Para salir de esta crisis los peruanos necesitamos, primero, una buena dosis de realidad

En una nueva crisis política, un manifestante sostiene una bandera del Perú durante una protesta contra el gobierno del presidente Pedro Castillo exigiendo su renuncia, en Lima, el 9 de abril de 2022. (Daniel Becerril/Reuters)
En una nueva crisis política, un manifestante sostiene una bandera del Perú durante una protesta contra el gobierno del presidente Pedro Castillo exigiendo su renuncia, en Lima, el 9 de abril de 2022. (Daniel Becerril/Reuters)

El lunes 18 de abril, durante una charla organizada por el Centro David Rockefeller de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Harvard, el exprimer ministro peruano Salvador del Solar delineó una propuesta de mínimos con miras a que el país salga de la inagotable crisis política en que se encuentra inmerso.

Entre otras cosas, Del Solar dijo: “Las personas que creemos en los valores democráticos y que tenemos apertura a la búsqueda de consensos tenemos que buscarlos. Tenemos que dejar en offside, tenemos que dejar fuera de la discusión a quienes tienen cualquier tipo de propuesta antidemocrática”.

Las bienintencionadas palabras del expremier van en la misma línea de la propuesta “para superar el entrampamiento político” hecha por el expresidente Francisco Sagasti, quien planteó en una columna la necesidad de un pacto entre “Ejecutivo, Legislativo y partidos políticos, con participación y seguimiento de la sociedad civil”, donde todos asumieran “un mínimo de compromisos vinculantes de manera transparente, eficaz y duradera”.

En el mismo artículo, el expresidente admite la escasa probabilidad de un acuerdo así entre “líderes y actores políticos” que “no han hecho gala de sensatez y respeto por la ciudadanía”. Tras descartar, también por improbables, una vacancia o renuncia presidencial, Sagasti plantea una tercera vía: que unos 76,000 ciudadanos firmen “un proyecto de ley de reforma constitucional que acorte los períodos presidencial y congresal”. Proyecto que tendría que ser aprobado por una “mayoría absoluta de 66 congresistas” y un posterior referéndum.

La propuesta tiene dos problemas de raíz. El primero es el más obvio: aun cuando se consiguieran esas firmas ciudadanas, ¿cómo convencemos a por lo menos 66 (la mitad más uno del Pleno del Congreso) de esos políticos que “no han hecho gala de sensatez y respeto por la ciudadanía” de aprobar una propuesta para suicidarse políticamente?

El segundo es una constante en las propuestas rupturistas (vacancia presidencial, renuncia presidencial, adelanto de elecciones presidenciales o generales) y, por alguna razón, al parecer resulta menos evidente para sus impulsores: ¿qué hacemos después? ¿De dónde sacamos a candidatos probos y capaces, de la noche a la mañana, en este sistema político que nos ha llevado a tener como presidente de la República a Pedro Castillo y presidenta del Congreso a Maricarmen Alva, más conocida por sus exabruptos y desplantes que por su labor legislativa?

¿Acaso ha mejorado la calidad de nuestros gobernantes y representantes con cada renuncia o vacancia presidencial, cierre del Congreso y elección vividos desde 2018? ¿Puede alguien de verdad creer que Castillo y compañía no son sino consecuencia de la degradación política en que se encuentra sumido el país, la consecuencia natural de un país sin instituciones sólidas ni partidos donde todos los presidentes elegidos en los últimos 20 años están siendo o han sido investigados hasta su muerte por delitos de corrupción? ¿Llegaron Pedro Castillo y Keiko Fujimori a la segunda vuelta en 2021 a bordo de un meteorito o un ovni?

Resulta difícil, quizá imposible, argumentar que ante su demostrada incapacidad y su reincidencia a la hora de elegir cuadros igual de incapaces o empapados en sospechas de corrupción, Castillo pueda o merezca permanecer en el cargo hasta 2026. Pero, llegados a esa conclusión, la siguiente pregunta es evidente: ¿y luego qué? O, más bien, ¿luego quién o quiénes?

En una columna posterior, el expresidente Sagasti abunda en su propuesta y señala que para “revitalizar y regenerar las instituciones políticas y del Estado” hace falta “un amplio y sostenido compromiso ético y democrático”, con la participación de, entre otros, “líderes reconocidos y respetados por la población en todo el Perú”.

