Parodia del juez perseguido

Hace dos meses y un pico, en estas mismas páginas, escribí una especie de paso breve a propósito de los dineros que el juez Baltasar Garzón había pedido al presidente del Banco Santander y que, al parecer, eran para subvencionarse unos cursos en Nueva York. Hoy me propongo hacer algo parecido en relación a los modos que el señor juez está empleando en su defensa ante el Tribunal Supremo (TS), con especial acento en el sentimiento que tiene de ser víctima de una «cruel campaña de acoso».

Al igual que entonces, las líneas que siguen son imaginarias, como inventados son los nombres de sus personajes, salvo el del protagonista. Y lo mismo que en aquella ocasión, mis palabras están inspiradas en la obra de Ugo Betti Corrupción en el Palacio de Justicia -segundo acto- y guiadas por el único afán de ver la manera de que el señor Garzón recobre la cordura. Mesura, compostura y hasta actitud deportiva fueron siempre muy recomendables para los jueces. Simpatizo con la paciencia y, según sabio consejo que nuestro nobel Cela me dio un buen día, antes de sacar los pies de las alforjas es preferible aguantar hasta el sufrimiento.

Con el deseo de hablar con la frialdad y hasta neutralidad exigibles, quisiera ceñirme a la consideración de los últimos acontecimientos relacionados con el juez Garzón; o sea, la admisión a trámite por el TS de una tercera querella interpuesta contra él por haber ordenado intervenir y grabar las conversaciones mantenidas en prisión entre los imputados del caso Gürtel y sus abogados, fueran designados o expresamente llamados. También al escrito de alegaciones que presentó el viernes pasado en el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), suplicando a la Comisión Permanente que no decrete su suspensión provisional, al tiempo que, mediante otrosí, recusaba a tres vocales de esa institución.

En cuanto al tercer procedimiento abierto a su señoría, quizá no esté de más repetir lo que tantas veces he dicho. El Estado de Derecho no es una panacea sino un sistema que tiene sus servidumbres y la teoría de que el fin justifica los medios es una pragmática y deshonesta argucia. Quienes piensan y hasta declaran que todo vale -por lo visto, muchos más de los que creíamos- no pueden ser espejos en los que nadie, y menos un juez, puede mirarse si no es para escapar de su imagen como del fuego.

En cuanto al estilo de defensa del señor Garzón, sólo recordar que la justicia es el arte del equilibrio y el de dar a cada uno lo suyo y que para defender y defenderse es muy saludable hacerlo con humildad -que no humillado-, antes que con orgullo y prepotencia. El abogado, en buena teoría, es un gladiador que actúa con nobleza y el olvido de esta evidencia puede conducirle al más estrepitoso de los fracasos.

Dicho lo cual, las escenas que a continuación describo se desarrollan en la biblioteca del tribunal a la que han acudido, convocados por el juez G., algunos fiscales y jueces de la Audiencia.

Habla la fiscal del juzgado.- Baltasar, ¿te encuentras mal?

El juez G.- No; estoy bien. Sólo es cansancio. No es justo lo que me está pasando. Soy un magistrado de prestigio, el juez español más conocido en España y en el extranjero.

Habla otra fiscal.- El mejor. Veinte años de irreprochable carrera. Esto es una avalancha nacida de la envidia. A la gente le encanta acusarte; tienes muchos enemigos.

El juez G.- Ya, pero ¿qué me dices de algunos periódicos, de EL MUNDO, de Pedro J. …? ¿Y del Partido Popular, que gracias a mí y al caso GAL ganaron las elecciones del 96?

Habla un juez.- Tienes razón, pero no le des más vueltas. Todos sabemos que se trata de una maniobra para deslegitimar tu trabajo.

Habla la fiscal del juzgado.- Y los primeros, tus colegas del Supremo. Varios de ellos se han empleado a fondo para poner en movimiento las ruedas de la maquinaria; son ellos los que te apuñalan.

Interviene otro juez.- Tienes la opinión pública a favor. Mira la encuesta que El País publicaba ayer. El 61% cree que lo tuyo es una persecución. Jamás un juez ha contado con tanto apoyo.

(En ese momento, el agente judicial entra en la biblioteca. El juez G. está de guardia).

– Con permiso. Don Baltasar, ¿puede salir un momento? Tenemos una solicitud de entrada y registro.

(El juez G. abandona la reunión para atender a la policía que espera el mandamiento. En su ausencia, la conversación continúa).

Habla un magistrado de la Sala.- Baltasar está fuera de la realidad. Se cree todavía fuerte.

Interviene la segunda fiscal.- ¿Qué quieres decir?

Responde el magistrado.- Pues que hasta ahora se ha sostenido por las relaciones políticas, pero incluso sus protectores le han perdido el respeto. Dada su situación, más le valdría estar callado y dejar los aires de superioridad.

Interviene otro magistrado.- ¡Jod…! Es que estamos hablando del Tribunal Supremo y del Consejo. No se les puede insultar como él y sus amigos de El País lo están haciendo.

Habla el magistrado M. P.- De todas maneras, me parece que a Baltasar hasta sus amigos le han puesto la zancadilla, pero no soy yo quien debe hablar.

La fiscal del juzgado.- ¿Pero es que has oído algo?

El magistrado M. P.- Bueno… la otra tarde… maledicencias. Estábamos unos cuantos en la cafetería Riofrío y alguien dijo…

(Antes de terminar la frase se abre la puerta y entra el juez Garzón. La aparición produce un rápido cambio en los presentes en la reunión. Las caras se transforman).

Interviene el juez I. N.- ¿Qué pasa, Baltasar?

El juez G.- Disculpadme, ¿ha venido por aquí un secretario del Consejo?

