Para carrozas con vergüenza

Por Gregorio Morán (LA VANGUARDIA, 21/06/08):

Desde Bilbao, hacia la costa, y siguiendo por la margen derecha, usted se encontrará con el único lugar quizá en el mundo donde referirse a cosa tan común y geográfica como izquierda y derecha – de la ría del Nervión- sea al tiempo precisar a qué clase social se pertenece. Hace muchos años Resurrección María de Azcue, un cura – en España cuando hablamos de algo es menester meter como mínimo a un cura, y si nos referimos a Catalunya o Euskadi hay que ampliarlo a un convento-, bautizó aquella zona como Neguri. La gran peña industrial y financiera española se acunó y disfrutó de aquel mundo hermoso y cruel que crió generaciones de oligarcas cada vez menos poderosos y más estúpidos.

Si ustedes no conocen de Bilbao más que el Guggenheim, desengáñense. Nada que ver con el Neguri de antaño, si me permitieran un par de horas para contárselo. Una gran rotonda que termina en el mar y comienza en la mansión de los Lezama-Leguizamón – ay, qué risa, cuando Carlos Garaikoetxea inició gestiones para comprarles la casa y los jardines para instalar la sede del primer gobierno nacionalista: no daban crédito a la proposición; les entró un espasmo-.

Lo evoco ahora para acercarles a la sexta o séptima mansión sobre el farallón que mira al Abra y a la mar, allá donde se distingue una pérgola que construyó don Horacio Echevarrieta, llena de columnas hoy desahuciadas, que él hizo poner para que sus vecinos monárquicos no le dieran la tabarra cuando sus hijas paseaban en bicicleta. Encima, sobre una loma leve desde la que se domina, como en un balcón maravilloso, todo lo que el hombre soñó del poder y de su naturaleza, sobre ese jardín antaño espléndido estaba instalada la mansión de don Horacio. Excuso decir que el señor Echevarrieta era un oligarca temible. Neguri entero le odiaba, pero no por rico, es obvio, ni por soberbio, ni por sus furores pasionales; le detestaban por raro, porque coqueteaba con la masonería y el republicanismo y tenía como amigo de correrías a un tipo salido del arroyo, que le nacieron en Oviedo y que fue conocido en el siglo como Indalecio Prieto, el líder socialista de la margen izquierda del Nervión.

Una de las peculiaridades de don Horacio, reconocida por sus vecinos, oligarcas todos, consistía en una vaca. La vaca de don Horacio fue famosa en todo Neguri durante un par de décadas. ¿Una vaca en Neguri? Sí, ciertamente, una vaca de ubres pletóricas y como era costumbre entonces pinta, o lo que es lo mismo, blanquinegra. Todo el Neguri oligárquico se conmocionaba cuando la vaca de don Horacio pastaba en el jardín inglés, sobre la pérgola que hacía una curva bordeando el mar. El mar, ese mar que unos años más tarde cantaría Jorge Sepúlveda apenas salido de la cárcel, disimulando la cojera y desdentado. Los libros de historia no lo recogerán jamás, pero las terribles huelgas generales de Vizcaya venían anunciadas en el mundo de Neguri por la vaca de don Horacio Echevarrieta. Era lógico que Indalecio Prieto, que tanto le debía y le debió hasta su muerte, avisara a don Horacio de la inminencia de una huelga. Momento en el que don Horacio hacía traer a tan noble animal a pastar en el jardín, para garantizar el suministro de leche a sus hermosas hijas. Lo demás es anecdótico. “¡Ya está la vaca en el jardín de Echevarrieta!”. Mensaje que corría entre el Neguri monárquico y papal para acelerar los suministros, antes de que la plebe incordiara con sus exigencias.

