Palabras hechas trizas

Desde que en enero de 2011, ETA anunciase su primer «alto el fuego permanente» estamos asistiendo a un proceso continuo, este sí, verificable, de legitimación de su pasado, su presente y su futuro. Y cuanto más avanza ese proceso, cuanto más escandaloso resulta, mayor es la indiferencia, la atonía, la aceptación cansada y resignada de una situación que debería causar bochorno e indignación colectivos.

La más reciente, que no la última, noticia que nos ha golpeado ha sido la de que un cabecilla de ETA, uno más, formará parte de la dirección de Sortu. Ese partido, creado por la propia ETA y legalizado el 20 de junio de 2012 por el Tribunal Constitucional, que en el fallo de la sentencia incluyó, quizá para tratar de paliar el daño que causaría a la democracia y a la Justicia, una enumeración «tajante y objetiva» de las conductas y actos que podrían conllevar su ilegalización a posteriori. Esas conductas eran y son: el enaltecimiento del terrorismo, la humillación de las víctimas, la ambigüedad en la condena del terrorismo, los actos de exaltación que equiparen la violencia terrorista con la coacción legítima del Estado de derecho, o la equiparación del sufrimiento de las víctimas con el de los presos de la banda condenados por actos terroristas. Papel mojado. Papel ensangrentado.

En su voto particular contrario a la sentencia, el magistrado don Javier Delgado Barrio recalcó lo que había señalado con contundencia el Tribunal Supremo cuando decidió no legalizar a ese partido: que «Sortu es un partido heredero de Batasuna y custodiado por ETA, que lo instrumentaliza al servicio de su estrategia». Y así es. Todos lo sabemos. Y también dijo que «los estatutos son palabras, de modo que cuando el conjunto de los hechos probados desvirtúa por completo la realidad de tales manifestaciones, las palabras saltan hechas trizas».

Ahora ya nadie quiere acordarse de las condiciones que incluía la sentencia malhadada del Tribunal Constitucional, ni nadie tiene la voluntad, nunca la tuvieron, de hacer que se cumplan. ETA lo sabe y por eso ha promovido cientos de homenajes, el último tras anunciar que ya no volverían a celebrarse, en los que se vitorea a los asesinos por las calles -y, por tanto, se veja a sus víctimas-, por eso tiene el descaro de incorporar a su dirección, además de a Otegui, a otros terroristas convictos y confesos. Y por eso maniobra cada vez con más insolencia y desfachatez. Sabe que se lo van a permitir, lo ha comprobado empíricamente a lo largo de los años. Y ahora, más que nunca, se siente poderosa por la atroz inestabilidad política que atraviesa España y porque su partido ha sido elevado a organización imprescindible para mantener a un Gobierno sin principios ni respeto a los cientos de muertos que ha arrojado a la sima del olvido.

Y por todo eso, las puestas en escena, la teatralización de anuncios falsarios de los pactos alcanzados en las negociaciones opacas que desembocaron en esta falsa derrota, quedan en evidencia ante la realidad de los hechos: etarras dirigiendo un partido político. Y hacen que las palabras salten «hechas trizas». Pero no importa, la sociedad, mansa y agotada lo acepta e incluso allí, en su feudo sometido al miedo y al desistimiento, les vota cada vez más. Porque han aceptado, domesticados, que los lobos cuiden del rebaño.

Ana Velasco Vidal-Abarca es miembro de la Asociación de Víctimas del Terrorismo.

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