El juez I. N.- No. ¿Qué ocurre?

El juez G.- Parece que está intentando localizarme. Debe ser algo relacionado conmigo.

(Justo, en ese instante, aparece el secretario del CGPJ)

-Baltasar, tengo que comunicarte algo reservado.

– ¿Has dicho reservado?

(Los otros jueces y las dos fiscales se retiran a un extremo de la sala. El secretario habla en voz baja dirigiéndose al juez G. Al cabo de un par de minutos, el secretario se va. Se reanuda la conversación).

La fiscal del juzgado.- ¿Qué pasa? ¡Estás blanco como la pared! ¡Ni que se te hubiera aparecido el diablo?

El juez G.- ¡Estoy jodido! Se acabó. Me ha dicho que en el Consejo ha sentado fatal mi escrito de alegaciones y que hay vocales dispuestos a suspenderme; al parecer, es cuestión de días.

El magistrado M. P.- ¡Qué putada! Tienes que resistir. Verás como al final queda en nada. Como mucho, medio año más, luego el juicio, sentencia absolutoria y enseguida de vuelta.

(De pronto el juez G. se calla; respira con fuerza; se sienta; se refugia la cara entre las manos. Se hace el silencio. Sus compañeros se acercan a él).

Habla el juez I. N.- Cuenta con nuestra adhesión, aunque tal y como están las cosas, quizá no sea conveniente que pongamos gran entusiasmo. Es evidente que en el Tribunal Supremo y en el Consejo están que trinan.

El juez G.- Pero ¿por qué?

El juez I. M.- Pues por tus insultos, tus amenazas y tus recusaciones. Hasta Carlos ha tenido que salir a dar la cara por ellos. Pero a quién se le ocurre recusar a tres vocales. Tú, precisamente tú, hablando de neutralidad y de apariencias de imparcialidad. Y encima citando el caso de Rafael Vera.

Interviene el magistrado M. P.- Baltasar, somos los primeros interesados en que la cosa no vaya a mayores y que salgas bien de ésta. Con toda confianza, ¿quieres saber mi opinión? Sé que no te va a gustar oírlo, pero tus alegaciones del otro día fueron suicidas. Todo lo que has hecho es un desquiciamiento.

Interviene la segunda fiscal.- Baltasar, no debes obstinarte en seguir aquí. Cada minuto que pases en esta casa será peor.

El juez G.- ¿Qué insinúas? ¿Qué me vaya ahora mismo, antes de que me echen? Nunca, nunca. ¿Te queda claro? No me moveré de aquí.

Habla el juez I. N.- ¿Cómo? ¿Quién lo va impedir? ¿Tus amigos de la prensa para que pongan más veneno en el cepo? Pues muy bien. Haz lo que quieras, pero allá tú.

La fiscal del juzgado.- Aunque sea por unos días. Deja pasar un poco de tiempo; que la situación se enfríe.

Interviene el magistrado M. P.- ¡Baltasar, sé hábil! Dales un poco de cuerda. Olvídate, por el momento, de las campañas de apoyo, de las plataformas de adhesión, de los manifiestos en tu favor. Es preferible el silencio. El ruido te perjudica.

El juez G.- ¿Tú, José Luis, qué piensas?

Interviene el magistrado José Luis M.- ¿Yo? Pues que hoy mismo deberías dirigir una carta al Consejo, una carta tampoco muy larga, diciendo sencillamente que, en vista de la situación, no te encuentras con fuerzas para seguir en la Audiencia…

El juez G.- Y después, ¿qué?

El magistrado José Luis M.- Pues, con tranquilidad, casi de puntillas, recoges tus cosas, te metes en casa y te dedicas a reflexionar. ¿Sabes lo que podrías hacer también? Escribir. Por tu cuenta, despacio…

(El magistrado José Luis M. estuvo a punto de decirle que procurando mejorar la sintaxis, pero optó por callar).

El juez G.- ¿Escribir qué?

Interviene el juez I. N.- Me parece una gran idea. Una especie de memorial, explicándolo todo. Como aquello del «hombre que veía amanecer», pero en lugar de amanecer, pues… que veía atardecer e incluso anochecer. Así pasarás el tiempo.

La fiscal el juzgado.- Haznos caso. Lo importante es la cartita al Consejo. Tiene que llegarles antes de que tomen una decisión irreversible. Con ella les apaciguarás y hasta les darás compasión. Tienes que escribirla ahora mismo.

Por fin, aunque a regañadientes, el juez G. acepta el consejo de sus colegas y pide papel y bolígrafo. Mientras escribe, el magistrado José Luis M. le pregunta:

– Ya que tanto te gusta la caza, ¿sabes lo que es más desagradable para un cazador?

– No

– Pues rematar al animal herido. Cuando una pieza abatida se debate entre la vida y la muerte, hay que tener lástima por ella. El buen cazador prefiere que el animal herido expire por sí solo. No soporta verle resistir, palpitar, empeñado en vivir. ¿Horrible, verdad?

Mirando bien la cosa, o sea con serenidad y aplomo, hay animales que aunque parezcan indefensos, son feroces jabalíes que, en su huida, no se quieren ir de vacío. Nadie debe olvidar que existen juegos cuyo final es la aplicación implacable de las normas del propio juego.

– Baltasar, ¿podría añadir algo?

– ¿Qué?

– Quisiera decirte que mi modesta ayuda… mi leal saber y entender, si es que te fueran de utilidad… te las ofrezco muy gustoso.

– ¿Quién sabe? Lo pensaré, aunque, antes que a ti, prefiero a mi amigo el ex fiscal Enrique.

Javier Gómez de Liaño, abogado y magistrado excedente.