Para hacer que las inversiones en materia de VIH/SIDA cuenten

Es peligroso creer que el fin del sida está a la vista. Unos 30 millones de personas en todo el mundo viven con el VIH y, si persisten las tendencias actuales, es probable que otros 30 millones se infecten en el próximo decenio. La financiación por parte de los gobiernos de países desarrollados está diminuyendo, tendencia que se debe invertir, pero también debemos reconocer que se han gastado miles de millones de dólares en intentos bien intencionados de salvar vidas, con una falta alarmante de evaluación de calidad de sus resultados.

Ello es aplicable no sólo a las campañas en pro de la abstinencia, cuya eficacia no está demostrada, sino también a muchos otros pilares fundamentales de la lucha contra el sida. En un nivel sistémico, no sabemos qué funciona, dónde y por qué… o cómo reproducir nuestros éxitos.

En el proyecto RethinkHIV, el Centro del Consenso de Copenhague y la Fundación Rush pidieron a 30 de los más importantes economistas que han estudiado lo relativo al VIH, apoyados por epidemiólogos, demógrafos y profesionales médicos, que analizaran las reacciones más prometedoras a la epidemia en la región del mundo más gravemente afectada por ella, el África subsahariana. Se les pidió que examinaran lo que se podría lograr con inversiones suplementarias en seis sectores decisivos: prevención de la transmisión sexual, reducción de la transmisión no sexual, tratamiento de quienes tienen la enfermedad, iniciativas para utilizar el fortalecimiento de la política social y del sistema de salud para luchar contra el VIH/SIDA e investigación sobre vacunas.

Los informes de investigación resultantes ofrecen el primer intento amplio jamás hecho de análisis eficaz en función de los costos de las prioridades en materia de sida. La economía puede ofrecer una nueva perspectiva, al mostrarnos el valor total para la sociedad de las diferentes opciones de gasto. Entre las inversiones válidas, algunas son muy costosas y logran pocos resultados positivos; otras son notablemente baratas e increíblemente eficaces. Ya se trate del sida o de otros problemas, se deben gastar los fondos suplementarios primero allí donde puedan lograr el mayor rendimiento.

Para iniciar un diálogo sobre las prioridades en materia de VIH/SIDA basado en las investigaciones de RethinkHIV, el Centro de Consenso de Copenhague y la Fundación Rush pidieron a cinco economistas de categoría mundial –incluidos tres premios Nobel– que formularan sus conclusiones sobre cuál sería la forma mejor de gastar la financiación suplementaria. El equipo se centró en cinco inversiones que, a su juicio, debían ocupar los primeros puestos de las listas de las autoridades.

Lo más importante es que recalcaron la urgente necesidad de una mayor inversión para la obtención de una vacuna contra el VIH. Se trata claramente de una reacción a largo plazo contra la epidemia: las investigaciones de Dean Jamison y Robert Hecht para RethinkHIV indican que faltan unos veinte años para poder hacer una vacunación en gran escala y que aumentando en un 10 por ciento –es decir, 100 millones de dólares al año– la financiación actual se reduciría en buena medida esa proyección, con lo que se salvarían millones de vidas y posiblemente se acabaría con la epidemia a largo plazo, al tiempo que se mejoraría espectacularmente la comprensión científica de la enfermedad a corto plazo. Es probable que por cada dólar gastado los beneficios ascendieran a decenas de dólares.

Como reacción a más corto plazo contra la epidemia, las investigaciones del economista Lori Bollinger convencieron a los premios Nobel de que con unos gastos suplementarios de tan sólo 140 millones de dólares al año podríamos eliminar prácticamente la transmisión maternoinfantil del VIH de aquí a 2015. En 2008, unos 350.000 niños pequeños contrajeron el VIH con el embarazo, el parto o la lactancia materna, lo que representa el 20 por ciento, aproximadamente, de todas las nuevas infecciones. Como disponemos de programas tan eficaces en función de los costos para poner fin a esa tragedia, los premios Nobel concluyeron que se trataba de una inversión convincente.

También lo es gastar más para lograr que las transfusiones de sangre sean inocuas. Bollinger calculó que, con una inversión anual de dos millones de dólares a lo largo de cinco años, se lograrían transfusiones de sangre inocuas en un ciento por ciento de aquí a 2015 y se evitarían más de 131.000 infecciones de VIH, además de aliviar el miedo a la infección de casi quinientos millones de personas que, de lo contrario, recibirían sangre cuya inocuidad no estaría certificada.

Los premios Nobel concluyeron también que la de asignarlos a la circuncisión masculina es una utilización excelente de los fondos. Se centraron en particular en los beneficios a largo plazo de la circuncisión infantil masculina, al sostener que existe un potencial en gran escala y no explotado para introducir ese baratísimo procedimiento en toda África.

Sabemos que la circuncisión de los adultos masculinos reduce en hasta el 60 por ciento las probabilidades de transmisión de una mujer a un hombre. Las investigaciones de Jere Behrman y Hans-Peter Kohler, de la Universidad de Pensilvania, revelan claramente que la medida fundamental debe ser la de buscar la formas mejores de ampliar la circuncisión de los adultos en toda la región y convencer a los hombres de que la de circuncidarse es una buena idea. También debemos introducir el asesoramiento para velar por que los hombres no consideren la circuncisión una vacuna y, a consecuencia de ello, se entreguen a conductas más peligrosas.

Por último, el equipo de premios Nobel, basándose en las investigaciones de Mead Over y Geoffrey Garnett, concluyó que los recursos suplementarios para el tratamiento deben ir destinados en primer lugar a los pacientes más enfermos y más infecciosos. Como el tratamiento es caro, las tasas de beneficiarios siguen siendo extraordinariamente insuficientes, pero el tratamiento no es sólo un imperativo ético; también es importante para prevenir y reducir la transmisión sexual.

El equipo de expertos no sólo determinó los usos más prioritarios de los fondos suplementarios, sino que, además, puso de relieve los sectores prometedores en los que las investigaciones eran más necesarias. Como señalaron Anna Vassal, Michelle Remme y Charlotte Watts, de la Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres, las desigualdades entre los sexos y la violencia doméstica están relacionadas con un aumento importante del riesgo de infección por VIH. Así, pues, si se sumaran los programas de capacitación en materia de diferencias entre los sexos a los actuales programas de apoyo a la agricultura y la microfinanciación, encaminados a mejorar los ingresos, se podrían socavar las normas sobre los papeles de los dos sexos que consagran la dependencia de las mujeres respecto de los hombres o justifican la violencia doméstica. Es una propuesta que merece una mayor investigación, como también la de William McGreevey, de la Universidad de Georgetown, de que se aumenten las medidas encaminadas a centrar el tratamiento de los pacientes seropositivos con el VIH para reducir las infecciones oportunistas de meningitis criptocócica.

Tenemos que detener la reciente disminución de financiación de la lucha contra el sida y conseguir recursos suplementarios para avanzar en dicha lucha. Al subrayar la importancia de las inversiones racionales, incluidas algunas que actualmente no figuran en los primeros puestos de las listas de tareas pendientes de las autoridades, RethinkHIV expone los argumentos económicos en pro de que así se haga precisamente.

Bjørn Lomborg, autor de The Skeptical Environmentalist y Cool It, jefe del Centro de Consenso de Copenhague y profesor adjunto de la Escuela de Administración de Empresas de Copenhague. Traducido del inglés por Carlos Manzano.

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