París, una ciudad necesaria

No sé si deberíamos decirlo con vergüenza o con orgullo. Mi generación, la primera vez que salió del pueblo, fue a París. No era cuestión de haber nacido en Madrid o Barcelona, o en aquellas Florencias del Norte,que así se llamaban a sí mismas sin ningún sentido del ridículo las ciudades húmedas y oscuras, como sótanos abandonados. No es que mi generación, tan suertuda ella, saliera del pueblo para ir a París. Es que hasta que no se acercó a París vivió convencida de que no había salido del pueblo. Y era tan cierto como duro de admitir. Se lo recuerdo para que no llenen de mentirijillas las cabezas de sus nietos. Entonces se viajaba en tren, salvo los muy pobres que lo hacían en autocar. Había quienes lo hacían en avión o en coche y desde Barcelona, pero yo de eso sé menos, yme temo que no pertenecían a lo que doy en llamar mi generación.

El tren que hacía Madrid-París obligaba a un transbordo en la frontera. Irún-Hendaya. Es pena que nadie haya reconstruido aquellos momentos estelares de nuestra vida. Entrando o saliendo, da lo mismo, pero describir paso a paso nuestros gestos, llevando la maleta, arrastrándola – no se había inventado aún la rueda para estos menesteres-,mostrándola ante el guardia civil impasible e implacable, un gesto. Todos los guardias civiles de entonces parecían salidos de unos versos de García Lorca, y algunos ni eso. Transcurrían unos minutos dedicados a la arbitrariedad, que en ocasiones podían condicionar tu vida y tu miedo. Nunca he pasado una frontera sin tener la conciencia de que estoy burlando alguna ley, de que algo de lo que llevo me convierte en delincuente. Aunque la cruce caminando y sin otro bagaje que un pasaporte, siento que podrían acusarme de algo. Me gustaría odiar las fronteras, pero no me da tiempo, las temo.

¿Y el alivio? ¿Quién no sentía una sensación de alivio al cruzar esa maldita frontera por más que el gendarme nos tratara con ese desprecio que se manifiesta hacia lo ajeno y lejano, como los perros sin dueño, o los emigrantes de ojos grandes y boca pequeña? Pero así era. Y así llegábamos a París, para ocuparnos de las cosas más incongruentes y llevar las vidas más invivibles. No sé qué tenía esa ciudad, que nos engullía sin que nos diéramos cuenta; cambiábamos de hábitos, de aficiones, de amistades, de todo…, era el milagro laico. Unos mequetrefes que no llegaban a métèques,con problemas de lengua y de dinero y de identidad, y hasta de conciencia, se sentían tan cómodos y asentados en la ciudad como si vivieran en el Boulevard Saint-Germain y desayunaran en el Flore y leyeran Le Parisien.

No tenía nada que ver con la cursilería ni la bisoñez del primer amor, el primer viaje, ni el primer gozo sin penitencia, era otra cosa. La sencillez de vivir sin que te interrogaran, de pensar sin que tuvieras que arrepentirte, de poder hablar sin necesidad de justificarte. No era fácil vivir en París, pero merecía la pena. Fue para muchos de nosotros una ciudad necesaria, sin comparación con ninguna otra de las que conocimos después. Bastaban unas semanas, incluso varios fines de semana acumulados, y si me apuran, uno solo que cultivara la imaginación, que la hiciera fermentar, para que la experiencia de París formara parte de nuestra educación, no sé si sentimental o sencillamente humana. Nada que ver con el amor. Hay ciudades que adoro y donde me gustaría vivir durante años, Lisboa, Turín. No es el caso de París. Con París me ocurre otra cosa; es lo inexplicable de lo necesario.

Y resulta que lo necesario es tan variable como nosotros y tiene ese aditamento personal, casi íntimo, que convierte las necesidades en secretos bien guardados. Me temo que cada cual tenga sus rituales parisinos, como me ocurre a mí, y que el hecho de contarlos, de exhibirlos, le parezca uno de esos desvelamientos de la intimidad, como esas confidencias que al hacerlas públicas resultan de una ingenuidad casi patética. Bastaría eso para reivindicar la ciudad como necesaria. Pertenece a nuestro yo, a lo que verdaderamente somos y no a lo que aparentamos.

