Palabras, pero no huevos

Por Joan J. Queralt, catedrático de Derecho Penal de la Universitat de Barcelona (EL PERIÓDICO, 14/06/06):

Algunas jornadas de la campaña electoral para refrendar el nuevo Estatut, que algunos parecen desear que sea casi clandestino, han deparado hechos lamentables y hasta delictivos. Me refiero a las protestas de diverso orden contra actos electorales del PP y de Ciutadans de Catalunya.

El acto celebrado en Girona por esta agrupación política fue interrumpido por otros ciudadanos de signo opuesto. La prensa ha reflejado un cruce de declaraciones sobre si hubo o no, además de los improperios, agresiones físicas, aspecto que ahora parece desvanecerse. No constando, como parece que no consta ninguna lesión, va a ser difícil que prospere alguna acción penal por estos hechos. Pese a la alteración producida, ni esta supuso una quiebra significativa del orden público ni el acto debió ser suspendido por razones de seguridad apreciadas por la policía. De todos modos, habrá que ver que depara el proceso iniciado con la denuncia ya interpuesta.

Hay que ponderar la libertad de expresión ruidosa de unos ciudadanos frente a la de otros ciudadanos, no menos respetables, que ejercen su derecho a la libertad de manifestación de su pensamiento con voluntad de incidencia en la contienda electoral. Con la ley en la mano –repito, con la ley en la mano–, no me parece exigible el silencio a los que no quieren oír lo que otros quieren decir. Será molesto y hasta inoportuno, pero no por ello deja de ser legítimo, pues unos y otros quieren influir en la opinión pública.

Otro cantar son las agresiones; entonces, sin excepción, entra en juego la ley. La cuestión está en saber qué es agresión. Agresión aquí significa lo que significa en general en cualquier contexto: un ataque de palabra u obra a una persona. No ya el golpear a un sujeto, sino zarandearlo, lanzarle objetos medianamente contundentes (monedas, frutas, huevos…) supone una agresión intolerable y, por ello, está castigada y ha de perseguirse. Los hechos de Granollers, y algún otro anterior, parece que han de incluirse entre las agresiones y deben ser corregidos con un castigo penal.
En cuanto a los ataques verbales la cuestión tampoco ha de ser difícil de dirimir. La agresión verbal empieza con la intimidación, esto es, con la amenaza; el abucheo, el grito, la mofa, el improperio y hasta el exabrupto no encajan en la ley; menos aún durante la campaña electoral, donde, lógicamente, se reducen todavía más los límites, siendo uno de los momentos álgidos de la libertad de expresión.

LOS ABUCHEOS y expresiones de malestar contra Mariano Rajoy en el mercado de Collblanc el sábado no ofrecen duda alguna: son una muestra del ejercicio de la sagrada e irrevocable libertad de expresión. Por ello, no solo es un error, sino un grotesco modo de sacar los pies del tiesto, que alguien, y más con el currículo de Ignacio Astarloa, tilde de nazis a los clientes y tenderos del mercado por decirle a la cara de su líder lo que piensan de él y de su partido. Ese injusto epíteto –que en Alemania sí sería delito– delata a quien lo profiere. ¿Hubieran recibido idéntico calificativo si en vez de darle la matraca a Rajoy le hubieran puesto una alfombra roja y su marcha, triunfal entonces, hubiera sido amenizada por una banda de gastadores? Quien así califica a sus detractores, debe de pensar que los ciudadanos no pueden hablar más que con su voto y que cualquier otra muestra de no hacer aprecio debe ser desterrada; se olvida, así, el desequilibrio de recursos entre una organización política y el ciudadano de a pie. Ojalá este incidente sirva para desterrar la irritante farsa de visitar los mercados y otras zarandajas por el estilo.

Es llamativo que quien recibe el católico, apostólico y romano apelativo de maricomplejines –barbarismo de tufo misógino y homófobo– arremeta contra los débiles, a los que debe servir, en vez de hacerlo contra los poderosos, que se sirven de él. No menos llama la atención que ningún portavoz del PP haya dicho esta boca es mía ante las injurias, graves y con publicidad, vertidas desde la sacramental COPE contra el alcalde de Madrid y durante la última manifestación antigubernamental. ¿Será por aquello de que quien calla otorga? o ¿será por aquello otro de que el miedo guarda la viña?

NO ES MENOS cierto que las protestas, ruidosas unas, y quizá delictivas otras, han tenido lugar en un contexto de inusitada tensión para lo que son las relaciones públicas en Catalunya. No es menos cierto que el juego de respuestas y silencios por parte del PP, con sus insidias e hipocresías, también tiene lugar en el clima que dicho partido ha puesto tanto empeño en crear.

Ello, sin lugar a dudas, no es excusa para los malhechores. Sin embargo, la irresponsabilidad política de algunos partidos políticos en la formación tanto de la opinión pública como del clima ciudadano es enorme. Más lo es, cuando, lejos de contribuir a la participación política en una sociedad democrática, predican con la pedagogía del insulto, de la mentira, de la infamia y de la descalificación absoluta del adversario al que perciben como traidor. Y este trato es percibido por el adversario y por los demás ciudadanos.

Berlusconi llamó gilipollas a los que no le votaran y con cara de tal se quedó tras las elecciones. Llamar nazis a los discrepantes sonoros es algo infinitamente no ya más grave, sino más perjudicial para todos, incluido el grupo del lenguaraz. Todo, quizá, arranque de no seguir el sano hábito de las democracias consolidadas que consiste en que, el que pierde, se va a casa. Aquí, en cambio, se sigue el patriótico sistema de hacer culpables a los demás de nuestros males, y más aún, si son autoinfligidos.