Paradojas nucleares

Por José M. Sánchez Ron, miembro de la Real Academia Española y catedrático de Historia de la Ciencia en la Universidad Autónoma de Madrid (EL PAÍS, 16/12/07):

La energía nuclear produce extraños fenómenos. Albert Einstein, pacifista durante la Primera Guerra Mundial, firmó en agosto de 1939 una carta dirigida al presidente Roosevelt, en la que al mismo tiempo que le alertaba de los peligros que significaba que el reciente descubrimiento de la fisión del uranio pudiese ser utilizado por Hitler para fabricar bombas atómicas, le animaba a que promoviese este tipo de investigación en Estados Unidos. Por supuesto, tenía sus razones: sabía bien hasta dónde podían llegar los nazis.

Más oscuras son las razones que hacen decir un día a alguien (el Sr. Rajoy) que no cree en el peligro de un calentamiento global, y al día siguiente manifestar su apoyo a la construcción de centrales nucleares, que si muchos defienden ahora es porque en ellas apenas se emite dióxido de carbono, el principal gas de efecto invernadero. Pero tampoco es fácil de entender que al mismo tiempo que el Sr. Rodríguez Zapatero proclama su intención de luchar firmemente contra el cambio climático, continúe con su decisión de que España termine siendo un país desnuclearizado. Esta política le está enfrentando con otros países de la Unión Europea y con el panel sobre cambio climático de la ONU, que favorecen la opción nuclear y no entienden la actitud española, cuyas emisiones de dióxido de carbono aumentan por encima de lo permitido.

Al igual que a nuestro presidente del Gobierno, no me gusta la energía nuclear. Yo no recurriría a ella, sino a medidas radicales que hagan disminuir ese ubicuo manantial que representan los automóviles, el sector de fuente de emisiones de dióxido de carbono que crece más rápidamente. Si nuestro presidente quiere ser coherente con su política climática, tiene en el transporte privado un magnífico flanco para actuar. Pero eso no es “popular”, puede quitar votos, mientras que rechazar las centrales nucleares no. Al menos, podía ser menos parcial, e incluir entre esos asesores que ha anunciado (que todos sean extranjeros es un detalle que revela la pobre idea que tiene sobre la asesoría científica) alguno no abiertamente antinuclear, con el fin de evaluar lo más imparcialmente posible el futuro de esta fuente energética.

Querría, con relación a estos puntos, citar unos pasajes que James Lovelock, el científico más conocido como el padre de la teoría de Gaia, ha escrito en su último libro, La venganza de la Tierra: “Yo soy un verde… pero ante todo soy un científico; por eso es por lo que ruego a mis amigos ecologistas que reconsideren su ingenua fe en el desarrollo sostenible y las energías renovables y que abandonen la creencia de que con ellas y con políticas de ahorro de energía basta para solucionar el problema al que nos enfrentamos. Más importante todavía es que abandonen su obstinado rechazo de la energía nuclear. Incluso si tuvieran razón sus peligros -y no la tienen-, usarla como fuente de energía segura y fiable representaría una amenaza insignificante comparada con las incomparables y letales olas de calor y la subida del nivel del mar que amenaza a todas las ciudades costeras del mundo. El concepto de energías renovables suena bien, pero hasta ahora son poco eficaces y muy caras. Tienen futuro, pero no tenemos tiempo para experimentar con ellas… No estoy diciendo que la energía de fisión nuclear sea lo ideal a largo plazo para nuestro planeta enfermo, o que vaya a solucionar todos nuestros problemas, pero hoy por hoy es la única medicina eficaz de que disponemos”.

