Pareja de ocasión para después de un golpe

En sus crónicas De París a Monastir en torno a la I Guerra Mundial, Agustí CalvetGaziel, director de La Vanguardia durante el Estat Català de Companys, refiere una anécdota inverosímil, pero que reflejaba bien la opinión dominante en las cancillerías sobre los gobernantes balcánicos. Así, al concluir una sesión del Tratado de Londres que finiquitaría en 1913 el conflicto interbalcánico, Asquith, jefe del Gobierno británico, notó con estupor que le había desaparecido su cronómetro de oro. “¿Entre qué gente estamos?”, se indignó. Tras el revuelo, Venizelos, primer ministro griego, se le arrimó y le susurró: “Apostaría los restos del Partenón a que fue el delegado búlgaro. Déjelo de mi cuenta”. Asquith no daba crédito, mientras su homólogo se alejaba guiñándole el ojo.

Al día siguiente, Venizelos se le acercó radiante y le plantó el reloj en la palma de la mano: «¡Ya se lo dije! No podía ser otro». Agradecido, a Asquith le intranquilizaba, no obstante, cómo se lo habría tomado el ministro búlgaro. No fuera cosa de que se malograra la conferencia. Venizelos lo serenó: “No tema. Ni se ha enterado”. “Pero -inquirió-, ¿cómo lo ha hecho?”. “Pues, ¡toma! Se lo quité sin que se percibiera de ello”. Asquith nunca supo bien a qué atenerse. Siempre albergó la duda de si acaso no fue una ardid del propio Venizelos para venderle como favor la restitución de un reloj que, previamente, le habría robado él mismo y del que culpó al ministro búlgaro, ajeno a la artimaña.

Esta maledicencia traslucía, según Gaziel, cómo los balcánicos eran motivo de chacota para el resto de legaciones. Por desgracia, al cabo de unas décadas, ya como director de La Vanguardia, vería reflejada esa misma percepción con Companys encaramado en el balcón de la independencia, espantado el periodista de que sus conciudadanos pasasen por torpes y ridículos separatistas frente a sus amigos de fuera de Cataluña. Probablemente, tras la declaración del martes de la suspendencia -valga el neologismo para el esperpento- por parte de Puigdemont, las críticas de Gaziel hubieran sido incluso más acres al constatar el empecinamiento nacionalista para encubrir su absoluta impotencia con la ilusión morbosa de la independencia.

Si el Estat Català de Companys persistió unas horas, el metesaca -sea dicho en términos taurinos- de Puigdemont perduró escasamente ocho segundos tras validar el pucherazo del pseudoreferéndum del 1-O, en el que ya no solo se suplantó la legalidad constitucional y autonómica, sino su legislación alternativa, para luego reclamar del mismo Parlamento que la dejara en suspenso, sin celebrar sesión alguna para ese menester. Un galimatías que era digno corolario a un proceso kafkiano que ha desatado una salida en tropel de empresas y siembra de sal los campos de riqueza de una pujante Cataluña reducida por el nacionalismo a declinante Catatonia.

Al tiempo, el estado de angustia agolpa ante las consultas de los psiquiatras a aquéllos a los que no les queda otra que quedarse y son rehenes de quienes les sustraen sus derechos más básicos. Esa mayoría silenciada -los “inadaptados” los llaman con jerga de Gulag- que el domingo pasado salió a la calle a decir “¡Basta, ya!”. Se hace verdad que “los mayores enemigos de Cataluña son los mismos catalanes”, como subrayaba aquella vieja cita -nada menos que de 1646- que John H. Elliot trae a colación en su obra La Revolución de los Catalanes.

A la expectativa de si Puigdemont se ratifica o no en su deliberadamente confusa proclamación de independencia, de modo que active o frene el artículo 155 de la Constitución, el Gobierno se felicita de que haya funcionado la política de blocao de Rajoy y la pelota esté en el tejado de Puigdemont. Secundando aquella estrategia que Pemán adjudicaba a Franco, Rajoy se parapeta en su fortificación -blocao- y aguarda el desgaste rival. A base de esperar y ver, Rajoy exaspera a propios y extraños hasta agotarlos. Pacientemente, aguarda a que el adversario cometa el error -por ejemplo, la esperpéntica declaración de independencia- y le saque de la inacción. Sus detractores pensarán, en cambio, que Rajoy se atiene al Manual del perfecto agachado. “Las claves para salir ileso y salvar el honor -concluye su punzante autor, el sociólogo Saka Tong, japonés recriado en México- consiste en fingir ceguera sin darse nunca por agraviado”.

