Pánico al volante

Ayer me pasó algo aterrador. Iba conduciendo por una calle estrecha de Barcelona con mi coche y en un cruce se me puso una bici delante. El recorrido que normalmente hago en cinco minutos, duró quince. No hace falta comentar que a dos calles había un carril bici o que viendo que estábamos solos, el tipo se podría haber apartado y dejarme pasar. ¿Para qué? Algunos ciclistas funcionan así. Van haciendo eses delante tuyo muy lentamente como diciendo: «¡Fastídiate! Eres un coche que contamina y te mereces lo peor». Muy bien, pongo una canción de Sabina para relajarme y me armo de paciencia. Me paro en todos los semáforos rojos que en condiciones normales siempre pillo en verde. Aunque la bici marca el ritmo, ella no se para en ninguno. Se los salta absolutamente todos. Me gustaría decirle algo, pero mi experiencia me dice que es mejor que no lo haga.

La mayoría de ciclistas se sienten atacados cuando les das un consejo o les propones un plan alternativo tipo: «Perdona, ¿te importaría ir por el carril bici que tienes a dos calles?» La respuesta siempre es negativa. Ningún ciclista me ha dado nunca las gracias por el consejo. Pero antes de saltarse el semáforo, los ciclistas siempre hacen una pequeña pausa que me inquieta. Se saltan las normas pero no son idiotas, y como no quieren morir chafados, miran a la derecha y a la izquierda pero sin dejar de pedalear. Para mí que todos tienen el mismo TOC (trastorno obsesivo compulsivo) y creen que, si ponen un pie en el suelo, el universo explosionará o moriremos todos.

Bueno, a lo que iba. En una de esas pausas, el ciclista se paró y giró la cabeza. ¿Me querrá decir algo?, pensé. Pues no. Lo que hizo fue tirar un enorme escupitajo al suelo. Sí, como lo leen. Un salivazo, un gallo o un pollo. Llámenlo como quieran. Incluso la forma de definirlo es asquerosa. Una bola de mocos que salió de su garganta y que no manchó mi coche de milagro. Me quedé en shock intentando aguantar las náuseas que me provocó la situación. Ya me da asco que la gente tire al suelo colillas encendidas y que pasen de mi cuando les digo que existen ceniceros portátiles. Les da igual. Pero si hay algo más asqueroso que el tabaco, es el hecho de escupir en la calle. Mear o cagar, pueden pensar algunos. Pues yo creo que escupir es peor. El que defeca en la vía publica o hace pis, entiendo que lo hace porque no puede aguantar. Tiene un apretón, no hay ningún bar abierto y se le escapa. Es una causa de fuerza mayor. Pero ¿escupir? ¿En serio? ¿No podemos coger un clínex o, en el peor de los casos, recogerlo con la mano?

Mi primer pensamiento al ver al chico escupir fue parar el coche, bajar y hablar con él. Pero no lo hice, básicamente porque no se puede hablar con los ciclistas. No se puede hablar con ellos, ni con los conductores de los coches que te adelantan agresivamente en la autopista, ni con el lerdo que va a 80 por el carril central. El mundo está lleno de conductores egoístas con los que no se puede hablar. Sería maravilloso congelar el tiempo, salir del coche en medio del asfalto y poder hablar con esa persona tranquilamente. Pero eso es imposible. Nada se puede hacer con un conductor que se te pega en una carretera de curvas para que corras más. Ese acoso psicológico que hace que lo pases muy mal dentro del coche. Y si eres chica y vas sola es todavía peor. Recuerdo una vez que pité a un ciclista sin luces para pedirle que se apartara, y no solamente no lo hizo sino que vino a aporrearme la ventanilla como un loco. Pasé mucho miedo, y siempre pensé que si yo hubiera sido un chico no me habría sucedido.

Ahora llega el verano y mola conducir con la ventana abierta. No se puede. Ya van dos veces que me increpan los conductores machos del coche que va a mi lado: “¡Guapa! ¿Dónde vas sola esta noche?” Y yo me pregunto: ¿en serio tengo que aguantar esto? Parece que exagero, pero os prometo que esto pasa continuamente y no puedes hacer nada ni decir nada. Forma parte del peaje que hay que pagar por ser chica independiente y conducir sola. Gritos, insultos y vaciladas. Y tú, callada porque si les das bola corres peligro. No todos los hombres se comportan así. Es verdad. Chicos normales: está en vuestra mano marcar a los malos. Nosotras no podemos, está claro. Y como no sabemos diferenciar a simple vista los buenos de los malos, tenemos miedo de todos. Yo hace años que no subo a ningún ascensor con un hombre solo desconocido.

Lo que os decía. Egoístas al volante, en bici o a pie. Parece que a mucha gente le importa un rábano el estado de la calle donde vivimos todos. Escupe, tira colillas o no recoge la caca del perro. ¡Qué ciudad estamos construyendo! Propongo una cosa: ¿y si dejamos de sancionar a los que tienen una silla de más en una buena terracita y multamos al cerdo que la ensucia?

Imma Sust, periodista.

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