Paolo Borsellino: el servidor del Estado

Desde siempre hubo fascinación por la imagen del servidor del Estado, expresión que reúne en tres palabras la simbiosis de la maquinaria estatal —en el sentido primigenio de territorio, población y soberanía— con la figura de ese destacado ser humano, servidor de la sociedad a la que se entrega por encima de sus intereses, sujeto a los valores tradicionales que enaltecen a su poseedor y sometido al dificilísimo gobierno de las emociones.

España se halla en situación delicada: es el momento de los hombres y mujeres que no se inclinen ante las dificultades, sino que las procesen y encaucen salidas para mejorar la estatura de nuestro país.

En estas breves líneas quisiera recordar a un compañero de profesión del ámbito penal que desarrolló su carrera de juez en los complejos años 80 y 90 del pasado siglo, cuando Cosa Nostra —la mafia siciliana— arrinconó al pueblo italiano mediante una implacable violencia, siendo una de sus víctimas Paolo Borsellino. Por representar la figura de lo que podemos denominar como servidor del Estado, fue salvajemente asesinado en Palermo junto a cinco escoltas el 19 de julio de 1992.

Borsellino era un apasionado del Derecho Civil, materia que como juez le llevaba a terrenos poco peligrosos por la naturaleza de sus decisiones: herencias, derechos reales, en fin, pleitos que tenían la dificultad inherente al hecho de juzgar, pero que su resolución no debía suponer un riesgo para la vida. Algunas veces es el destino el que marca la categoría de los hombres y, en esta ocasión, fue el asesinato del capitán Basile lo que le atrajo hacia las indagaciones criminales, encontrándose con delincuentes poco dados a respetar el acto de vivir. Y reclamado por Chinnici —su superior jerárquico— para investigar aquel suceso, se integró en el ya legendario pool antimafia, grupo de jueces radicado en el Palacio de Justicia de Palermo y encargado de enfrentarse desde su natural indefensión a una corporación de extrema crueldad como la mafia, utilizando un método de trabajo en equipo entre jueces y fiscales, hasta ese momento desconocido en el ámbito judicial italiano. Allí, bajo una atmósfera angustiosa y blindada, se desarrolló uno de los periodos más conmovedores de la historia de Italia: por primera vez se aportaba documentación que evidenciaba la existencia tangible de la organización mafiosa, teniendo como consecuencia la apertura del maxiproceso, el juicio que constituyó un hito en la lucha contra la omertà siciliana. Bajo la meticulosidad del juez Falcone se logró que el silencio habitual se resquebrajara mediante la declaración acusatoria de los llamados arrepentidos, hombres de honor que, para salvar su vida de las garras de los que habían sido sus compañeros, cooperaron con la Justicia desvelando los entresijos de la organización.

Durante aquellos años, Borsellino se vio sometido a presiones inhumanas por reivindicar la independencia de los jueces, por apuntar con la palabra hacia las complicidades entre política, finanzas y criminalidad. Pero el gigante surge —el servidor del Estado— como consecuencia del atentado de Capaci, al ser asesinado Falcone, su mujer, también magistrada, y tres escoltas en mayo de 1992. Ha muerto entre mis brazos, declara Borsellino en el hospital donde Falcone agoniza. Las lágrimas surcan su alma rota y solitaria. Ya sabe que él es el siguiente en la fila de cadáveres exquisitos: son 57 días de la crónica de un asesinato anunciado, los que transcurren entre el homicidio de Falcone y el suyo propio. Reconoció que Falcone era su escudo; una vez desaparecido, nada se interpondría entre Cosa Nostra y Borsellino. Se sabe en extremo peligro, y también conoce que el Estado que él defiende no sabe, no puede o, acaso, no quiere, plantar batalla ante sus victimarios. Apenas duerme: tiene mucho que investigar sobre la muerte de su colega y le queda poco tiempo de vida. Pocas veces en la Historia ha aparecido un hombre tan apoyado por la multitud y tan abandonado en la llevanza de la responsabilidad del Estado, tan frágil ante la barbarie y tan correoso ante la amenaza: es el desigual duelo entre su hablar pausado y la dinamita, que la policía le anuncia que ya ha entrado en la ciudad para silenciarle. Como dijo el magistrado Di Lello: Falcone suponía que le podían matar… Borsellino tenía la certeza absoluta de ser asesinado…

En una extraordinaria entrevista televisiva, realizada días antes de ser destrozado por una bomba, Borsellino se resigna a un final inexorable: reconozcamos que somos cadáveres en el camino, comenta al periodista, haciendo referencia a los que se enfrentan con valentía a la organización mafiosa, repitiendo la frase que años atrás le dijo en un funeral el también asesinado comisario Cassarà.

Borsellino nos ha dejado un principio indoblegable: quien tiene miedo muere todos los días, pero el que no tiene miedo muere sólo una vez. Sería conveniente, en estos difíciles momentos, saber valorar en España el legado de un servidor público ejemplar.

Elisa Martí Vilache, Magistrada-juez del Juzgado de Primera Instancia de Granollers (Barcelona)

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