Paralelismos

Jean-Claude Brisville (1922-2014 ) el conocido escritor francés dejó escrita una joya del teatro universal. Una representación antológica a cargo Josep Maria Flotats y Carmelo Gómez en 2004 constató su fondo y su rabiosa actualidad. Me refiero a «La Cena» un imaginario aunque verosímil encuentro entre Talleyrand y Fouché en la noche del 6 al 7 de Julio de 1815 en pleno vacío de poder tras los «cien días» de Napoleón y la derrota de Waterloo, previo a la vuelta al trono de Luis XVIII. De los personajes diría Stefan Zweig, «han sido los dos ministros más capaces de Napoleón, formados en la escuela de la Iglesia y por la fogosa escuela superior de la Revolución; ambos sirvieron con igual deslealtad, con igual falta de escrúpulos a la República, el Directorio, el Consulado, el Imperio y la Monarquía». Arturo Pérez-Reverte lo ratificaría escribiendo «que ya no hay canallas así», recomendando la asistencia obligatoria de diputados y senadores a la representación, concepto que extendía Pedro J. Ramírez a todo el Gobierno.

Es conocida la frase de Chateaubriand viéndoles salir juntos un 8 de julio tras la entronización de Luis XVIII, hermano del Luis XVI guillotinado en 1793: «el vicio apoyado en la mano del crimen». De Talleyrand escribiría Víctor Hugo en 1838: «noble como Maquiavelo, sacerdote como el Cardenal de Retz, colgados los hábitos como Fouché, ingenioso como Voltaire, cojo como el diablo».

He elegido una frase significativa de cada uno, del libreto de Brisville. El Ministro de Policía reconoce que «uno empieza dedicándose a la política para tener poder; luego, cuando ya tiene poder, se juega a hacer política». ¿Y no se agota este poder, interroga el Cardenal? «Solo agota a los que no lo ejercen» sentencia Fouché.

En otro momento, entre plato y plato de la exquisita cena, Talleyrand propone con cínico pacto: «Si no llegamos a un acuerdo esta misma noche, nosotros desapareceremos de la escena. Y eso siempre que no nos corten la cabeza; sabe usted de sobra que a ambos solo nos queda una carta que jugar». Para interrogar inmediatamente: «¿no tendría por casualidad, un proyecto para Francia?». Es decir prioriza el retener el poder personal, sobre posibles proyectos en beneficio de su país. ¡Nada nuevo, querido lector!

No sé si somos conscientes de la gravedad del momento que vivimos. Estos días se han escrito y dicho palabras muy serias, algunas que incluso no se atrevió a definir nuestra Constitución, como la traición. Y tengo la impresión de que no lo consideramos seriamente, tantas veces repetido «que viene el lobo». No podemos avalar con el silencio o en tibio «modo equidistancia», temas que afectan a nuestro presente y futuro.

Por razones que no vienen al caso, la Capitanía General en la que estaba destinado, me mandó como observador al juicio contra los encausados por el Golpe de Estado del 23-F que se celebraba en una sala especialmente habilitada del Servicio Geográfico del Ejército en la carretera de Extremadura. Ambiente crispado en alrededores; expectación de la prensa internacional; opinión pública dividida; defensas atacando. En el fondo –de cada día se demuestra más– subyacía la crisis provocada por ETA en plena campaña contra Ejército y Guardia Civil, alimentada por el nacionalismo excluyente de parte de la sociedad vasca que desde entonces siempre llevará sobre su conciencia, por muchos homenajes que broten ahora, 700 y pico asesinatos de la banda terrorista. Personalmente mi misión no era fácil. Y no solo por los informes confidenciales que debía redactar. Me dolía ver a uniformados en el banquillo; me dolían las acusaciones entre ellos; me dolía ver a mi antiguo y magnífico Jefe de la Primera Bandera Paracaidista de la que formé parte al salir de la Academia de Toledo –Luis Torres Rojas– entre los acusados. Y se dictó sentencia y se cumplieron penas. Por encima de razones, compromisos, lealtades, justificaciones, afectos y hojas de servicios distinguidas, prevaleció el Estado de Derecho.

Con la diferencia de que el nacionalismo catalán, tras los intentos de Terre Lliure, no ha alimentado una ETA en su seno, la evolución es pareja: intento de internacionalizar el conflicto; desprestigio de España en el exterior; manipulación de la Historia e influencia en la educación; lengua como vehículo político; economía y presupuestos insolidarios con otras regiones; partidos con representación nacional que influyen en formación de gobiernos y en mociones de censura; policías propias; intentos de Justicia propia. Sin prisa pero sin pausa, legislatura tras legislatura, Tinell tras Majestic, consiguieron altas cotas de autogobierno, hasta llegar a tentar en octubre de 2018 una declaración unilateral de independencia.

Nada nuevo. La Historia lo contempla todo. Difícil escapar de paralelismos.

Luis Alejandre

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