Partido de supuestos

El domingo los socialistas se retrataron como nunca antes lo habían hecho. Después de descubrir qué candidatos osaban competir por la secretaría general, los afiliados del PSOE ya saben cuántos de ellos se han decidido a participar en la consulta y con qué respaldo cuenta el ganador, Pedro Sánchez. La campaña protagonizada por los dos aspirantes que habían obtenido un mayor número de avales -Sánchez y Madina- se ha caracterizado por una deliberada omisión de las diferencias, para eludir riesgos y evitar la imagen divisionista de una liza más enconada. De modo que en la opinión pública han prevalecido las supuestas intenciones y los supuestos matices que se le suponían a cada uno de ellos. Cautelas tan propias de la política de siempre que difícilmente pueden alumbrar el cambio predicado. De entrada ni Sánchez ni Madina fueron claros a la hora de precisar qué nivel de participación podía ser aceptable a la hora de consagrar la elección directa del secretario general. La temida perspectiva de que la afluencia a las “casas del pueblo” resultase muy baja ha podido dejar la sensación de que un 67% representa todo un triunfo. Imaginar lo peor sirve para contentarse con lo que resulte. Pero harían mal los socialistas si no se preguntasen sobre las causas de que un tercio de sus afiliados se haya abstenido, después de que también un tercio avalara a los candidatos a la secretaría general.

Todo se ha basado en el supuesto de que la celebración de la consulta a los afiliados permitiría la recuperación del partido, fuese quien fuese el designado; consigna esgrimida por los contendientes hasta la saciedad. Sin embargo, tras el escrutinio del domingo el secretario general in péctore se refirió a la necesidad de contemplar con calma las primarias, sin duda temiéndose que su celebración en noviembre dejaría al PSOE al margen de la dialéctica que se suscite en torno a la Diada y a la fecha de la consulta soberanista en Catalunya. Sus alusiones a que el socialismo debe “ganar” las autonómicas y locales de la próxima primavera dan cuenta de la inquietud que late en el partido. El supuesto inicial de que las primarias para la presidencia de gobiernos y la elección directa de los secretarios generales reactivarían a la base socialista no solo está en entredicho, sino que se encuentra sujeto a los imponderables de la agenda política general. Sencillamente porque hasta los socialistas saben que desnudarse en público puede tener su gracia e incluso despertar simpatías en la gente. Pero que los ciudadanos reclaman más solvencia democrática que exhibición. El supuesto derivado de que, al final, todos los partidos acabarán realizando primarias se cumplirá sólo si el experimento que ahora maneja Pedro Sánchez sale bien.

El supuesto de que las diferencias estribaban en que Pedro Sánchez era el candidato del aparato, mientras que Eduardo Madina conectaba directamente con la base, ha jugado al final en contra de este último. Aunque el propio resultado alimente tal suposición en los sectores más decepcionados por el recuento, la coincidencia territorial entre la recogida de avales y la cosecha de votos invita a pensar en una pugna entre pequeños aparatos y núcleos de influencia sobre los que se ha hecho valer la organización andaluza. Del mismo modo que el congreso de Sevilla catalizó una reacción contraria a dejar en manos de Carme Chacón la administración del patrimonio socialista, esta vez ha podido darse una contestación análoga frente a las aspiraciones de Madina. El adanismo de este no contaba con el paraíso necesario por su desapego hacia la multitud de reinos que componen el PSOE. La realidad partidaria se ha mostrado más proclive a la figura de Pedro Sánchez, supuestamente más dispuesto a ejercer de secretario general contando con la facticidad de los demás poderes socialistas.

Pedro Sánchez está, por supuesto, atado al discurso que presenta como único horizonte la vuelta de los socialistas al gobierno de las instituciones. Aferrado al supuesto de que tras un periodo de dolorosa contracción los socialistas protagonizarán la correspondiente expansión; como si la alternancia cíclica fuese una ley inmutable para cuyo cumplimiento sólo bastaría una actitud voluntariosa. Es comprensible que el nuevo secretario general trate de insuflar ánimos y se muestre ilusionado. Él puede transmitir sensaciones que Rubalcaba ya no podía ni simular. Pero la nueva ejecutiva socialista debería dedicar algunos minutos a pensar también en este otro supuesto: que el PSOE se vea condenado en lo inmediato a representar entre un tercio y dos tercios de los votos que haya cosechado en las mejores ocasiones. Aunque sea para, imaginándose lo peor, atenerse a lo que salga.

Kepa Aulestia

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