Pandora nuclear

Por Carlos Fuentes, escritor mexicano (EL PAÍS, 28/02/03):

Hace pocas semanas, Los Angeles Times publicó un escalofriante informe con datos recabados por el experto analista de asuntos militares William Arkin. La información reunida por el gran diario angelino puede resumirse en pocas y terribles palabras: el Gobierno de George W. Bush contempla seriamente el uso del arma nuclear en una guerra de carácter “preventivo” como la que se prepara contra Irak.

Arkin y el Times basan su informe en la decisión de concentrar la política nuclear en la Comandancia Estratégica de los EE UU (Stratacom) en Omaha, bajo la supervisión directa del secretario de Defensa, Donald Rumsfeld. Hasta ahora, Stratacom se limitaba a consideraciones estratégicas sobre el combate nuclear. Desde ahora, su función abarca también las consideraciones políticas. Antes, privaba saber el cómo. El porqué permanecía en el área de la decisión política. Desde ahora, ambas consideraciones se funden y obedecen a un mando unificado -el presidente y el secretario de Defensa- que excluye cualquier discusión abierta u opinión adversa a utilizar el arma nuclear a fin de eliminar armas de destrucción masiva. O sea, el uso o amenaza del uso de armas biológicas o químicas contra los EE UU autorizaría ahora la respuesta con armas nucleares.

Además de la cortina de hierro, durante la guerra fría se erigió una cortina de seguridad entre los EE UU y la URSS que eliminaba las políticas de ataque preventivo que provocarían la mutua destrucción de los contendientes. Llamada con aptitud MAD (Mutual Assured Destruction), esta política evitó la locura nuclear durante 50 años. Ya no.

La revisión estratégica llevada a cabo por Bush y Rumsfeld borra toda diferencia entre el uso de fuerzas convencionales y el uso de fuerzas nucleares, y establece ambas bajo una sola estructura de mando. La misma revisión contempla el ataque nuclear contra un país que posea armas de destrucción masiva, aun cuando ese país carezca de armas nucleares. Según la información recabada por Los Angeles Times, la revisión en vigor establece siete prioridades para esta estrategia: el eje del mal (Irán-Irak-Corea del Norte), Siria, Libia, China y Rusia.

Si la nueva política militar norteamericana consiste en autorizar el ataque preventivo nuclear contra naciones consideradas no sólo enemigas, sino diabólicas (la fuerza física requiere de la bendición moral), la consecuencia es clara y peligrosa: toda nación con armas nucleares se sentirá autorizada a emplearlas, a su vez, contra el enemigo propio. Israel, Pakistán, India, Rusia, China y, con cínica alegría, Corea del Norte, cuyo inefable déspota, Kim Jong Il, le ha pintado la raya (y el violín) supremos a Bush. Norcorea admite tener armas nucleares y de destrucción masiva y no sólo desafía a que los EE UU la desarme. Amenaza con emplearlas contra los EE UU. Sadam Husein nunca ha hecho algo semejante y, comparativamente, sería -y lo es- un mal menor o incluso inexistente en el tablero estratégico mundial. La osadía norcoreana nos obliga a recordar que Irak es ya una nación vencida, devastada y empobrecida desde la guerra del Golfo, cuyo armamento de destrucción masiva o bien no existe o, si existe, jamás sería empleado en un ataque preventivo que sólo aseguraría la destrucción de Irak.

Más malo que una mentada en ayunas, Corea del Norte le dice a Washington: no le busques mangas al chaleco iraquí, que yo traigo traje completo made in Pyongyang. La lógica dictaría desviar la atención de la debilidad iraquí al poderío norcoreano. Pobre Corea del Norte: tiene armas, pero no petróleo. Y la próxima guerra de Troya es por el petro-poder, y tendrá lugar. No importarán las magníficas demostraciones masivas de rechazo a la aventura iraquí, que tanto honor le devuelven a las ciudadanías europeas y aun a la norteamericana (que acabará jugando, pasado mañana, el mismo papel que en los años de Vietnam). Pero este mes en que los norteamericanos celebran a dos grandes ex presidentes, George Washington y Abraham Lincoln, valdría parafrasear a este último: “Se puede engañar a todo el pueblo parte del tiempo, y a parte del pueblo todo el tiempo, pero no se puede engañar a todo el pueblo todo el tiempo”.

Alguien que no se ha dejado engañar es el senador demócrata por Massachusetts Edward M. Kennedy. La capacidad destructiva de las armas nucleares es tal que es imprescindible mantenerlas separadas de las armas convencionales. Durante medio siglo se impuso la diferenciación entre conflictos nucleares y convencionales. Sacar al “genio” nuclear de su botella es un acto de consecuencias incalculables. Kennedy califica de reckless (temeraria, irreflexiva) la revista de la Postura Nuclear dada a conocer por Bush. El uso del arma nuclear contra Irak significaría, escribe Kennedy, el desplome de las relaciones de los EE UU con el resto del mundo, una tormenta antinorteamericana en el mundo árabe y una ola de simpatía hacia lo mismo que se debería estar combatiendo, el terrorismo.

Desde Hiroshima, estima Kennedy, no se ha presentado una opción comparable. Por su magnitud, debería ser llevada ante el Congreso y expuesta a la luz de la opinión pública. Pero el poder ciega, y el poder absoluto ciega absolutamente. Las voces de la razón no serán escuchadas y las luces de todo el mundo se apagarán lentamente.

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