Partido Popular, ¡qué cuadro!

Por José María Izquierdo (EL PAÍS, 17/06/08):

Atacan a José K. vientos artísticos y se le agolpan ante sus ojos ya cansados vívidas imágenes de obras de arte grandiosas. Anda dramático nuestro amigo y un punto grandilocuente, y por eso cuando lee Rajoy se le aparece la famosa metopa griega arcaica, posteriormente reinterpretada por Tiziano, de Acteón asediado por los perros. Es pensar en el actual presidente del PP y, ay, le come la imagen del San Sebastián asaeteado de El Greco o, mejor, el de Mantegna, para no hablar del de Piero della Francesca.

A veces, en sus alucinaciones, cree reconocerle en la figura de blanco, en el centro del cuadro de don Francisco de Goya, de los fusilamientos del 3 de mayo. Incluso siempre que oye una referencia a este atribulado Mariano tiene que apartar la imagen de la estatua que Agesandro, Atenodoro y Polidoro le dedicaron a Laocoonte y sus hijos devorados por las serpientes. ¿Acaso no se parece el infante de la derecha a Alberto Ruiz-Gallardón? ¿Y no es un calco el de la izquierda a Soraya Sáenz de Santamaría? Las serpientes también son reconocibles, dice José K. Coqueto, demora su identificación.

Ah, guiña un ojo pícaramente nuestro interlocutor, sentado frente al mármol del café de toda la vida, con la sombra de dos camareros arrastrando los pies por el linóleum con tanta o más edad que él. La derecha, dice José K., es carnívora. Devora rojos, pecadores e inmigrantes como pinchitos de Santi Santamaría, mejor que de Ferran Adrià, en exceso sofisticados para fauces más bien recias. Esta derecha nuestra necesita carnaza para sus molares, premolares, caninos y colmillos, generalmente retorcidos.

Pero pasa a veces, no muchas a lo largo de la historia, que la izquierda se zafa de los virulentos ataques de Polifemo y se escabulle por los laterales para ganarle al monstruo violento. ¿Y qué hace el gran dragón, pregunta retóricamente José K., cuando no ha podido echarse al coleto su gigantesca ración de enemigos, es decir, la casi totalidad de seres humanos? Pues comenzar a comerse a sí misma por el rabo, se responde en primera instancia. Pero, como siempre, añade su pellizco obligado de acíbar para amargar el dulce, y nos recuerda que las lagartijas -los dragones, a la postre, son lagartijas grandes- regeneran su rabo cortado en un suspiro, como saben los catedráticos de Zoología y los niños de posguerra.

Más sorprendente le parece a nuestro amigo este cataclismo, este seísmo, esta hecatombe, esta catástrofe que ha sacudido a la derecha sin que haya cambiado en nada la composición molecular, física y mental, de Mariano Rajoy Brey, nacido en Santiago de Compostela hace 53 años. Sigue siendo, como es natural, un señor muy de derechas. Nada indica que el aún líder del PP haya sufrido mutación alguna desde horas antes del 9-M a horas después de aquel domingo, ahora tan lejano. Era don Mariano el día 8 un hombre de ley, indispensable para salvar la patria, y ya el 10 amaneció convertido en el Sacamantecas. Conste que a José K. le parece más ridículo lo que pensaban los corifeos del líder de la derecha antes de las elecciones que después. Para un izquierdista recalcitrante, cualquiera que dirija el Partido Popular siempre está más cerca del hombre del saco o del monstruo de las nieves que de la beatitud.

José K. cree saber lo que ocurrió. Y cuenta: pasó que volvieron a perder las elecciones. Ocho años en la oposición son muchos y les reconcome la sinrazón de que alguien les quite lo que les corresponde por derecho divino: el poder. ¿Cómo es posible, piensan estos chicos, que haya once millones de españoles que no nos obedezcan? Sucedió, simplemente, que al chico bien mandado que le habíamos preparado cuatro años de plomo, con sus vomitivas conspiraciones del 11-M, su utilización repugnante del terrorismo, el ensuciamiento del poder judicial, con los obispos echados a la calle en una procesión más bien hilarante, no supo ganar y restituirles lo que es suyo, ahora usurpado por unos descamisados vendepatrias. Y ante esta broma, aquel chico optó por sacudirse las pulgas, gesto reconocible en la derecha mundial, y decir: los culpables son los otros, no yo. Que se vayan, que yo me quedo y rectifico. Y ahí que se vino la marimorena, griterío de corrala, escándalo de arrabal.

