Papel

Querido J:

Mañana, junto a este diario donde te echo las cartas, te entregarán una revista que se llama Papel y que lo reivindica. Ayer apareció en los kioskos un semanario que se llama Ahora, orgulloso de su formato sábana. Y para octubre se espera el número uno de El Español, que lleva el terminante lema negativo y vengativo: «No hace falta papel». Es llamativa esa vigencia. ¿Pero de qué hablamos cuando hablamos de papel? En buena parte, según me parece, de rigor, de rigor periodístico. Los responsables de Papel, empezando por Javier Gómez, son jóvenes periodistas formados en el modo digital. Acuden al papel en busca de un timbre: quieren contar buenas historias porque están convencidos de que el periodismo no es una colección de cómicos resbalones pillados por el periodismo ciudadano y puestos en youtube: su consigna es papel. En el primer número de Ahora, Miguel Ángel Aguilar, su director, escribe un hermoso editorial republicano bajo la cálida mirada de Chaves Nogales. Dice cosas de un natural sensato sobre la vigencia del periódico: «La función de los periódicos impresos que presentan una versión organizada y ponderada del alud informe de la actualidad facilita una visión más comprensible que la portada por el flujo incesante de la red». Ahora tiene página web, pero está claro que su superficie es el papel. Y está claro que para Aguilar el papel del periódico solo puede cumplirse en papel. Es lo contrario, exactamente, de lo que piensa Pedro J. Ramírez, el director de El Español. Durante el día su web se actualizará al modo habitual, pero al caer la noche aparecerá el periódico. Digital, por supuesto. Para hacer un periódico no hace falta el papel, eso sostiene.

PapelComo sabes bien, hace tiempo que dejé de leer los periódicos en papel. Sería más o menos por el tiempo (bueno no, un año y pico antes), de aquella maravillosa exposición de Berlín de 2012 dedicada a los periódicos, en donde descubrimos con la habitual melancolía tantos usos aparentemente espurios como habíamos dado al papel de periódico. Cuando bajé ayer al kiosko (aún queda uno cercano) a comprar Ahora con el ánimo de un pequeño burgués liberal me sentí francamente raro. Pero mucho más cuando traté de leerlo. No me creerás, pero te juro que en un momento dado y sobre un rincón de tal desmesura celulosa junté y separé índice y pulgar para ampliar la letra, porque el lector de papel mueve la cabeza y el lector del iPad mueve los dedos.

No solo un refinado rasgo de humor ha llevado a los de Ahora a incluir un faldoncillo ¡con instrucciones! para doblar el semanario y poder leerlo cómodamente: ni somos alemanes ni hemos tenido jamás un Die Zeit. La experiencia de Ahora me ha reafirmado en las graníticas convicciones que tan bien conoces. Por el momento sigue sin haber orden informativo más eficaz ni más bello que el de las columnas de un periódico; pero leer en papel un periódico es un coñazo y esa experiencia de lectura está claramente superada por la de leer el mismo periódico en un iPad. Pasa con Ahora, que está trabajando todavía su versión pdf y pasa con Papel. Y con Die Zeit y con Le Monde y con El Mundo y con cualquier otro periódico. Espero con gran interés lo que signifique para los periódicos el iPad pro de 12 pulgadas, esa tableta grande, semimonstruosa, que se empezará a vender en noviembre. ¡Aunque a ver si vamos a tener que doblarlo!

Sin embargo, la mejora que la superficie digital aporta al periódico es insignificante si se compara con las posibilidades inexploradas. Detrás del gusto por el papel periodístico puede haber melancolía, refinamiento, un cierto esnobismo e incluso un razonable deseo de eludir el ruido digital. Pero sobre todo hay insatisfacción: la evidencia de que el código digital no ha sabido construir un software para los periódicos que supere claramente la tradición y que aúne el orden, la claridad y la jerarquía de los periódicos con el maravilloso pozo sin fondo del hipervínculo. Las fotocopias digitales del periódico de papel se leen mejor que en el original, desde luego; pero son solo fotocopias. El que hasta ahora, y por lo que yo conozco, nadie haya podido hacer un verdadero periódico digital (y repite conmigo las palabras, masticándolas, hasta que dejen de tener sabor) refleja la profunda grieta entre el universo del periodista y el del programador. Y la sorprendente incapacidad de la industria periodística para zanjar esa grieta cultural. Solo encuentro una explicación al asunto: la evidencia de que las ediciones de papel siguen siendo la principal fuente de ganancias de los periódicos. Pero es una explicación dolorosa: esas ganancias no dejan de reducirse día a día. Y la pregunta que surge es dolorosísima. Todos esos lectores que día a día dejan el periódico de papel ¿a dónde van? Aceptemos que algunos de ellos vayan al cementerio, ley de vida. Pero el descenso, tan acusado, indica que muchos de ellos siguen con vida y que los muertos o los infieles no son reemplazados por un público nuevo. La gran mayoría de ese público que abandona los periódicos (un millón en España, durante los últimos diez años) abandona, en realidad, el sistema periodístico, atrapado por el agujero negro de la web, que es al periódico lo que la electricidad a la luz. ¿Cómo es posible tanta pasividad tecnológica a la hora de recuperar al lector? ¿Y asistir tan indiferentes a su descalabro en usuario? ¿Cómo es posible que la sabia y lógica irritación de muchos profesionales les aboque a la antigua artesanía de la confección y bordado de sábanas?

Preguntas de un obrero que lee.

Nos hicimos muchas, mi querido, muchas más que respuestas, a lo largo de nueve años de cartas. Esta es la última que te escribo. Calculo que sumarán unas 450. Es una cantidad descomunal, fabulosa, que da la medida de tu paciencia. Aunque escribir a alguien resuelve problemas nada menores del oficio y es una compañía que alivia, no conviene abusar. Quizá un día lleguen las respuestas que alguna vez me insinuaste que guardabas.

Sigue con salud,

Arcadi Espada

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *