París se equivoca

Por André Glucksmann, filósofo francés (EL PAÍS, 06/03/03):

Hay dos cosas que siempre le costará hacer a un pueblo democrático: empezar la guerra y acabarla. Tocqueville.

Los habituales malentendidos transatlánticos llevan hacia la ruptura. Es hora de que cada uno se ocupe de sus propios asuntos y busque las responsabilidades de su propio Gobierno. Me parece que las de París son cinco:

1. Una empresa de demolición. Como réplica a los 8+10 Estados europeos solidarios con Estados Unidos, Jacques Chirac selló en París, con gran pompa (10-11 febrero de 2003), una “alianza por la paz” con Vladímir Putin. Reavivó así el recuerdo, punzante en Europa central, de tres siglos pasados bajo la suela del “hermano mayor” ruso, soviético o no. Para agravar el sentimiento de inseguridad de las naciones recién liberadas, preocupa el rechazo a entregar a Turquía armas defensivas: en caso de peligro, ¿quién acudiría en su ayuda más que Estados Unidos? Mientras la comunidad europea se resquebraja, y la OTAN está a punto de estallar, la pareja franco-alemana, que se cree “Europa”, habla en nombre de 25 países, mientras que sólo representa a tres (con ayuda de Bélgica). Los duetistas bombardean a los estadounidenses con reproches de arrogancia y unilateralismo que es fácil devolverles. ¿Se puede, en un momento de locura, cortar la rama de la que colgamos? ¿Hay una forma más contraproducente de trabajar por la unidad europea?

2. Un escándalo moral. La coalición Francia-Alemania-Rusia + China + Siria se autoproclama eje “moral”, “campo de la paz”. ¿De quién nos burlamos? El “partido de la antiguerra” tiene un pie en la guerra. Recordemos a los desmemoriados el Cáucaso, donde el Ejército ruso arrasó una capital, Grozni, sembrada, durante 10 años, de entre 100.000 y 300.000 cadáveres, es decir, un checheno de cada 5 o 10 (proporcionalmente para Francia: entre 6 y 15 millones de asesinados). No hay peor guerra hoy que la guerra contra los civiles. Está clasificada con el número 1 en el Genocide Watch del Museo del Holocausto de Washington (¡poco sospechoso de propaganda islamista!). ¿Con qué sueñan nuestros pacíficos y nuestros pacifistas cuando Chirac asegura a Putin (toma y daca) su apoyo? Es verdad que en Chechenia el Ejército ruso no lleva a cabo una guerra en el sentido clásico, sino que organiza una carnicería. “Pulverizar con explosivos a vivos y muertos es la última táctica introducida en el conflicto de Chechenia por el Ejército federal ruso. (…) En la aldea de Meskyer Yurt, 21 hombres, mujeres y niños fueron hacinados y pulverizados con una granada y explosivos; sus restos se echaron en un agujero…”. (Newsweek, 14-10-2002).

¡En nombre del derecho internacional, París y Berlín eligen nuevos aliados, y son testigos, gracias a la abstención de los europeos, de la elección de Libia a la cabeza de la Comisión de los Derechos Humanos de la ONU! Putin, Yang Zeming, Gaddafi, Assad, ¿por qué el “campo de la paz” colecciona verdugos?

3. La reducción de la democracia y la demagogia. El 80% de los occidentales está a favor de la paz, contra la guerra. ¿Quién no lo estaría? Apelando a “la opinión mundial”, deslegitimando a los otros Gobiernos, calificándolos de “vasallos” de los belicistas, París y Berlín reeditan los argumentos de los “movimientos por la paz” estalinianos. Los revolucionarios de antaño jugaban a “los pueblos” contra “la democracia formal”. ¿Pondrían a su vez en duda Schröder y Chirac que en una buena democracia las decisiones no se toman ni en los institutos de encuestas, ni en la Bolsa, ni en la calle, sino en las urnas? Londres, Praga, Sofía, Madrid y Varsovia alinean responsables electos tan representativos como París y Berlín.

4. Una estrategia de la impotencia. La misma opinión mundial (un 75%) ve en Sadam un peligro para la paz. En efecto, basta uno solo para desencadenar un conflicto, pero que tiene que haber dos para que haya un desarme; ahora bien, desde hace 12 años, Bagdad obra con astucia y tergiversa las cosas. Un Estado maligno camufla fácilmente instrumentos de terror biológicos o químicos, coinciden los científicos. Eternizar las inspecciones, multiplicar los inspectores, permite al dictador jugar hasta el infinito con las prolongaciones. El “plan” franco-alemán recuerda la inútil interposición de los cascos azules en Bosnia: dando tiempo al tiempo, acabaron entonces como rehenes y escudos humanos; 83 soldados franceses pagaron con su vida esta siniestra broma.

5. Una dimisión ante la urgencia. Las buenas almas cuchichean: desde luego, el tirano iraquí es un crápula, ha torturado, asesinado, enviado a la cámara de gas. ¿Pero cuántos otros jefes sanguinarios despueblan los cinco continentes? ¿Por qué ensañarse con él? Porque, con razón, da más miedo. Porque perpetúa un polvorín permanente en el corazón de la zona de las tempestades. Porque hay que impedirle que juegue con cerillas apocalípticas.

Imaginemos a Kim Jong-il, con su arsenal, reinando en Irak, amenazando con pulverizar Riad en lugar de Seúl. ¡Qué terror paralizaría entonces al planeta! Agitando bomba y misiles, lanzaría su OPA sobre los tesoros de Arabia para adjudicarse todo el poder petrolífero, financiero y sobre todo teológico (La Meca). Llegaría entonces a la meta que se pusieron Jomeini, y luego Sadam, al invadir Kuwait, y después Bin Laden vía Manhattan: autocoronarse Führer del Islam. El problema de Irak no es el de una dictadura local, sino el de un peligro mundial. Si escuchamos al “partido de la paz”, sería demasiado pronto (Irak no tiene armas nucleares: es inútil intervenir) o demasiado tarde (Corea del Norte posee un arma nuclear: demasiado peligroso) para prohibir, sin condición, un rearme criminal.

París y Berlín viven en una nube. Se les puede y debe criticar sin atribuir por ello a los estrategas estadounidenses cualquier tipo de infalibilidad o cheque en blanco.