¿Para qué la ONU?

Por Florentino Portero (GEES, 05/09/05):

En la sociedad de los estados, igual que en la formada por individuos, son necesarias ciertas reglas comúnmente aceptadas para poder convivir. La paz es un imposible, pero muchas crisis pueden ser evitadas si esas reglas existen y se respetan. No hay duda de que el desarrollo del derecho internacional es un hecho civilizador.

Para facilitar la aplicación de esas normas, elaborar nuevas y establecer puntos de encuentro donde los representantes de los estados puedan negociar en las mejores condiciones hemos creado organismos internacionales. El más importante de todos ellos es Naciones Unidas, una de las primeras instituciones establecidas en la postguerra mundial.

La ONU es un instrumento del que los estados se han dotado para resolver problemas concretos. No es un fin en sí misma. Sería un gravísimo error que los europeos proyectaran sobre Naciones Unidas lo que sólo tiene sentido en la Unión Europea. Como consecuencia de nuestra historia y de nuestra cultura hemos llegado al convencimiento de que el estado-nación no es suficiente para hacer frente a los retos del presente y nos hemos embarcado en una compleja, grandiosa e incierta aventura. Pero el resto del mundo no se siente partícipe de esta mentalidad. Creen en el estado y no están dispuestos a ceder competencias. La ONU no es un gobierno mundial ni un Tribunal planetario. Es un punto de encuentro donde los estados llegan a acuerdos.

Los delegados de la Conferencia de San Francisco que redactaron la Carta fundacional de Naciones Unidas estaban obsesionados por una idea: la II Guerra Mundial ocurrió porque los estados traicionaron a la Sociedad de Naciones. En unos casos por no formar parte, en otros por no cumplir sus resoluciones. Se optó por la política de apaciguamiento, por el sensato realismo y la diplomacia bilateral y se acabó dando confianza a los dictadores que desataron la contienda. Nunca más había que caer en los mismos errores. ¿Hemos aprendido la lección?

Ante la cumbre anual de la Asamblea General, que este año viene caracterizada por la necesidad de afrontar importantes reformas internas, conviene tener en cuenta dónde nos encontramos. La Asamblea General está compuesta por estados que, en gran número, son dictaduras tan despóticas como incompetentes. En sus resoluciones encontramos cómo estados no democráticos dan lecciones sobre respeto a los derechos humanos tan esperpénticas como inútiles. No han sido capaces de ponerse de acuerdo sobre qué es el terrorismo y están más preocupados por frenar a Occidente que por resolver problemas concretos. El Consejo de Seguridad tiene una composición anacrónica, resultado de cómo era el mundo en 1945. Ni es democrático ni lo podrá ser nunca. Es un directorio con cinco miembros dotados de derecho de veto, capaces de bloquear en cualquier sentido una decisión, lo que lleva a la tan conocida situación de que el Consejo queda paralizado y los acuerdos tienen que establecerse fuera del ámbito de Naciones Unidas, como ocurrió en la crisis de Kosovo. Para limitar su anacronismo se propone la entrada de nuevos miembros, pero sin derecho de veto ¿Por qué Francia sí y Alemania no? ¿Por qué Europa tendría tres votos permanentes y Estados Unidos uno sólo? A más miembros más compleja será la negociación y menores las posibilidades de llegar a acuerdos, eso en una institución caracterizada por su alto nivel de incompetencia. El Secretariado se encuentra gravemente afectado por el escándalo del programa “petróleo por alimentos” donde altos funcionarios llegaron a acuerdos con Sadam Hussein para el incumplimiento de lo aprobado en las resoluciones a cambio de dinero.

Esta es la ONU que tenemos. Su bandera, sus viejos ideales, han sido secuestrados por aquellos que la utilizan con fines particulares. El Tercer Mundo y el Mundo Árabe hacen de ella un baluarte contra la globalización liberal, la expansión de la democracia y el respeto a los derechos humanos. Determinada izquierda occidental, con amplios apoyos en el resto del mundo, ha convertido la ONU en trinchera desde la que controlar el poderío norteamericano, como si ese fuera el problema mayor de nuestro tiempo.

Mientras tanto, los grandes problemas se discuten en marcos ad hoc fuera del ámbito del Consejo. La crisis de Corea del Norte en discusiones entre cinco países ribereños más el implicado. La de Irán, entre tres europeos y el gobierno de Teherán. Cuando se pregunta por qué el Consejo no ha asumido su gestión la respuesta ronda lo surrealista: porque no hay acuerdo. En ese caso, si el Consejo no asume la responsabilidad de resolver los verdaderos problemas de nuestro tiempo ¿para qué lo queremos? Si sólo el derecho de veto garantiza la presencia de los grandes y si ese es el precio de la estabilidad entonces reconozcamos sin tapujos que la incompetencia del Consejo no exime a los estados de sus obligaciones, éticas y políticas, de actuar.

La ONU se enfrenta a una fase de reforma interna en un ambiente de pesimismo. Son conscientes de la situación, del secuestro de la Asamblea por las dictaduras antidemocráticas, de la inoperancia y anacronismo del Consejo, de la corrupción y desprestigio del Secretariado. Pero, sobre todo, de que la ONU está cometiendo los mismos gravísimos errores que llevaron a la Sociedad de Naciones a la crisis bélica. Desde la ONU se confunde interesadamente las políticas contraproliferadoras con hegemonismo occidental, con imperialismo norteamericano. El resultado es, de nuevo, apaciguamiento. Pero el mundo no será más seguro cuando en vez de nueve potencias nucleares haya quince, entre las que se encuentren ONGs terroristas.