Una magnífica manifestación de que los tiempos han cambiado con respecto a nuestra percepción de los peligros de la energía nuclear es el número de enero y febrero de 2007 de la revista Bulletin of the Atomic Scientists. Fundada por un grupo de físicos atómicos en 1947, una característica de esta publicación es un reloj que aparece en su cabecera, que marca los minutos que según sus responsables nos separan de un cataclismo nuclear, que correspondería a la medianoche. Al aparecer, la distancia estimada a esas 12 de la noche era de 7 minutos. Desde entonces, el minutero ha cambiado de posición 17 veces, con un mínimo de 2 minutos en 1953, cuando Estados Unidos y la Unión Soviética realizaron sus primeras pruebas con bombas de hidrógeno, y un máximo de 17 minutos en 1997. En el número de enero-febrero de este año, el reloj, que marcaba 7 minutos desde 2002, se adelantó dejando la distancia a la medianoche en 5 minutos. La novedad es que se trata de la primera vez que el desplazamiento horario tiene lugar en relación con un suceso no nuclear: “Las armas nucleares”, se lee en uno de los titulares, “todavía plantean la amenaza a la humanidad más poderosa, pero el cambio climático y las tecnologías emergentes han acelerado nuestra capacidad de autodestrucción”. Visto desde esta perspectiva, la utilización de la energía nuclear de fisión adquiere un carácter nuevo, que afecta incluso a su aspecto más controvertido, y peligroso: la larga vida de los residuos. En efecto, si el cambio climático llegase a producirse, la duración de éste sería también muy larga, comparable acaso a la de los residuos en cuestión.

Otra paradoja relacionada con la energía nuclear, ésta dentro del ámbito internacional, es la del acceso a la tecnología nuclear. Desde que en 1945 Estados Unidos fabricó bombas atómicas, muy pocos países han podido acceder a la tecnología necesaria para producirlas. Primero Corea del Norte y ahora Irán han establecido programas de desarrollo nuclear que han provocado una fuerte reacción en, sobre todo, Estados Unidos y la Unión Europea.

No seré yo quien se declare partidario de las ideologías y regímenes como el coreano o el iraní. Sin embargo, cuando observo los argumentos que se utilizan para impedir que profundicen en sus programas nucleares, siento vergüenza. ¿Por qué algunos sí y otros no? Y, ¿por qué nadie clama contra Israel, que desde hace ya mucho posee, aunque no lo reconozca, armamento nuclear? Nos esforzamos por evitar que Irán pueda construir bombas atómicas (lo que haría, yo también lo creo, el mundo más seguro), pero recordemos, por ejemplo, que en diciembre de 2006 se hizo público que el Gobierno británico había aprobado un programa para construir una nueva generación de submarinos nucleares. “Constituiría un error y sería peligroso”, manifestó el entonces primer ministro Tony Blair, que disminuyese la capacidad nuclear de Gran Bretaña y de las demás naciones nucleares. Con el nuevo programa, el Reino Unido podrá continuar siendo miembro del club nuclear al menos hasta el 2050. Al hilo de esta noticia, The Times (5 de diciembre de 2006) estimaba el arsenal nuclear de Estados Unidos en 5.521 cabezas nucleares, con Rusia, 5.682; Francia, 348; Gran Bretaña, 185; Israel, entre 100 y 200; China, 130; e India y Pakistán, entre 50 y 60.

Naturalmente, conozco las razones de geopolítica internacional que se utilizan para intentar evitar que haya más países con armamento nuclear, pero aunque los ejemplos en contra abunden, la política no puede ser ajena a la moralidad. No es de recibo el argumento: “Yo sí, pero tú no, porque yo soy más de fiar, o más poderoso, y tú no eres ni lo uno ni lo otro”. Igual que hace ya más de medio siglo, tenemos la obligación de dejar a nuestros hijos un mundo más seguro, con menos bombas atómicas, pero para ello no hay mejor política que el ejemplo.

Leo que Javier Solana, alto representante de la política exterior europea, acaba de declarar que “se siente decepcionado” con el nuevo interlocutor iraní en el “contencioso nuclear”. Entiendo muy bien su decepción. Yo también me sentí decepcionado con su comportamiento -sobre todo con sus silencios, que ahora no ha prodigado- en 1995, cuando Francia realizó pruebas nucleares en Mururoa. Era entonces ministro de Asuntos Exteriores del Gobierno de Felipe González, que presidía la Unión Europea, y como tal él y su presidente tenían la responsabilidad y la oportunidad de luchar contra la proliferación nuclear y sentar un precedente que tal vez podría haber servido hoy.