La vida se ha democratizado mucho en sus signos, no en sus haberes, por eso cada vez que veo en la televisión o en los diarios que la empresa Repsol, petróleos, dedica dos minutos o dos páginas a convencerme de que ellos aman el futuro, a los niños, al Amazonas y a su bendita madre, ya sé que van a subir la gasolina. La publicidad, bella como la vaca de don Horacio, me anuncia que debo prepararme para lo peor. Cuando veo y leo otro par de minutos y páginas en las que Endesa, electricidad, me cuenta la hermosa milonga de su aportación a la humanidad sufriente y a la búsqueda de alternativas blancas, dulces, vírgenes, para que el hombre y la mujer disfruten de la naturaleza, en ese mismo momento asumo la brutal subida de la electricidad que se avecina. Si fuera discípulo de Freud y tuviera ambiciones académicas, propondría llamarlo “síndrome de la vaca de don Horacio”, pero de momento me quedo con la sensación de hacer el ridículo más espantoso por no poder denunciar a gritos esta incontrovertible verdad: ¡Atención, ciudadanos, Repsol dedica dos páginas a la ecología! ¡Ojo, Endesa anuncia que los niños son lo que más le importa! ¡Preparémonos!

Hay semanas en las que la camisa del espíritu no le llega a uno para cubrir el cuerpo. Olo que es lo mismo, de tanta vergüenza, no nos da ni para achicar la pena. El comportamiento de los medios de comunicación hacia la realidad está abocado al terrorismo. Quiero decir, a que nos vuelen un día la cabeza. No es posible que unos tipos al borde del colapso, con una subida de sus gastos superior al 50 por ciento, si no más, como los camioneros, hayan sido tratados con el desdén soberbio y la beligerancia de quienes estamos en el secreto. Y el secreto se reduce a saber que cuando te jodan no te acuerdes de nadie que no sea la madre del policía que te forrará a hostias. Primero animamos al personal a que se hagan empresarios autónomos y a que pidan créditos y a que se crean lo del self-made man, y cuando les cambian el panorama y se demuestra que les han engañado, vamos nosotros y les decimos: “Se acabó el ciclo, socio, ahora estamos en recesión”. Gracias a la huelga de camioneros, por cierto que anunciada con varios días de antelación, sabemos que los camioneros son unos golfos que tienen queridas, y que constituyen una rémora para la economía, y hasta el ministro del ramo, ese Sebastián, el casto, asegura que el futuro está en el ferrocarril y en los coches eléctricos. Si pudiera, yo pediría prisión incondicional para los estafadores ideológicos; es un crimen de tan grandes consecuencias como la violación de inocentes.

Hubiera querido dedicar este artículo a Jorge Sepúlveda, de ahí lo de carrozas y de ahí lo de la dignidad. Fue el más conocido cantante de los cincuenta. Algo había en él para que muchos se identificaran con aquella figura de infancia no bien alimentada, de dentadura forzada a las reparaciones, pelo con gomina y un gesto de quien no está seguro de casi nada. Muy pocos sabían que había perdido la guerra y casi una pierna como soldado republicano. Antes de que lo mutilaran cantaba tangos y rancheras en dúos infelices: Castejo y Sancho… Luca y Sancho. Luego de la guerra, las heridas y la derrota, se metió a contable y descubrió que podía interpretar boleros con su aspecto de barman de casino de provincias. Y pasó a ser el gran Jorge Sepúlveda que cantaba Santander es la novia del mar.En verdad su novia se llamaba Angelines Labra, si bien su nombre artístico era Supervedette Labra,bailarina del género cómico. Formaban una pareja que resume muchos años de miseria patria, y por eso siguieron juntos con la dignidad de la experiencia hasta el final, en el hospital Son Dureta de Mallorca. El gran Sepúlveda regentaba una sala de fiestas y escribía artículos en castellano para la revista en inglés Majorca Daily Bulletyn.Se llamaba realmente Luis Sancho Monleón y me siento orgulloso de haber sido el único plumilla que le dedicó un artículo cuando falleció, el jueves 24 de junio, ahora hace veinticinco años. Me gustó que no pidiera nada salvo que le echaran a la fosa común. Padecía bronquitis desde los 18 años y se le fue el aliento al cumplir los 65, muy trabajados. Hay un bolero que nadie cantó como él, Pecado.Lo compusieron tres músicos argentinos – Bahr, Francini y Pontier- y es pena que Sigmund Freud no lo hubiera escuchado nunca, porque le hubiera sacado gran partido.

Esa es la diferencia. Si Jorge Sepúlveda o Sigmund Freud vivieran en Barcelona durante este feliz año de 2008, se plantarían ante el espejo, y siguiendo los consejos de nuestro Ayuntamiento, gritarían: “¡Visca Barcelona! ¡Viva yo!”. ¿Imaginan cuántos problemas se hubieran ahorrado?