Merced a ello, Rajoy ha logrado granjearse el apoyo juzgado imposible de Pedro Sánchez. A cambio, eso sí, de que el PSOE module la aplicación del artículo 155, al que había estigmatizado contra el criterio de sus mayores, y de que se franquee la puerta a una reforma constitucional. Por carácter, Rajoy rehúye emprender camino alguno solo, cual llanero solitario, y prefiere siempre ir en compañía de otros. Primordialmente, formando pareja de Estado con el PSOE, por ser un resuelto defensor del bipartidismo, cual Cánovas en post de su Sagasta.

Lo ha perseguido con Sánchez hasta el límite de lo tolerable, pasando por alto descalificaciones -cuando no insultos- de aquél con quien ahora forma extraña (y de ocasión) pareja de baile. Mucho más rara incluso que la cinematográfica de Walter Matthau y Jack Lemmon: “Todo lo que haces me irrita y, cuando no estás, me irrita imaginarme lo que harás cuando vengas”. Tras su avenencia con Rubalcaba, con quien negoció la operación de Estado de la abdicación de don Juan Carlos, Rajoy establece lazos con Sánchez. Ambos empujados por el nivel del envite independentista y, de paso, para segarle la hierba electoral a un crecido competidor directo como Rivera que llena el zurrón de votos a dos manos.

Ya en su día, cuando Aznar reunió a sus ministros de su estricta confianza para ilegalizar a Batasuna, Rajoy defendió que debía hacerse con el concurso del PSOE, pese a que ello supusiera, en la práctica, no hacerlo. Los socialistas no estaban por esa operación de alto riesgo. Finalmente, Aznar, por medio de Mayor Oreja, se arriesgó y su órdago se reveló providencial para acabar con ETA. A veces, el benefactor consenso, que arranca con el pacto constitucional de 1978 y se interrumpe abruptamente en 2004 con la política de exclusión del Pacto del Tinell que promueve Maragall, puede tornarse en excusa perfecta para dejar de lado cuestiones clave.

Mucho más cuando el buenismo imperante, de la mano de una ciudadanía fácilmente manipulable con solo exhibir un par de imágenes falsas, rehabilita la política de apaciguamiento que quedó desacreditada desde el acuerdo de Múnich de 1938, cuando Chamberlain, en palabras de Churchill, “tuvo que elegir entre la guerra y el deshonor; eligió el deshonor y se encontró con la guerra”, tras anunciar “la paz en nuestro tiempo” en loor de multitudes.

Ello puede hacer ahora que, atajado el golpe, bien porque Puigdemont haga un Ibarretxe dimitiendo o por otra razón que está por ver, se genere un caldo de cultivo que propicie una independencia a plazos en la que la cuestión ya no sería el referéndum, sino exclusivamente las condiciones del mismo, originando una cuarta ola. Tras el catalanismo, nacionalismo e independentismo, el derecho de autodeterminación. Parcelando la soberanía nacional, el separatismo habría cosechado, a la postre, una dulce derrota. De hecho, ya lo apuntó la víspera del 1-O MoisésMas cuando, para desconcierto de los suyos, dijo a la prensa inglesa -siempre tan sensible con los males de España- que Cataluña aún no estaba preparada para la independencia.

Sería la estación término de una estrategia emprendida por Pujol en la que el Gobierno español se ha dejado jirones de soberanía hasta quedar desnudo como los hijos del mar. Todo ello por temor a una confrontación con un nacionalismo que le ha correspondido con deslealtad irrefrenable. Rajoy debiera saber que hay que ser, desde luego, zorro para conocer las trampas -y más si éstas son saduceas, como las soberanistas- y evitarlas, pero también león para apartar a los lobos, como advertía Maquiavelo.

Con dádivas y mercedes no se amansará a quienes viven del independentismo como tampoco con reformas constitucionales que coqueteen con conceptos vidriosos como el de una España plurinacional, con el riesgo de balcanización que ello entraña. Jamás contentarán a los que han hecho del descontento un negocio, al tiempo que descalcificaban el Estado y lo dejaban presto a desmoronarse al menor soplo. Como máximo, daría para ir tirando una temporada detrás de políticos burriciegos que no ven más allá de la siguiente cita electoral y desatentos de la suerte que corran venideras generaciones.

En vez de ello y no quedar al pairo de un definitivo “Adéu, Espanya”, mejor se haría en asentar los pilares de la nación más antigua de Europa, por muy alta confianza que haya en que esa navecilla “no ha de naufragar jamás, por más que llegue el agua al cuello”, como animaba sor María Jesús de Agreda a Felipe IV en aquel ayer en que no había monjas que orasen y laborasen por la destrucción de España.

En consecuencia, Rajoy haría bien en tentarse la ropa y en no pagar por recuperar el reloj -sobre todo, si es el que marca la hora de España- a aquéllos que se lo han desvalijado y que le venderán el favor -no graciable precisamente- de reintegrarle lo que siempre le perteneció. No sea cosa de que le pase lo que al premier británico Asquith en la cumbre interbalcánica de marras.

Francisco Rosell, director de El Mundo.

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