Panamá: España en el Canal

Signo de los tiempos: el eje político y económico de la era global se desplaza desde el Atlántico al Pacífico. El canal de Panamá es el camino más rápido y seguro, de tal modo que funciona hoy día como epicentro del mundo moderno. Una historia apasionante y un futuro espectacular, consagrado por la ampliación en marcha. Comercio internacional, geoestrategia, «nomos» de la tierra… Desde Colón en el Caribe a Balboa en el Pacífico, y a la inversa, el sentido de la historia circula por el canal mientras los ignorantes cierran su aldea bajo siete llaves. Allá ellos, porque la España del siglo XXI aspira otra vez a estar presente en el lugar que merece.

El pasado sigue vivo. Cada uno aporta lo que tiene. Nosotros, los españoles, héroes como Vasco Núñez de Balboa, cuya estatua preside la fachada marítima de la capital. También iglesias, claro, como la hermosa catedral, herencia del barroco colonial. Por supuesto, fuertes y otros restos espléndidos de arquitectura militar, baluartes con suerte desigual contra piratas y corsarios. Buenas intuiciones. Carlos V anticipó la idea del canal. Por real cédula de 1534, el Emperador ordena que se explore el coste en dinero y en hombres y en cuánto tiempo se podría hacer. Respuesta práctica: en medio milenio, Señor. Mientras tanto, a lo nuestro. Allí dejamos hazañas a medio terminar con hermosos topónimos: Camino de Cruces; Nombre de Dios; el formidable fuerte de San Lorenzo que domina la desembocadura del río Chagres…

Francia llevó la «grandeur». Siglo XIX, tiempo para la mentalidad politécnica: positivismo a gran escala; confianza audaz en el progreso; reino de los ingenieros, presidido -eso sí- por un diplomático, Ferdinand de Lesseps, «le grand français». Triunfo absoluto en Suez. Fracaso sin paliativos en Panamá. Cálculos erróneos, finanzas oscuras, delirios de grandeza. En contra, la malaria y la fiebre amarilla, la selva tropical, un clima indomable. Eran los años gloriosos de la Expo de París, amargados por este nuevo desastre de Sedán: quiebra de la compañía universal del canal transoceánico, más de veinte mil muertos en el istmo y gran escándalo nacional. Miserias de la Tercera República, que salpican incluso al impecable Gustave Eiffel y al «tigre» George Clemenceau. Los antisemitas atizan el fuego: la culpa es del capitalismo financiero dominado por los judíos. Pronto llega el caso Dreyfus… lo mejor y lo peor del país vecino. Dejan, como siempre, unas gotas de civilización exquisita en el casco viejo de San Felipe, incluidas las ruinas nostálgicas del Grand Hotel.

Allí donde Francia fracasa, triunfan los americanos. Pragmáticos y eficaces, aportan lo (mucho) que tienen: dinero, organización, voluntad de poder. Teodoro Roosevelt concibió el canal como símbolo del poder naval, según la teoría del famoso almirante Alfred Mahan. Para salvar el obstáculo de Colombia hizo falta crear un nuevo Estado. «No problem». Surgen así la República de Panamá y el tratado entre Hay y el aventurero Bunau-Varilla, otro ingeniero con afición a las finanzas. La selva, los mosquitos o los ríos mal situados no logran detener el paso firme del Imperio. El primer Roosevelt, siempre brusco e impetuoso, ha cumplido su promesa: «Que vuele la tierra».

Día grande en el canal, a 15 de agosto de 1914. El «SS Ancón» es el primer buque que cruza las tres esclusas y el maravilloso lago Gatún. Ocho horas de tránsito y nos ahorramos el cabo de Hornos. El viajero contempla con asombro el paso de los «panamax», alzados unos cuantos metros en cada esclusa, encauzados por las «mulas» (de verdad, locomotoras eléctricas) y orientados por un experto local mientras el capitán deja por un rato de ser el amo después de Dios. Malcolm Lowry, otra vez disfrazado de un «alter ego», escribe páginas inigualables: «Es una obra genial, yo diría que una obra debida al genio de un niño». Es, en efecto, un sueño infantil hecho realidad. Hay que disfrutarlo como merece.

El futuro. Tiempo para los «postpanamax»: buques con más tonelaje, esclusas más anchas y largas, artilugios más complejos. Justicia histórica: los españoles estamos allí otra vez, con nuestras grandes empresas optando en primera fila a los contratos que genera el proyecto de ampliación. Con el nuevo milenio entró en vigor el tratado Carter-Torrijos y el canal ya es panameño al cien por cien, aunque los capitales y las tecnologías provienen de todas partes, con Estados Unidos en lugar de privilegio. El nuevo «carril» duplicará la capacidad operativa. Por ahora, entre 30 y 40 buques cruzan cada día los 80 kilómetros que separan el viejo y el nuevo mundo, previo pago del peaje correspondiente. Está abierto todos los días y goza de un riguroso estatuto de neutralidad internacional. La previsión apunta de momento a 2014, justo un siglo después de la inauguración. Tal vez habrá retrasos, pero tampoco importa mucho. ¡Qué difícil es ganar un centímetro a la naturaleza! Escribe Lowry: «La selva parece un inmenso conglomerado de espinacas contra el horizonte sembrado de árboles solitarios… lluvia cálida, cocoteros, pelícanos… el práctico baja a tierra una vez cruzado el canal».

Se han escrito buenas páginas en ABC sobre nuestros amigos panameños. En especial, Juancho Armas Marcelo, atento siempre a las peripecias del Caribe. Pronto habrá que buscar la información en secciones menos literarias. Las puertas están abiertas, en espera de la adjudicación de los contratos, con más de 3.200 millones de dólares en juego. Martín Torrijos lo puso en marcha y Martinelli tiene ahora la responsabilidad. Me pierdo en las cifras: 230.000 toneladas de acero y 800.000 de cemento, entre otras. Me quedo con la historia y la cultura. Por justicia del azar, España vuelve a ser protagonista. Ya ven: en 1508, Fernando el Católico expide capitulaciones a favor de Juan Díaz de Solís y Vicente Yáñez Pinzón para buscar un estrecho entre el Atlántico y el Pacífico. Hace sólo quinientos años… Hay más cosas: la vieja «escuela de las Américas», centro de aprendizaje para más de un dictador, es ahora un gran hotel gestionado por una cadena española. Paradojas de la historia, siempre dispuesta a prestar ayuda a quienes la interrogan de buena fe.

El ferrocarril -ayer trágico, hoy romántico- flanquea el canal mientras elude la selva. Muchas gentes dejaron aquí la vida, en busca de gloria y aventura, tal vez a cambio de unas pocas monedas. Al margen de disputas políticas o egoísmos económicos, el canal de Panamá es un triunfo de la civilización. Termino con el estupendo libro de David McCullough, «Un camino entre dos mares». A mí también me asombra el silencio que reina a lo largo del trayecto, porque los seres humanos apenas gritan: cada uno sabe exactamente cuál es su función. Todavía más llamativo: las compuertas de las esclusas se abren y se cierran sin esfuerzo aparente ni ruido perceptible. Un triunfo de la civilización, sin duda.

Benigno Pendás, profesor de Historia de las Ideas Políticas.