Para quedarse

La reiteración por el Congreso del principio constitucional que confiere al conjunto del pueblo español la titularidad de la soberanía sugiere algo más que un éxito político de UPyD al sumar al PP y al PSOE a una moción preventiva respecto a los planes de la Generalitat y de la mayoría del Parlament catalán. Obliga a fijarse detenidamente en el papel que desempeñan hoy y pudiera corresponder en el futuro a partidos como el que encabeza Rosa Díez o como el que lidera Albert Rivera. La democracia parlamentaria ha consagrado en España un sistema de partidos que parecen adueñarse tanto de sus electores como de los electos. Pero al margen de esta singularidad excesiva es evidente que hay formaciones cuya amplia base social y tiempo de existencia les permite estructurar el poder político y encuadrar el comportamiento ciudadano a la hora del voto. Incluso contamos con partidos centenarios, como el PSOE y el PNV. Junto a esas formaciones, que hacen historia con mayúsculas, surgen y desaparecen otras alternativas que muy a menudo responden a coyunturas determinadas. La UCD fue la excepción, tanto por su naturaleza de aluvión como porque nació y desapareció en poco tiempo tras escribir páginas fundamentales de la transición. Por otra parte, UPyD y Ciutadans no son ya fenómenos fugaces, y hay razones para pensar que han venido para quedarse.

La primera ley de los partidos políticos es la de la supervivencia. Una formación nueva que irrumpe en el espectro parlamentario preestablecido lo hace porque existe un determinado flanco al descubierto y porque sus promotores aciertan en identificarlo. Se trata siempre de un golpe de oportunidad. A partir de ahí, la tensión por sobrevivir que experimenta el partido naciente lo lleva a desplegar una actividad frenética, aunque sea de declaraciones, dirigida a aprovechar cada resquicio que deja la confrontación entre las siglas que estaban antes que él. Además, como el régimen electoral español prima a las grandes opciones, desechando provincia a provincia los restos de las pequeñas, esa tensión se encrespa. La suma de golpes de oportunidad no hace un programa político, entendido como tal algo que los ciudadanos puedan clasificar según los patrones ideológicos dominantes. Lo cual tampoco impide que se vaya conformando una identidad ante la que esos mismos ciudadanos expresan su mayor o menor comprensión y simpatía. Todo indica que UPyD y Ciutadans están pasando de ser el negativo de a percibirse como una aportación positiva, de programa propio.

Tanto esas siglas como, sobre todo, sus respectivos líderes –Díez y Rivera– gozan de la simpatía de muchas personas que hasta ahora han acabado votando a otras opciones más consolidadas o útiles. Mientras que su presencia y actitud ha incomodado sobremanera e incluso ha irritado durante todo este tiempo a esas mismas formaciones. Basta ver cómo el flemático Rajoy se vuelve hasta colérico ante Díez. Qué decir de las reacciones que su pasado suscita entre sus excompañeros socialistas. Ello se debe a la competencia electoral que los dos partidos representan tanto para el PP como para el PSOE y el PSC. Pero el relato de tales fricciones no debería limitarse a referir la aparición de nuevos demonios en el espacio político español o catalán. Porque hay un aspecto de gran relevancia política que por ahora solo puede formularse a modo de pregunta: ¿están UPyD y Ciutadans en condiciones de convertirse en partidos bisagra, en su acepción de completar una determinada mayoría de gobierno? Es una pregunta que muy probablemente se hayan hecho sus integrantes y que quizá se hayan sacudido para evitar que su sola hipótesis les perturbe innecesariamente. Pero se trata de una cuestión clave en un mundo que reclama resultados. De hecho, cabría formular una pregunta aun más incisiva: ¿ participarían UPyD y Ciutadans en una eventual remodelación del centroderecha o del centroizquierda?

Es de suponer que la respuesta inmediata reivindicaría la identidad y autonomía propias, incluso la vocación crítica respecto a los excesos y omisiones de la política dominante como su verdadera misión partidaria. Posiblemente, la estabilidad del sistema democrático y el relativo confort que brinda hasta una economía que apenas sale de la recesión permiten que dos formaciones como las citadas limiten su función a ser la conciencia crítica de un país que, según su discurso, corre el riesgo permanente de venirse abajo, especialmente debido a la centrifugación de su poder institucional y de su esencia nacional. Pero aunque comprometerse con la gobernabilidad les restase enteros, hacerse a un lado es lo que podría eclipsar su desarrollo.

Kepa Aulestia

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