Para restablecer el crecimiento europeo

La crisis de la deuda soberana de Europa se ha prolongado tanto, que algunos están empezando a dar por sentado que los dirigentes de la zona del euro pueden ir dando tumbos de una solución inválida a otra sin riesgo de cataclismo, pero, si cualquiera de las economías de la Europa meridional con problemas no consigue renovar su deuda en los próximos meses, el contagio resultante se extenderá rápidamente de la zona del euro a todo el sistema financiero mundial, con consecuencias mucho más graves que las posteriores al desplome de Lehman Brothers en septiembre de 2008.

Pese al nuevo acuerdo alcanzado en la cumbre de la Unión Europea celebrada en diciembre, el de fortalecer la confianza de los mercados financieros en la zona del euro sigue siendo un objetivo esquivo. Inmediatamente después de la cumbre, el tipo de cambio del euro cayó hasta su nivel más bajo del año (en torno a 1,30 dólares), mientras que la rentabilidad de los bonos italianos a cinco años alcanzó un nuevo nivel máximo (casi el 6,5 por ciento). En Francia, el candidato socialista a las elecciones presidenciales, François Hollande, declaró rotundamente que el último acuerdo “no es la respuesta adecuada”, porque “sin crecimiento económico no alcanzaremos ninguna de las metas de reducción del déficit”.

Hollande estaba en lo cierto. Desde que la crisis estalló en Grecia hace casi dos años, los dirigentes de la UE no han propuesto una solución que equilibre la austeridad con el crecimiento económico. Siempre que los mercados indican escepticismo sobre la viabilidad del euro, los dirigentes europeos se apresuran a restablecer la confianza mediante medidas de austeridad, al tiempo que pasan por alto la necesidad subyacente de restablecer las condiciones para el crecimiento. Lo urgente expulsa lo simplemente importante, pero sin crecimiento las perspectivas de la UE a largo plazo son sombrías.

Desde que comenzó la crisis, se ha dicho que el problema de los países de Europa abrumados por la deuda es la necesidad de crecimiento económico. Para los acreedores, en particular los dirigentes alemanes, la prioridad principal ha sido la de imponer austeridad y disciplina al derrochador sur de la zona del euro. Como los bancos alemanes son los titulares de gran parte de la deuda contraída por los bancos y gobiernos periféricos, las autoridades se han centrado en ese vínculo financiero entre la economía de Alemania y las de los miembros de la zona del euro con problemas, pero el comprensible deseo de la Canciller alemana, Ángela Merkel, de disciplinar a los despilfarradores equivale a aserrar la última rama restante a la que están encaramados los banqueros y contribuyentes de Alemania.

La estrategia de Merkel pasa por alto otro vínculo entre Alemania y los países muy endeudados de la zona del euro. Un gran porcentaje de las exportaciones alemanas (además de las de otras economías sanas de la zona del euro) van destinadas a mercados de la zona del euro, incluidos aquellos del sur que tienen problemas.

Hasta que estalló la crisis, Alemania se benefició inmensamente de las estables circunstancias creadas por la zona del euro. Los países periféricos de la zona del euro acumularon grandes déficits por cuenta corriente, que subvencionaron el crecimiento alemán. Si ahora esos mercados se contraen –y hasta ahora la austeridad ha provocado recesiones profundas en Grecia e Irlanda y se espera que Portugal les siga el año que viene–, lo mismo le ocurrirá a la economía alemana. Los países meridionales profundamente endeudados no son ni mucho menos los únicos interesados en su propio crecimiento económico.

Cualquier estrategia viable para resolver la crisis debe abordar a un tiempo los dos vínculos entre las economías centrales y las periféricas, para lo que se debe encontrar una correcta combinación de políticas en pro de la austeridad y del crecimiento. Sólo una solución que equilibre esos dos factores garantizará el crecimiento a largo plazo tanto de las economías centrales como de las periféricas de la zona del euro, lo que garantizará a los mercados de deuda su solvencia y detendrá el contagio que amenaza con barrer el continente. El acuerdo alcanzado en la reciente cumbre de la UE para institucionalizar la austeridad debe ir acompañado de una política en pro del crecimiento.

Para ello, hace falta un planteamiento doble: en primer lugar, se debe permitir a los países muy endeudados permutar la deuda existente por nuevos bonos emitidos con un gran descuento. El descuento es esencial para reducir a niveles viables la deuda soberana de la periferia y, por tanto, los pagos inmediatos correspondientes a ella, con lo que se liberarían recursos para la inversión y el consumo que hagan posible el crecimiento.

Pero, si bien los acreedores deben compartir los inconvenientes de la crisis, también deben compartir el futuro crecimiento económico de las economías periféricas de la zona del euro, lo que requiere un segundo paso: el de vincular los nuevos bonos con garantías vinculadas, a su vez, al crecimiento del PIB de los países deudores. La conversión de la deuda soberana existente en nuevos bonos vinculados a garantías vinculadas, a su vez, al PIB funcionarían como una transformación de la deuda en capital en el caso de la quiebra de una empresa. Garantizaría la participación de los acreedores en los beneficios de las reformas que la zona del euro debe aplicar para garantizar su viabilidad.

Hay un precedente. A raíz de su suspensión de pagos en 2002, la Argentina logró aplicar un programa similar. A cambio de una reducción de su deuda vigente, el Gobierno argentino emitió nuevos bonos vinculados con garantías vinculadas, a su vez, al PIB y comprometió el cinco por ciento del futuro crecimiento anual del PIB por encima del 3,3 por ciento a un consorcio de acreedores.

Esas garantías relativas al PIB de la Argentina no tardaron en ser negociables separadas de los bonos con los que estaban vinculadas inicialmente, lo que permitió a sus titulares cobrar. Una vez que se recuperó el crecimiento en la Argentina, sus garantías relativas al PIB pasaron a ser algunas de las mejores inversiones del mundo en desarrollo, pues produjeron un rédito total de más de 500 por ciento en los cinco últimos años.

Sin crecimiento económico, no habrá una solución duradera para la crisis de la zona del euro. Para reanimar las economías con problemas, los recientes acuerdos sobre austeridad deben ir acompañados de importantes recortes de la deuda, que, sin embargo, resultan difíciles de vender al electorado alemán. Las garantías relativas al PIB serían una forma adecuada de concertar el trato.

Por Jim Leitner, presidente de Falcon Management, Nuno Monteiro e Ian Shapiro, profesores de ciencia política en Yale. Traducido del inglés por Carlos Manzano.

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