Parece de Podemos

Parece de Podemos
GABRIEL SANZ

Pablo Iglesias celebró en las redes sociales la intervención de Óscar Puente durante la investidura como si hubiese sido propia y los reporteros de su canal alternativo acudieron a jalearle: "Parece usted de Podemos". La asunción progresiva de su proyecto estratégico y la consiguiente transustanciación del PSOE en Podemos constituyen para él un triunfo post mortem. La maniobra escapista de Pedro Sánchez le evitó que el debate se convirtiera en una anticipada moción de censura sobre la amnistía y, al mismo tiempo, sintetizó el frentismo y la degradación institucional conscientes, por los que necesariamente pasa su supervivencia en el poder.

Además de la alusión calumniosa al 11-M, que simboliza el encuentro del PSOE con la izquierda antisistema para abrir una brecha emocional irreparable con la derecha, hubo dos mensajes con carga política profunda que no son nuevos, pero sí lo fue que se expresaran en el solemne escenario del Congreso de los Diputados, ante el aplauso en pie de ministros no militantes que presumen de tener prestigio en Europa: "Estamos encantados con el resultado electoral", versión entusiasta del "somos muchos más" que pronunció Sánchez en la misma noche del 23-J, y que significa que no hay espacio para los pactos de Estado con el PP porque socialistas, populistas e independentistas son un todo unitario con un plan en común para España; y el airado "este PSOE es de sus militantes", que resume su conversión al asambleísmo populista y confiere un carácter histórico al liderazgo de Sánchez, en el sentido de su ruptura explícita con la cultura política de la Transición y sus dirigentes. Los tristes episodios de los días posteriores, en el Ayuntamiento de Madrid y en el AVE de Valladolid, son el peligroso síntoma de la extensión de un clima de confrontación que todo indica que seguirá en aumento.

El contraste moral, y estético, de la réplica de Óscar Puente con el discurso anterior de Alberto Núñez Feijóo contribuyó a reforzar su alcance. El presidente del PP cumplió con holgura sus objetivos: implicó a todas las sensibilidades de su partido, para afianzar un liderazgo por encima de facciones y ensancharse hacia la centralidad, pero también hacia la derecha, y marcó un antes y un después para Sánchez. El éxito de esta semana será el preludio de próximos cambios en el equipo, imprescindibles para darle seguimiento. De la investidura fallida sale una alternativa verosímil con credibilidad y fortaleza real para actuar de contrapeso efectivo -"estoy dispuesto a desplegar todo mi poder", dijo, y hay 13 presidencias autonómicas que lo seguirán sin fisuras-. Esa será la novedad principal respecto a la legislatura anterior.

Feijóo construyó una narrativa política sólida sobre su reivindicación como heredero único de la Transición, en la acertada apreciación de Jorge Bustos, y la de la arquitectura constitucional como garantía de las libertades y de la igualdad entre los españoles -"fuera de la Constitución, no hay democracia"-, y desde ahí puso en evidencia la dimensión inmoral de la amnistía. Después dibujó un esbozo modesto de programa de Gobierno a partir de seis pactos de Estado y de un modelo de sociedad y de economía abiertas, plenamente identificable con una forma moderna de entender la vida y con las preocupaciones reales de los ciudadanos, europeísta y prudentemente reformista, aunque sin alardes y, desde luego, sin ninguna concesión confesional o reaccionaria. Por último, deslizó una idea cívica de España, sensible a su auténtica diversidad territorial, que no empieza ni acaba en Cataluña y el País Vasco, y que incluyó una propuesta para cambiar el Senado, que pasó demasiado desapercibida pese a su importancia. En definitiva, su mérito consistió en encarnar una normalidad sin dogmatismos, comprometida con los espacios comunes de entendimiento -"España sin pactos bipartidistas no avanza"- frente a la excepcionalidad excluyente y existencial que representa Sánchez: nada dijo Feijóo que parezca rechazable para cualquier ciudadano en el espacio de la moderación. La responsabilidad en la polarización no es equidistante.

Feijóo también acertó especialmente en subrayar el callejón sin salida en el que está metido el PNV -"el blanqueamiento de Bildu tiene como objetivo sustituirles"- y la importancia de las próximas elecciones vascas en la configuración del mapa del poder en España; y en cortar por lo sano el debate sobre la conveniencia de una abstención del PP para investir a Sánchez e iniciar juntos una reforma del modelo territorial, con llamativo y muy significativo origen en determinados círculos de poder de Barcelona, ante la desconfianza que les despierta el regreso de Carles Puigdemont para las opciones del PSC y el riesgo de que reinicie el procés, con todas sus consecuencias para la estabilidad económica y la seguridad jurídica. La elección de Sánchez es estratégica y estructural, y Puente es solo otra prueba: nada puede pedirle ya al PP.

Hoy es 1 de octubre, seis años después del acontecimiento que mantiene atrapada toda la vida pública en España. Hoy como entonces, el país en manos del fanático Puigdemont, huido de la Justicia a quien se entrega el poder para que en su discurso conmemorativo trace el discurrir de las negociaciones para investir al presidente en las próximas semanas. Reconstruido el frente secesionista en el Parlament bajo su liderazgo de facto, aunque el president sea Pere Aragonès, será difícil que rebaje el listón de la exigencia de un referéndum para continuar su carrera con ERC y explotar la debilidad del Gobierno y su ausencia de escrúpulos. El aparente rechazo del PSOE encierra la aceptación ya de la amnistía. Y Puente dio la pista: parece que el plan pasa por utilizar el artículo 92 de la Constitución para lanzar una pregunta genérica sobre la aceptación de una reforma. El país quedaría así en almoneda.

Siete días después de aquel 1-O irrumpió la manifestación del 8 de octubre, el germen de la reacción cívica que dio impulso a la respuesta del Estado y a la convergencia política que, durante varios meses, representó el espejismo de la vigencia de los consensos constitucionales.

Quedan siete días para el 8-O.

Joaquín Manso, director de El Mundo.

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