Para entender Bolonia

En la novela satírica «Memorias encontradas en una bañera», Stanislaw Lem describe una delirante organización aislada del mundo y de la realidad en un gigantesco complejo subterráneo por el que vagan cientos de funcionarios alienados, enloquecidos desde hace muchos años por una monstruosa burocracia que ha crecido como un cáncer y cuya original razón de ser ya nadie recuerda. El absurdo y la paranoia campan por los despachos y pasillos de la laberíntica Organización, que ha devenido en una claustrofóbica estructura cuyo único fin es automantenerse.

Hace algunos años, los profesores de las universidades españolas empezaron a oír un débil pero insistente trompeteo al que pocos prestaron atención, felizmente ocupados como estaban en sus absorbentes tareas académicas. Los timbales y las cornetas se fueron acercando hasta que todos pudieron al fin escuchar nítidamente los versos del Cántico Sagrado, que no consistían más que en una palabra: «Bolonia». Bolonia-bolonia-bolonia-bolonia… repetida hasta el trance hipnótico. Desconcertados, descubrieron que la Universidad nunca había existido. La acababa de inventar un grupo de profetas que les revelaban la Buena Nueva. La Universidad multisecular que había formado a cientos de miles de profesionales, humanistas y científicos procedentes de todas las clases sociales; la institución de la libertad de cátedra; el refugio del pensamiento libre… Todo había sido un espejismo.

Para entender BoloniaLas luminarias boloñesas iban a crear la auténtica Universidad; ellos sustituirían a Unamuno, Rey Pastor, Torres Quevedo, Ramón y Cajal, Mariano Barbacid o Gustavo Bueno por «reconocimiento de competencias», «evaluación de la calidad», «destrezas», «habilidades» y demás vacuidades del lenguaje verborreico que siempre orbita alrededor de la inanidad. Y en efecto, el resultado ha sido espectacular: jamás en la historia de la Universidad se ha conocido un proceso de degradación tan desbocado y brutal.

Todo atisbo de sentido común ha sido barrido de la faz de la Universidad por un asfixiante sistema dictatorial de mediocridad por decreto donde el rigor ha pasado de ser científico a burocrático, la formación de los estudiantes se ha convertido en una prolongación de su infancia y cualquier hito del pasado ha sido arrasado a sangre y fuego por el delirante adanismo de los bolonios. Mi titulación de cinco años de materias ordenadas y lógicas, con formación científica previa y especialización final, es ahora un caos de seis años atropellados con una secuenciación inaudita de contenidos que impone la especialización, primero, para acabar en el embudo de un «máster» desespecializante. Más largo, peor y… mucho más caro. Los rectores y demás mandarines universitarios que hoy se rasgan las vestiduras al enterarse de que 3 + 2 = 5 fueron entusiastas cómplices de la gran estafa: ¿por qué, cuando hacen sus flamígeras declaraciones, no dicen que un curso de «máster» no es más que el antiguo 4º o 5º de carrera… hasta el triple de caro por el mero capricho de cambiarle el nombre…? ¿Han olvidado cómo aplaudían ayer mismo el advenimiento de la Nueva Era? Me comentaba un exrector cómo las tristemente recordadas titulaciones técnicas de la Universidad española han sido dinamitadas por los enloquecidos bolonios y reducidas, de la noche a la mañana, a la irrelevancia de un catálogo con infinitos nombres de pretenciosos «grados» a cada cual más pomposo y cursi, ni uno solo exactamente igual y todos prácticamente idénticos. (Y esto, ¡para «facilitar» el reconocimiento de títulos con Europa!).

La palabra-tótem de Bolonia es, sin duda, «competencias». Pongan un doble infinitivo delante de cualquier sustantivo (ecuaciones diferenciales: saber resolver ecuaciones diferenciales) y habrán convertido el anticuado concepto de «programa» de una asignatura en la modernísima «guía docente» boloñesa. Por supuesto, es irrelevante que un estudiante sepa la mitad de la mitad de lo que antiguamente sabría de ecuaciones diferenciales; ¡lo importante es la palabrería! Mas las competencias no son una vulgar transliteración de los viejos programas; nada de eso: igual que un niño al que se le da un martillo sólo ve clavos, los entusiasmados bolonios las fabricaron de todos los tipos y gamas: competencias «verticales», «transversales», longitudinales, oblicuas, helicoidales… Muchas me despiertan tiernos recuerdos infantiles de mis años de boy-scout o de las clases de urbanidad del cole.

Jóvenes brillantes que en el instituto imaginaban la Universidad como un lugar para descubrir y pensar se han encontrado secuestrados por un sistema sofocante, rígido, obsesionado con la imposición continua de tareas absurdas que saturan todas las horas del día por mor de tenerlos ocupados, y, sin embargo, cada vez más ignorantes. La reflexión o la mera curiosidad intelectual son conceptos devenidos imposibles en la neouniversidad de los bolonios, donde todo, desde el conocimiento hasta los propios estudiantes, es tratado como pura mercadería (muy al gusto, es de suponer, del omnipotente y deseado banquero que hacía salivar a algunos rectores cuando les daba palmaditas en la espalda).

Bolonia ha instaurado toda una floreciente industria de la «calidad» –conocida ya como la «calidad de los papeles», y perfectamente desenmascarada incluso fuera de las fronteras europeas– pese a las lúcidas advertencias realizadas por la «comisión de sabios» para la reforma del sistema universitario, que en 2013 alertaban a Wert de que «la actual burocracia de la universidad española (…) implica un enorme despilfarro de tiempo, medios y financiación», y sarcásticamente referían que la «Guía de Apoyo» de la Aneca para la solicitud de títulos oficiales tiene 88 páginas llenas de formularios que «acaban rellenados creativamente tras un desmesurado consumo de tiempo y energías».

Por supuesto, y con las excepciones estadísticamente esperables (docentes universitarios conversos que, como los personajes de la novela de Lem, han encontrado el sentido de sus vidas en el onírico universo boloñés), casi todos los profesores abominan, en la cafetería, de la degradada situación actual de la Universidad española, inconcebible hace sólo unos años. Pero la estabulada comunidad universitaria es pasiva y sumisa. Me consta fehacientemente que (otro) cierto exrector, recién apeado del cargo, confesó a algunos profesores: «Ahora que no soy rector, ya puedo decirlo abiertamente: Bolonia es una m…».

Parafraseando a Churchill: nunca en menos tiempo hicieron tan pocos y tan insignificantes tanto y tan gratuito daño a la Universidad.

Javier Fraile Peláez, catedrático de Teoría de la Señal y Comunicaciones de la Universidad de Vigo.

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