Para ser una persona

Hubo un momento, durante los noventa, en que pensé que nos aproximábamos al fin de la división en izquierdas y derechas. Ahora las cosas han cambiado mucho, y las viejas distinciones han regresado con más fuerza que nunca. Y sin embargo, sigo pensando que la distinción entre izquierda y derecha debería desaparecer de una vez, porque no hace más que confundir las cosas. Si examinamos el problema científicamente veremos que no existen las personas de izquierdas ni las de derechas, sino solo las personas. Y eso es lo que deberíamos intentar ser: personas, simplemente personas.

¿No estamos en medio de una crisis tremenda, en la que parece que todo se tambalea? Las ideas, los principios, hasta los que creíamos más sólidos y fundamentados, todo parece estar en entredicho. «Las cosas creídas durante tanto tiempo ya no pueden ser creídas», dice Yeats. Y la verdad es que ya nadie sabe en qué creer. Las creencias, los sistemas, los procedimientos, los truquillos que antes nos funcionaban, ya no nos funcionan. Podríamos pensar que quizá lo que sucede es que se han gastado de tanto usarlos. El siglo XIX fue un inmenso generador de ideas y de teorías. El siglo XX se dedicó a ponerlas todas en práctica, con los desastrosos resultados por todos conocidos. ¿No será que ya no necesitamos más ideas ni más teorías?

En estos tiempos de crisis profunda (económica, pero también social, cultural, política, jurídica, estética, ética) resulta curioso que no aparezca ni uno solo de esos grandes genios que brotaban en el siglo XIX como hongos. Pero quizá no surjan porque porque no pueden surgir. Quizá sea una gran suerte para nosotros que no surjan. No es con nuevas ideas y teorías como superaremos esta situación angustiosa. Lo que este momento nos dice es que las ideas y las teorías no nos salvarán, y que en realidad todos sabemos qué es lo que tenemos que hacer. Que no es otra cosa que intentar ser personas y comportarnos como personas. Creo, además, que sólo hay una manera de ser personas, y que las personas, las verdaderas personas, tienen unas características bastante definidas.

Primero debemos considerar que ser una persona es una tarea, no algo que se nos concede automáticamente. Y que ser una persona quiere decir construirse por dentro, hacerse un alma como el que se hace una casa. Debemos entender que nosotros no tenemos alma, sino que venimos a este mundo a construirnos un alma. Y que un alma solo se puede construir con la imaginación, con la felicidad, con el placer y, también, desde luego, con un cierto esfuerzo. Si comprendemos que el lenguaje del alma es el de la felicidad y el del amor, comprenderemos también fácilmente que para lograr construirnos una hermosa persona, una persona viva y que irradie vida, debemos ayudarnos unos a otros. No podremos ni comenzar la construcción de nuestra alma si no sentimos con intensidad este impulso de ayudar a los otros y ser bondadosos con los demás.

Los que todavía no tienen alma, los que son personas sin desarrollar, ven a los otros como obstáculos, o como enemigos, o quizá, como meras mercancías susceptibles de ser explotadas. El deseo de aprovecharse de los otros, la indiferencia ante el dolor ajeno, son la marca de la persona sin hacer. Muchos revisten esta dureza de sarcasmo, ironía o cualquier otra justificación venida de esta o aquella tendencia filosófica, política o económica.

Hemos de decir, por otra parte, que el deseo de ayudar a los otros y la capacidad de sentir el dolor de los otros como propio, no es algo que tenga nada que ver con la ética (hay éticas para todos los gustos), ni con la religión (las religiones pueden justificar casi cualquier cosa), ni tampoco con las ideas filosóficas o políticas. La bondad es individual, es personal, y surge de la existencia de un fuego en el interior del individuo. Este fuego se enciende cuando el individuo ha comenzado a construirse un alma y ha descubierto la belleza y la poesía que constituyen la verdadera raíz de la verdadera vida humana. Cuando uno siente esa poesía, desea que todos los demás también vivan en ella. No es posible sentir la vida humana como poesía y no desear extender esta poesía a los demás.

Para construirse un alma es necesario evitar, en un principio, tres cosas: actuar por provecho, por miedo o por impulso mecánico. Por provecho actúan los criminales. Por miedo, los esclavos. Por impulso mecánico, las máquinas. Nuestro trabajo es ser personas, no ser criminales, ni esclavos, ni autómatas. Existen criminales, esclavos y autómatas con toda clase de ideas, principios, éticas y religiones. En muchos casos, son estos principios, éticas y religiones las que sirven para sellar y justificar la crueldad y la mecanicidad.

Cuide su salud. Duerma lo suficiente. Perdone activamente a todos los que le han hecho daño. Deje de hacer las cosas que le quitan energía. Deje de quejarse. Haga algo con el cuerpo. Cante. Baile. Trate a los demás como desearía que le trataran a usted. Medite veinte minutos todos los días. Si no sabe meditar, aprenda a meditar. Usted es adicto a sustancias y a sensaciones. Prívese de una de ellas, por difícil que le resulte. Lávese de toda culpa. Esa carga que lleva sobre sus hombros no es necesaria, y no es suya. Haga cosas nuevas, cambie cosas en su vida, vacíe sus armarios, tire todas las cosas viejas. Las cosas nuevas refrescan la percepción, abren la capacidad de la sorpresa. Haga una lista de todas las personas que ha conocido en su vida, todas, absolutamente todas, y algo cambiará en su mundo. Tiene que trabajar en tres cosas: en limpiar el pasado, en el cuerpo y en la atención. La tarea es larga.

Pongo la atención en la respiración. Sin cambiar nada, sin forzar. Observo que después de la exhalación, hay unos instantes de pausa, de inmovilidad. En esos instantes, vivo sin respirar. Hay paz. Surge una presencia. ¿Quién es? Soy yo. Una persona.

Andrés Ibáñez, escritor.

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