Como expresión de deseos y ejercicio de virtue signaling suena bien. Pero, ¿cuál es la posibilidad de un consenso así en el Perú actual? ¿Existe siquiera algo parecido a “líderes reconocidos y respetados por la población”? ¿Quiénes y cuántos somos, para volver a las palabras del expremier Del Solar, “las personas que creemos en los valores democráticos” y debemos “dejar en offside” las propuestas antidemocráticas?

El mismo día que Del Solar hacía su sentido llamado, el Instituto de Estudios Peruanos (IEP) presentó un informe con los resultados del Barómetro de las Américas, una encuesta regional dirigida por el LAPOP Lab de la Universidad de Vanderbilt. Según los datos ahí presentes, la situación de la democracia peruana no está para discursos inflamados de esperanza.

El apoyo a un régimen democrático en nuestro país es una moneda al aire: solo 50% de los peruanos está de acuerdo con la frase “puede que la democracia tenga problemas, pero es mejor que cualquier otra forma de gobierno”. Solamente en Honduras y Haití el apoyo es menor. Ante la pregunta “¿está usted satisfecho con la forma en que funciona la democracia en Perú?”, únicamente 21% responde de forma afirmativa. Solo en Haití están menos satisfechos. Un país, por si hace falta recordarlo, cuyo último presidente electo fue asesinado en la cama a mediados del año pasado.

52% de las y los peruanos señala que un golpe militar está justificado si hay mucha corrupción. Se trata de la cifra más elevada de toda la región. Por supuesto, porque en este informe no hay una sola buena noticia por mucho que uno busque, 88% de la ciudadanía peruana piensa que todos o más de la mitad de los políticos son corruptos. También es el número más elevado entre nuestros pares.

La desafección política peruana es tal, que solo 33% de los encuestados confía en las elecciones. Doce puntos por debajo del promedio de la región.

Hablé con Patricia Zárate, jefa de estudios de opinión del IEP y coeditora del informe, para quien, dentro de todo, el número más llamativo es la poca confianza en las elecciones, que ha caído siete puntos desde una medición similar realizada en 2020. “Las elecciones son el único momento de la democracia en que todos participamos. Si ni siquiera creemos en eso, que es lo más asible o tangible de una democracia, es grave”, me dijo.

Ese dato resulta aún más preocupante si tenemos en cuenta que la encuesta del informe se realizó a inicios de 2021, meses antes de las acusaciones de un inexistente fraude en la segunda vuelta presidencial que Keiko Fujimori y sus aliados realizaron durante semanas con el apoyo de diversos medios de comunicación. Asusta pensar qué números arrojaría una nueva medición, teniendo en cuenta que hay aún políticos electos y otros opositores que siguen cuestionando la legitimidad del presidente Castillo, y visto también el rotundo fracaso y la impopularidad de su gobierno.

Ante estos datos, no puedo sino preguntarme ¿a quién le hablan propuestas como las del expremier Del Solar o el expresidente Sagasti? ¿Creen, de verdad, contra toda evidencia, que hay ahí fuera una mayoría dispuesta a acoger y poner en práctica sus sugerencias? ¿A quiénes dejamos en offside, entonces? ¿A la mitad o más de los peruanos y peruanas que parecen dispuestos a abrazar con entusiasmo propuestas antidemocráticas? ¿A buena parte de las fuerzas políticas presentes en el Congreso que representan, nos guste o no, el sentir de esos votantes? ¿Al presidente Castillo y al partido del gobierno, que demuestran día a día su falta de voluntad y compromiso democráticos?

Como bien señala en otro momento el informe del Barómetro, “la solidez de una democracia depende del grado de compromiso de sus ciudadanos con sus principios”. Si atendemos a la radiografía que nos pone delante, los cimientos de la nuestra se encuentran gravemente resquebrajados. Es hora de que, si vamos a buscar u ofrecer soluciones, aunque sea para empezar, miremos a la cara esa realidad, en lugar de seguir pintando pajaritos en el aire.

Diego Salazar es periodista y autor del libro ‘No hemos entendido nada: Qué ocurre cuando dejamos el futuro de la prensa a merced de un algoritmo’.

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