«Països catalans»

Por Manuel Martínez López, doctor en Filosofía y Letras (LA RAZON, 25/11/04):

No, no es la «palabra», «divina palabra», la que separa y divide a Valencia y Barcelona. Suenan de nuevo los ácidos clarines por los cuatro cantones de este perenne Reino, el «Regne de Valencia». ¡Països catalans! ¿Qué dirían si desde San Millán de Suso a la Chihuahua, del Altiplano a Patagonia, en aras de una similar o si se quiere idéntica lengua, se clamase por la unidad política de los «Països hispánicos»? Los nuevos Cortés, Pizarro, Almagro o los Valdivia serían, sin duda, corridos a gorrazos.

Jaume I, Don Jaume el Conqueridor, se hizo acompañar para la conquista de estas tierras de nobles aragoneses que ansiaban una salida al mar y de burgueses catalanes ávidos de ampliar sus mercados. Pero pronto captó la voracidad de unos y de otros y declaró a esta tierra «Regne», Reino autónomo. Cuando en 1240 le confirió una Ley constitucional propia, «Costum de Valencia», que derivaría en «Els Furs» de 1261 sustituyendo el Fuero de Aragón, provocó la indignación de aquéllos, quienes pusieron el grito en el cielo. El «Llibre dels Fets», en los capítulos a partir de la conquista, es todo un maravilloso canto a este nuevo Reino autónomo.

No, no es la lengua, «divina palabra». Barcelona y Valencia siempre han sentido celos. Valencia vivió en el XV su máximo esplendor. Era la gran capital del Mediterráneo, próspera, culta, tertulias literarias, grandes poetas, Ausias March, Corella, Fenollar. Y la primera en España en pasar a la imprenta un libro, «Les trobes en lahors de la Verge Maria». Y Barcelona sentía celos. Escribía en 1494 Jerónimo Münzer, un viajero alemán, en su «Itinerarium hispánicum»: «A poca distancia del mar, álzase Valencia, ciudad mucho mayor que Barcelona, muy poblada y en donde viven condes, barones y algunos duques, más de 500 caballeros ricos y otras personas de distinción... Podemos afirmar que nunca habíamos visto otra ciudad cuyas iglesias estén tan ricamente adornadas... Los mercaderes, artesanos y clérigos pasan de dos mil. Los habitantes de la ciudad acostumbran a pasear de noche por las calles, en las que hay tal gentío, que se diría estar en una feria, pero con mucho orden. No hubiera creído que existiera tal espectáculo a no haberlo visto». ¿Se han vuelto las «tornas» ? ¿Es ahora Valencia la que siente celos de Barcelona? No, no es la «palabra», «divina palabra», la que divide. Un nada sospechoso Sanchis Guamer escribía en 1967: «La fuerte superioridad de la ciudad de Valencia sobre la de Barcelona motivaron la clara y constante resistencia de los valencianos a llamarse catalanes».

Si por la lengua fuese, ¿por qué no hacemos caso a Joanot Martorell, en su dedicatoria de su «Tirant lo Blanch» dirigida «al serenísimo príncep Don Ferrando de Portugal» y la llamamos «valenciana»? «Me atreviré expondre no solament de lengua anglesa en portoguesa, mas encara de portoguesa en vulgar valenciana, per ço que la nació d'on yo só natural se'en puxa alegrar...». No, no es la «palabra», «divina palabra». Si así fuese y puesto que las tierras valencianas resistieron más tiempo a los ejércitos del Norte que las mismísimas Jaén, Córdoba o Sevilla, reivindicarían también la cooficialidad del árabe o del bereber.

Y esta resistencia se acentúa cuando surge cualquier Bolívar del Norte, visionario y megalómano, dispuesto a reivindicar la nueva «Gran Colombia», el imperio, los «Països catalans». «Mi querido general –escribía poco antes de su muerte Bolívar a Juan José Flores–, usted sabe que yo he mandado veinte años y de ellos no he sacado más que pocos resultados ciertos: primero, la América es ingobernable para nosotros; segundo, el que sirve una revolución ara en el mar».

No, no es la «palabra», «divina palabra», la que divide. Hace 380 millones de años salieron los primeros vertebrados del mar. Pero los peces siguen teniendo un solo río y un solo mar y un solo idioma. Circulan sin pasaporte y sin aduanas. Peces de Saramago, venid a darnos una lección a los humanos vertebrados. «Venid acá, peces, los de la margen derecha, que estáis en el río Douro. Y vosotros, los de la margen izquierda, que estáis en el río Duero, venid acá todos y decidme cuál es la lengua que habláis cuando ahí abajo cruzáis las acuáticas aduanas, y si también ahí tenéis pasaportes para entrar y salir».