¿Se acuerda que habíamos dejado en el aire la identidad de esos seres mitológicos que aprietan y ahogan?, pregunta José K. tras el segundo cortado. Ahora es buen momento para identificarles. Si yo fuera dibujante, dice, y mis manos artríticas fueran capaces de crear figuras, yo sé cómo las representaría. Así, entorna los ojos, sería esa ilustración: dos personajes de espaldas, para que todos supiéramos quiénes ejercen de ejecutantes, pero sin darles la gloria de reconocer sus caras. Uno de ellos lleva embudo en la cabeza, un micrófono de la Cope, la emisora de los obispos, en la mano derecha y una navaja de carraca en la izquierda, escondida a la espalda. Es un señor bajito, eso se ve enseguida. Aquí José K. hace un inciso y nos recuerda que él mismo apenas alcanza los ocho palmos, estatura para no hacer muchos alardes. Pero es sólo por ser riguroso, señala. El otro es más alto, luce camisa de rayas, tirantes de susto y coronilla brillante. Tiene las manos muy ocupadas: lleva un bazooka, un rifle de repetición, un lanzallamas y dos docenas de granadas, empeñado en seguir dominando el cotarro de la derecha, sin olvidarse de departir horas y horas con el presidente del Gobierno, tan generoso en sus amistades.

Las dos figuras aparecen en primer plano: se les ve cómo azuzan por la espalda a decenas de señoritas y señoritos elegantemente vestidos, si bien alguno de estilo casual, que no hacen sino tirar chinas, unos, y piedras de grueso calibre, otros, a un señor con barba rala que asoma gafas por la puerta entreabierta de Génova, 13, arropado por otras señoras y señores idénticos a los atacantes, pero portadores de escudos. En uno y otro campo, mezclados para escoger y revolver, como tenderete de mercadillo, presidentas y presidentes de comunidades, alcaldes, dirigentes regionales, ex ministros y otros nombres de similar relevancia.

A José K., por cierto, se le ha iluminado la cara cuando ha mencionado la Cope. Y pregunta: ¿creen ustedes que los obispos le dejan al del embudo atizar a Mariano por defender los principios de la Iglesia Católica? Criaturas, se responde. Los obispos sólo quieren tener al mando de ese que consideran su partido, a un escuadrista con porra y palo dispuesto a dar caña en las calles contra el Gobierno, mientras discuten con los ministros las exenciones fiscales y las subvenciones a los centros religiosos en la próxima modificación, si es que llega, del Tratado con el Vaticano.

Y ahora es cuando José K., que se mantenía especialmente sereno para su condición de fanático, echa espumarajos por la boca al referirse al Gobierno, presuntamente los suyos. Se achantan ante estos cristeros, vocifera, y mantienen los signos religiosos, mientras cardenales y obispos se tronchan de la risa.

Y es que andan en Moncloa, embebidos en estúpida pelea con las palabras, tratando de amordazar a quien se le escape la palabra crisis -concepto inexistente- para traducirla en la gloriosa desaceleración acelerada. Menos mal que la jovencísima ministra, que fue con sus huesas al Congreso para saludar a las miembras, resucitó como referente lexicográfico a Chiquito de la Calzada, que andaba el presidente y su entorno algo mustios porque se hubiera acabado el Chikilicuatre, ese gran éxito cultural.

Asustados por la vena que se le ha puesto en la frente a José K., le aconsejamos calma y sí, le animamos a que vuelva a la felicidad contemplando con amplia sonrisa la pelea a garrotazos de la derecha, otro cuadro de Goya que se le aparece, entre corbatas verdes y cocodrilos rosas…