la vasta luna creciente que va del Mediterráneo al Caspio. Pero el poder no siempre se tradujo en inteligencia, como lo demuestran los hechos actuales.

Los esfuerzos de paz de los presidentes Carter y Clinton han sido abolidos por la torpeza incalculable de Bush. Si antes, en Oriente Medio y también en el mundo, se solía distinguir al Gobierno norteamericano del pueblo y la cultura estadounidenses, hoy esa distinción se ha desvanecido. La junta gobernante en Washington es vista, casi universalmente, como promotora de violencia, políticas bélicas e ignorancia de los terrenos culturales y políticos que, como búfalos, entran a pisotear.

Ello dificulta enormemente la tarea de quienes, en la región, buscan soluciones democráticas, templadas, lejos de Herodes y los Fanáticos. Porque antes y después del militarismo rampante de Donald Rumsfeld, hay en Pakistán el enfrentamiento de suníes y chiíes, repetido en Irak con el aditivo kurdo. Hay en Egipto grupos islámicos promotores de la democracia que reciben palo del Gobierno. Hay en Irán tendencias moderadoras (Jatamí e incluso Rafsanyani) satanizadas por Bush y su “eje del mal” a favor del fanático Ahmadineyad. Pero hoy ningún islamita democrático se atreve a levantar la voz, so pena de ser visto como paniaguado de Bush, Cheney, Rumsfeld y aun de la simpática Condolencia Arroz o, como la llama la gran revista conservadora británica The Economist, Condoleezza Polyanna Rice, refiriéndose a la folclórica “niña feliz” de la mitomanía estadounidense.

El resultado de la incursión israelí en el sur de Líbano debiera servir de lección, profunda lección. Mientras Bush, tartamudeando, anuncia una victoria sobre los terroristas de Hezbolá y sus patrones iraníes, éstos se congratulan. Hezbolá aparece como el defensor triunfal de la soberanía libanesa contra la alianza de Washington y Tel Aviv y ello aumenta el crédi-

to de Teherán. Ahmadineyad, sentado sobre millones de barriles, puede mofarse de Estados Unidos y de Europa. Líbano, la bella huérfana del Mediterráneo, debe acostumbrarse a vivir con -y aun ser dominada por- la autoridad de Hezbolá, vista por muchos libaneses como la única barrera a la expansión de Israel y como el poder de facto que da trabajo, salud y escuela a los libaneses en sus territorios.

Victoria pírrica la del bisoño premier israelí, Ehud Olmert, y de su ministro de Defensa, Amir Peretz. Desde la derecha y la izquierda de la democracia judía, les llueven las críticas. Cito, mísero de mí, al temible reaccionario Benjamín Netanyahu cuando critica “los fracasos” de la incursión israelí en Líbano. “Fracaso en identificar la amenaza, fracaso en la preparación y el manejo de la guerra, fracaso en el frente interno”. ¿Cómo puede, mísero de él, cantar Bush victoria?

Todos sabemos que el quid de la cuestión en Medio Oriente está en el conflicto entre Israel y Palestina. Si esto no se resuelve, no se arregla nada. La inexperta conducción de Olmert en Israel tiene su contraparte en el temible ascenso del ala extremista Hamás en Palestina. Mientras Hamás no reconozca el derecho a la existencia del Estado de Israel, el camino de la paz estará bloqueado. Esto sería, digamos, como si México se negase a reconocer la existencia del Estado de Tejas. Cierto: el fait acompli es terriblemente injusto. Hay que negociar con los hechos, sin embargo. Yo no sé si el sureste de EE UU vuelva a ser mexicano o sólo un campo de batalla entre mano de obra indispensable y “vigilantes” racistas dispensables.

Quiero creer, empero, que el creciente entendimiento político entre los palestinos moderados (Fatah y el presidente Abbas) y los extremistas (Hamás y el primer ministro Haniya) pueda concluir en una posición negociadora aceptable para ambas partes, Israel y Palestina. El cogollo del acuerdo sería: a) el retorno a las fronteras anteriores a la guerra de 1967, y b) la renuncia de Hamás, ya suscrita por Fatah, a destruir el Estado de Israel.

Son estas condiciones básicas, anteriores a los demás acuerdos imaginables, para una paz duradera en la región. Es lamentable que el Gobierno actual de EE UU, en vez de construir para y desde estas bases, se empeñe en desplantes arbitrarios, ideológicos, supremacistas e ignorantes.

Los países de la luna creciente han experimentado, después de la Segunda Guerra Mundial, con las formas políticas del nacionalismo, el comunismo, el socialismo, la democracia y el panarabismo. Sucesivos fracasos y una situación internacional que los países árabes no controlan y de la cual se sienten víctimas, parecen conducirles hoy al islamismo político, a la adherencia a la religión más que a la nación, a la fe más que a la ley.

Este retroceso sólo puede corregirse, al cabo, en una mesa de negociación que reconozca a los factores reales de poder en la región y en la que se sienten también, con otras caras y otras intenciones, futuros gobernantes de EE UU. Hoy por hoy, Washington juega una carta fracasada, los países islámicos sienten que la religión puede más que la política y convierten a la religión en política.

Entretanto, la Unión Europea podría jugar un papel moderador, esperando que no sea demasiado tarde. España, por su peculiar condición multicultural -cristiana, islámica y hebrea- tiene un papel importante. Y el mejor negociador europeo es hoy, sin duda, un español, Javier Solana.

Yo sólo puedo desear que la luna, hoy tan incierta en su luz nocturna, deje de ser menguante y se vuelva, para bien de todos, luna creciente.