París bien vale una misa

Cuando se aproximaba el año mil, los habitantes de la Europa occidental tuvieron un ataque de pánico. Las crónicas de aquel tiempo providencial refieren que los pecadores se arrepintieron, los malvados se tomaron un descanso y todos juraron a amigos y enemigos que habían cambiado para bien y para siempre. Ayunos, privaciones y confesiones preparaban el final del mundo, que esperaban inmediato. La atmósfera milenarista, tan bien reflejada en las pinturas de Jheronimus van Aken, El Bosco, con sus estampas de infierno y paraíso, se apoderó de los reinos cristianos europeos. Transcurrido el instante crucial, el tiempo contado desde el nacimiento de Jesucristo continuó su transcurso. El 1 de enero del año mil fue un día como otros. Los pecadores regresaron a sus labores. París tenía por entonces siete mil habitantes. Córdoba, la majestuosa capital hispanomusulmana de un Califato independiente desde 929, quizás llegaba a trescientos mil. Es importante notar que entre los muchos escritos aparecidos en los medios de comunicación, nadie ha dudado que la catedral de Notre Dame, Nuestra señora de París, construida entre 1163 y 1345 en su primera versión, sea francesa en origen. Por el contrario, se ha subrayado hasta la saciedad que se trata de un monumento entrañable para los franceses, de cualquier creencia, origen y condición, ateos, agnósticos, budistas, protestantes y por supuesto católicos. El caso español, por contraste, llama la atención. Solo en España padecemos políticos e intelectuales de guardia infectados de negacionismo cultural nacional.

Si cuando se levantó Notre Dame en el siglo XII, todos eran franceses y no hay problema alguno en reconocerlo, ¿por qué no podemos calificar como españoles a los héroes navegantes dirigidos por Juan Sebastián Elcano, que retornaron en 1522 a Sanlúcar de Barrameda de la primera vuelta al mundo, tres siglos después de que existiera la catedral parisina? La confusión interesada e ignorante entre nación cultural y formas diversas de nación política, muestra la manipulación contemporánea de la historia española y europea anterior a 1800. Existen en Europa unas cuantas naciones anteriores al nacionalismo decimonónico, Francia, Inglaterra y España entre ellas. Más orgánicas que mecánicas, más barrocas que ilustradas, formadas por miembros integrados como brazos a un cuerpo político y no por piezas de quita y pon, representaron formas de compromiso y lealtad monárquicas, es decir, modernas. Personas, territorios y corporaciones con libertades y privilegios quedaban unidos por el reconocimiento del mismo señor natural, el monarca. Este vinculaba en su persona reinos, señoríos y ciudades, fragmentos de jurisdicción aquí y allá. Las primeras monarquías de Europa lograron con enormes dificultades consolidar una sucesión dinástica y devinieron en autoritarias, en el sentido de que poseían una autoridad reconocible, simbólica y expansiva.

Un bisnieto de Felipe II, el rey sol Luis XIV de Francia, llamado desde su nacimiento a obrar milagros, pues según las crónicas vino al mundo ya provisto de dientes, halló la fórmula de la monarquía absoluta, «El Estado soy yo». El monarca debía ejercer un poder omnímodo y dotarse de una administración, diferenciada de la política, que se hacía en la corte. Para competir y preservar sus dominios, tenía que cobrar impuestos y hacer la guerra. Todas las monarquías europeas tuvieron desde el siglo XV una vocación expansiva, en ciertos casos, además, ultramarina e imperial. Fue el caso de los reinos de Indias españoles. Es muy significativo que la capitalidad de París evocada estos días conecte con un archivo cultural y político de los franceses que data de aquellos siglos de consolidación europea en la edad moderna. Las reliquias, que se han salvado del incendio, son una de las llaves que lo abren ante nuestros ojos. En Notre Dame se hallaba la santa corona de espinas, un fragmento de la cruz del calvario y uno de los clavos de Cristo, llegados allí desde Constantinopla gracias a las dificultades económicas de un emperador bizantino y el talento para los negocios, más mundanos que divinos, de los banqueros venecianos. El comprador fue el rey Luis IX, conocido como San Luis de los franceses, que en 1239 compareció en Notre Dame descalzo y revestido de una túnica blanca (otra de las reliquias) para depositarlas en sagrado. Imaginar la escena conmueve.

Es importante hacer notar que la densidad simbólica, el aura de las reliquias, organiza una geografía vital, orienta a los que allí acuden y marca un momento crucial, un rito de paso. Los catorce millones de fieles, peregrinos, turistas, viajeros, mirones y visitantes, que pasaban cada año por Notre Dame, pues de todo habrá en un volumen de gente tan considerable, formaban una multitud variable en intereses y actitudes, descalificada en comentarios banales y apresurados. La turismofobia desde luego no tiene nada que ver con los significados profundos de Notre Dame, París, Francia o Europa. El hecho de que en 2018 noventa millones de turistas fueran a Francia pese al alto costo relativo, permanentes huelgas de transportes, terrorismo islamista, chalecos amarillos que incendian todos los fines de semana los Campos Elíseos y hasta el habitual mal humor parisino, constituye un milagro. Se calcula que la mitad de ellos fueron turistas «culturales», de alto poder adquisitivo, interesados en monumentos, museos y gastronomía.

En España tuvimos 83 millones de turistas, pero solo 15 millones acudieron a la llamada de nuestra maravillosa y nunca suficientemente divulgada oferta cultural. La reconstrucción de Notre Dame se ha convertido en un proyecto para los franceses del siglo XXI. El desfile de multimillonarios del lujo que compiten por aportar dinero muestra una actitud encomiable, pero el problema de la Europa monumental y patrimonial no es solo el de la restauración de monumentos, sino el de su costosa preservación a largo plazo. Un flujo ordenado y regular de visitantes puede otorgar sostenibilidad a Notre Dame y a todas las demás catedrales y urbes europeas. Incluso las inglesas, como Canterbury, donde a pesar del triste Brexit se oraba para que su comunidad superara el dolor y encontrara consuelo. Frente a la obsesión de tantos por utilizar el pasado de los europeos en aras de la venganza y el resentimiento populista, la lección de estos días muestra que existe en nuestra historia común una posibilidad de mirada compasiva y constructiva.

La globalización constituye una era neoimperial y los europeos no tenemos las mejores cartas para jugarla. Sin embargo, hasta el último rincón del planeta se ha sentido la vibración empática con la tragedia de Notre Dame. Se trata de otra paradoja, el triunfo resonante y global de la cultura europea en contraste con la evidencia de una crisis demográfica, política y de valores. Fue el protestante Enrique IV quien, según parece, pronunció en 1594 la famosa frase «París bien vale una misa», cuando aceptó convertirse en católico para reinar. Resulta más persuasivo pensar que había entendido la importancia de la capitalidad de París y la necesidad de llegar a compromisos para lograr sus objetivos. Ojalá que este espíritu se mantenga durante la inmediata reconstrucción.

Manuel Lucena Giraldo es miembro de la Real Academia de la Historia.

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