Palabra en el tiempo, corazón de justicia

Por Luis Antonio de Villena (EL MUNDO, 13/01/08):

La barba que se dejó en sus años de profesor de Literatura Española en la Universidad de Nuevo México en Albuquerque (EEUU) le dio, al ir encaneciendo, para los que le conocimos mediando la pasada década de los 70, un aire de hombre cosmopolita y viajado, que mucho contradecía con sus fotos de los años 50, cuando era funcionario en Madrid, como Juan García Hortelano, y tenía un aspecto más local o, como Carlos Barral decía, más carpetovetónico. Buen bebedor y nocherniego -como tantos de su generación, la del 50- Angel era un hombre cordial, sano, liberal, entrañable, y como dijo su tan querido Antonio Machado «en el buen sentido de la palabra bueno». Lo traté infinitas noches y algunos días, entre 1976 y hace apenas un mes, y siempre vi en él la inteligente bonhomía, la lucidez del genuino izquierdista que nunca olvida las causas justas, aunque termine cantando (o por eso) rancheras o canciones asturianas, casi a las claritas del alba...

Angel González Muñiz nació en Oviedo el 3 de septiembre de 1925, y su padre falleció cuando él tenía poco más de un año. Su familia era republicana, y por eso la guerra (y la posguerra) fue especialmente dura para ellos. Uno de sus hermanos, Manuel, fue ejecutado por los franquistas en 1936. Y su otro hermano, Pedro, se exiló antes de acabar la terrible contienda. Angel sólo podía ser lo que fue, un hombre visceralmente antifranquista, amante de la libertad, y desde joven un compañero de viaje del clandestino Partido Comunista de España. En 1943 se le declaró la tuberculosis, y aquellos años -contaba- en un pueblecito de la montaña astur, en los que leyó mucho, despertaron en él su vocación literaria, o mejor su vocación de poeta, pues Angel González ha sido, ante todo, un muy gran poeta. En 1946 empieza a estudiar Derecho en la Universidad de Oviedo (una salida) y sólo en 1956, ya en Madrid y trabajando como funcionario ministerial, publica su primer libro de poemas, de título significativo, Aspero mundo, que fue accésit del entonces muy prestigioso Premio Adonais. La poesía de Angel (aunque evolucionó) ha sido básicamente una poesía pulcra, bella y cercana. Una poesía que quería hablar del tiempo y de la vida, con la emoción vibrante de lo bien dicho, de lo henchido de emoción... A ese libro le siguieron Sin esperanza, con convencimiento (1961), Palabra sobre palabra (1965) -que más tarde y en adelante será el título general de su poesía completa- y Tratado de urbanismo (1967), a mi gusto una de sus colecciones mayores.

En 1970 (tras haber vivido, además de en Madrid, en Barcelona y Sevilla más brevemente) Angel deja su puesto de funcionario para ser profesor invitado en Estados Unidos. Era y no era un exilio. Se ha estudiado mal el hecho de que muchos intelectuales (hartos por esas fechas del franquismo) decidieran marcharse a respirar aires más libres. A todos les sentó bien, a Angel González estupendamente. Viene a España sólo de vacaciones (yo lo conocí en uno de esos períodos) con guapas y jóvenes hispanistas americanas, hasta que halló también allí a su actual mujer, Susana Rivero. Como profesor se abre una veta pequeña pero intensa y lúcida de Angel González como ensayista: escribe un libro sobre Antonio Machado y otro sobre Juan Ramón Jiménez, y hace dos buenas antologías, una sobre La Generación de 1927 y otra sobre su amigo Gabriel Celaya, defendiendo lo mejor de la poesía social, de alguno de cuyos aspectos no renegó nunca.

Continúa publicando su propia poesía que aunque muy lejana de los novísimos (estética con la que no comulgó nunca) se acerca a temas o recursos de raigambre metapoética, que fecundaron no poco su decir, aunque siguiera siendo claro, cuidado -la forma importa siempre- y destinado al corazón, a la limpia luz del sentimiento: Breves acotaciones para una biografía (1971), Muestra de algunos procedimientos narrativos y de las actitudes sentimentales que habitualmente comportan (1976, segunda edición aumentada en el 77), Prosemas o menos (1985), un libro con humor e ironía que no es de lo suyo más valorado, Deixis en fantasma (1992) y finalmente -y ahora podemos decir que fue una hermosa, delicada, sutil y melancólica despedida- Otoños y otras luces (2001). Según me dijo no hace mucho, Angel apenas había escrito después -de nuevo residente en Madrid, siempre viajando a Asturias cuando podía- y afirmaba que los pocos poemas esbozados que tenía no acababan de convencerle... Desde sus inicios, pero aún más tras la muerte de Jaime Gil de Biedma (que fue buen amigo suyo) los miembros mayores de la Generación del 80, hicieron de Angel González, con justa reivindicación, uno de los poetas-icono de su querencia literaria: el poeta-ciudadano, comprometido con la política de izquierdas y con la justicia social, amigo de toda libertad, laico por supuesto, y con un ancho y tolerante campo moral. Lo cual en ningún caso quiere decir que no hablemos, además, de un poeta culto, forjador de una palabra esmerada, riguroso en su oficio, y siempre generoso de emociones auténticas.

Es el momento en que empiezan a llegar los reconocimientos, pues conviene recordar que casi hasta mediados de los años 80, la hoy clásica ya Generación del 50 se había movido en unos parámetros de fama (con la excepción de Gil de Biedma y de algún novelista) que en muy poco excedían los ámbitos estrictos del mundo poético o literario, es decir, sólo habían llegado minoritariamente al gran público. En 1985, Angel González recibe en Oviedo el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. En 1996 ingresa en la Real Academia Española (precisamente con un discurso sobre Antonio Machado) y ese mismo año recibe el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. En 2001 se le otorgará el Premio Julián Besteiro de las Artes y las Letras, y finalmente en 2004 resulta el primer ganador del bien dotado Premio de Poesía Ciudad de Granada-Federico García Lorca. Cuando en 2005 aparece la última edición corregida por él de Palabra sobre palabra, su poesía completa, hemos de decir que nos hallamos ante un hombre libre y cumplido y una obra hecha, aunque pudiera haber habido más, y sobre todo más noches con Angel (fumador empedernido, amigo del calorcillo amical de un güisqui) hablando y gozando de tantas cosas, porque Angel era un verdadero epicúreo, que conocía muy bien aquello que dijo el maestro de la aritmética de los placeres, su uso moderado y fértil... Angel fue un gran conversador y una persona realmente entrañable. Recuerdo el pícaro candor inteligente con el que una noche, en el viejo Oliver nos contó que él había visto a Dios por lo menos tres veces, pero que era igual, porque él no se lo había creído... Un bello verso de su último libro, bien puede acompañarnos uniéndole otro amistoso sentido: «Este amor ya sin mí te amará siempre». Para entender la entrañabilidad de Angel González, el sano fuego de su amistad, el regusto siempre palpitante en él de una persona inteligente, buena y sencilla, nada amante de pompas y sí de noches largas, me quedo con una imagen de ayer por la mañana, en el tanatorio de San Isidro de Madrid, donde se lo velaba. Yo estaba con otros amigos cuando vimos llegar, temprano, de los primeros, al presidente de la Real Academia. Por su cargo público, Víctor García de la Concha ha estado en muchos sepelios y funerales, siempre digno y como es debido, pero sólo esta mañana fría de enero, lo he visto venir hacía nosotros con los ojos cuajados de lágrimas...