Siempre que paso por París me pregunto lo mismo, y cuanto más lo hago menos encuentro respuestas que me resulten satisfactorias. Ni siquiera me consuela pensar que de ninguna ciudad en el mundo se ha escrito tanto y que muchos se han encontrado en tesitura semejante, ante esa experiencia personal e intransferible. Un lujo que cada cual tenga su París íntimo, difícil de transmitir, tanto, que sospecho, ome temo, que todo se reduzca a un fenómeno testimonial, ligado a una época histórica, incluso a un siglo, y que quienes nos siguen, las otras generaciones, no sentirán nada similar. ¿Y qué?

Quizá para ellos existan otras ciudades necesarias. O quizás no, y eso sí sería tan preocupante como una desgracia, casi una maldición. Que no existiera ese tipo de lugares donde uno adquiriera, por el sencillo hecho de estar, de vivir, de levantarse por las mañanas y caminar, cruzar parques, flanear en las calles atendiendo a lo que Balzac llamó el gran poema del escaparate,ir al cine o al teatro, adquiriera digo, esa sensación de no necesitar de nada, de estar lleno. No sé si ese emblema que yo deposito en París se ha trasladado a otros lugares – Nueva York, LondresoBerlín-.Yo seguiré fiel a ese símbolo, sin nostalgia alguna por el tiempo pasado, que fue jodido y miserable, pero me basta saber que veré una película kazaja, en un cine normal sin que me convoquen a hora fijada en una especie de museo para estilistas,al modo de los cinefórum del pasado. Y que seguiré a directores y temas que pertenecen a mi mundo, lo que acaba de hacer Andrzej Wajda, o un documental sobre Daniel Ellsberg y Los papeles del Pentágono.Cosas que con toda seguridad jamás podré disfrutar en Barcelona o Madrid, a menos que le haga la pelota al fantasma de turno que controla las cosas esas del cine cosmopolita. Bastaría eso, porque el cine no sólo es la base cultural de nuestra generación, sino la parte cuya ausencia y escasez más notamos. Quizá por eso también París es necesario, porque está tan vinculado al cine, a la pantalla, que seguiríamos yendo para hacer la pequeña cola que nos concede ese privilegio.

A lo mejor somos los últimos y cerramos ese ciclo de nuestra cultura que empezó hace ya mucho cuando surgió la idea de que hasta los niños venían de París. Es pena que no haya nadie que se detuviera en esa reflexión cargada de sentidos. Si de pequeños y durante más de un siglo aseguraron que “los niños venían de París”, ¡cuántas cosas debía de tener París para que exportara generaciones enteras de españoles! Cualquier padre se pondría en camino del frenopático si osara contarle a su hijo,  aprovechando una pausa en la PlayStation, que su hermanito va a llegar de París.

¿Por qué los niños venían de París? De qué otro lugar del mundo iban a llegar a España, que tuviera más sentido que París. Es cierto que ese viejo referente metafórico y variado de sentidos, polisémico diríamos los pedantes, se ha roto, pero no menos que el de los Pasajes, esa especie de invernaderos parisinos de hierro y cristal para comercios elegantes que obsesionaron a Walter Benjamin. Cumplían la misma finalidad que hoy desempeñan los grandes centros comerciales.

Quizá haya muchos París, y cada cual tenga el suyo, para exhibir o guardar. Es divertido que el nuevo paleto ya no mire a París, como nosotros, sino a Nueva York. El substrato del provinciano se mantiene como una marca indeleble de cierta condición de adolescente. Para qué lamentarse; buena parte de la gran literatura trata sobre problemas de adolescentes que se niegan a ser adultos. ¿Qué es Hamlet, sino eso también? Una ciudad no tiene su importancia por ser capital de tal o cual Estado, sino por lo que representa de capitalidad para nosotros. Capitales las hay del dolor y de la gloria, y hasta del olvido. Pero la de París sólo la puedo entender como inseparable de nosotros, como si nos hubiéramos pegado a ella para refugiarnos en momentos de dudas sin certezas.

¿Y si fuera que París nos ayuda a pensar más allá de nuestro ombligo? Pues a lo mejor también es eso, que nuestras ciudades, con alcaldes democráticos, asociaciones varias, dosis de autosatisfacción en raciones bulímicas, nos agotan las meninges y hemos de volver a las ciudades necesarias, las que existen para vivir libre y tranquilo, sin necesidad de gastarse millones para hacerse notar en sus efímeros festejos y su vanidosa inanidad.

Gregorio Morán