Para conseguir un Pacífico pacífico

El Pacífico occidental afronta actualmente un problema difícil: el de cómo dar cabida a las aspiraciones en aumento de China en una región en la que los Estados Unidos han ostentado la primacía desde el final de la Guerra Fría. ¿Están los EE.UU. decididos a mantener su predominio en la región de Asia y el Pacífico? ¿O están dispuestos a aceptar foros multilaterales que permitan a todas las partes interesadas contribuir al establecimiento de las normas? De cómo evolucione esa cuestión dependerá que la paz siga prevaleciendo o no en todo el Pacífico.

Resulta difícil no considerar el traslado de 2.500 infantes de Marina de los EE.UU. a Darwin (Australia), decisión anunciada por el Presidente Barack Obama en su reciente gira por Asia, un simple gesto simbólico, un recordatorio provocativo de que los EE.UU. están decididos a permanecer en la región. Sin embargo, su propósito no acaba de estar claro.

En toda la región de Asia y el Pacífico, se acoge con beneplácito el ascenso de China, pero siempre y cuando ésta acate las normas internacionalmente aceptadas. Naturalmente, esa máxima debe ser aplicable a todos, pero, si China no tiene voz y voto en la formulación de dichas normas, aumentarán inevitablemente las tensiones.

Resulta difícil predecir como evolucionará el papel de los Estados Unidos en la región. El poder económico y militar de China va en aumento. Por otra parte, los EE.UU. siguen dominando militarmente, mientras que su influencia económica disminuye. En cualquier caso, China responderá inevitablemente con dureza a las medidas adoptadas por los EE.UU. para aumentar su presencia militar en la región. La de contener a China no es la respuesta a las cuestiones sobre la seguridad de Asia.

La península de Corea, Taiwán, las islas del mar de la China Meridional y las rutas marítimas se prestan, todas ellas, a posibles controversias entre los EE.UU. y China, pero, si bien se trata de cuestiones importantes, las dos partes deben hacer las gestiones diplomáticas apropiadas para reducir al mínimo la rivalidad chino-americana al respecto y, por tanto, no lanzarse a una nueva guerra fría.

En las condiciones actuales, no sería oportuno responder al ascenso de China con la fuerza militar. China está modernizando su ejército y aspira a ser una importante potencia marítima, por lo que muchos observadores de ese país están pidiendo una mayor transparencia, pero es dudoso que los EE.UU. ofrezcan demasiada transparencia a China sobre sus propias capacidades militares. Para poner esa cuestión en perspectiva, hemos de decir que el presupuesto de defensa de los EE.UU. constituye el 43 por ciento del gasto total del mundo, mientras que el gasto de China representa un poco más del siete por ciento.

Ningún país hablará a las claras sobre su capacidad militar, salvo en los términos más generales. Demasiados observadores olvidan que la fuerza nuclear de China es sólo disuasoria, por ser demasiado pequeña para permitir un primer ataque, y China ha sido uno de los primeros países que se ha declarado dispuesto a prometer que no será el primero en utilizarla, siempre y cuando otras potencias nucleares hagan lo propio.

China no ha dado muestras de interés por emular ni a las potencias imperiales europeas del siglo XIX ni el empeño imperial del Japón en la primera mitad del siglo XX. Quienes se muestran preocupados por esa ambición pasan por alto la historia de ese país. Los chinos recuerdan demasiado dolorosamente los inicuos tratados impuestos por las potencias occidentales a China y al Japón en el siglo XIX y a principios del XX. Una alianza, entre los EE.UU., el Japón, Australia y posiblemente la India, encaminada a contener a su país obligaría a los chinos a tener bien presente dicha historia y con determinación.

Lo más probable es que China considere el acuerdo recientemente anunciado por los ministros de Defensa del Japón y la India una respuesta a las presiones recibidas de los EE.UU. Sus dirigentes volverán a indicar que se aplica una política de contención y que esa concepción estratégica, propia de la Guerra Fría, es adversa para el desarrollo pacífico en el Pacífico occidental.

Si bien el trasfondo histórico es importante, la posición estratégica de Occidente depende de las acciones del presente: por ejemplo, China ha ayudado –aunque tal vez no lo suficiente– a abordar los problemas planteados por Corea del Norte. Para reducir las tensiones en la región, tal vez deberían los EE.UU. iniciar las conversaciones directas con Corea del Norte, durante mucho tiempo rehuidas, que podrían contribuir a la resolución de los problemas de seguridad planteados por el régimen de ese país.

Además, se debería resolver la controversia sobre las islas Spratly mediante el fallo de un tribunal internacional. Dichas islas, reivindicadas por China, Taiwán, Vietnam, las Filipinas, Malasia y Brunei son valiosas por sus reservas de petróleo y la industria pesquera comercial. Reviste importancia decisiva que los países que se disputan su soberanía acaten el derecho internacional y se comprometan a mantener abiertas las líneas marítimas de la región.

La diplomacia y no la fuerza de las armas es la forma mejor de perseguir la consecución de esos objetivos. Naturalmente, debe ir respaldada por la fuerza, pero los EE.UU. ya tienen mucha sin necesidad de militarizar la región de Asía y el Pacífico más de lo que ya está. Para la resolución pacifica de esos conflictos, se debe conceder a China un papel en el proceso de adopción de decisiones y tanto este país como los EE.UU. deben renunciar a su deseo de gozar de primacía regional.

Durante la primera crisis del estrecho de Taiwán, en 1954, China empezó a atacar con fuego de artillería las islas de Quemoy y Matsu, situadas frente a sus costas, y amenazó con “liberar” a Taiwán. Cuando los EE.UU. estuvieron examinando la posibilidad de lanzar un ataque nuclear contra China, el Primer Ministro australiano, Robert Menzies, dijo discretamente al Presidente de los Estados Unidos, Dwight Eisenhower: “Si hay una guerra por Taiwán, es asunto suyo, no nuestro”. Menzies tenía razón. Entendía la distinción entre los objetivos de los EE.UU. y los intereses nacionales de Australia.

Los EE.UU. no volverán a situar un ejército de tierra en gran escala en el Asia continental. Las guerras no se pueden ganar sólo desde el aire y los EE.UU. no iniciarán una contienda nuclear. Así, pues, el acuartelamiento de infantes de Marina de los EE.UU. en el norte de Australia no parece tener sentido: no hay razón concebible para que esas tropas estén allí. Además, han dividido innecesariamente a la opinión pública australiana sobre la decisiva cuestión de la seguridad del país.

Actualmente, Asia presenta un conjunto de circunstancias nuevo y excepcional. Los dilemas resultantes de ellas requieren nuevas soluciones, no ideas trasnochadas de la época de la Guerra Fría.

Por Malcolm Fraser, ex Primer Ministro de Australia. Traducido del inglés por Carlos Manzano.

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