Pasado, presente, futuro

Por Michel Wieviorka, profesor de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París (LA VANGUARDIA, 13/10/06):

Grandes dinámicas globales, supranacionales, ejercen sobre la vida de las naciones un impacto considerable, que no obstante sería erróneo concebir de manera uniforme o idéntica. Por esta razón, países que presentan rasgos similares, expuestos a idénticos vientos y fuerzas de la economía mundial de mercado, flujos comerciales con el consiguiente trasvase de idénticos productos culturales, idénticas grandes marcas… e idénticos movimientos migratorios se hallan expuestos a debates, tensiones y conflictos muy distintos. En este sentido, la comparación entre los casos de Francia y España puede ser ilustrativa.

Se trata de dos países que pertenecen a un mismo espacio – Europa-, receptores de numerosos inmigrantes, que comparten a la vez cierta tradición jacobina y sólidas especificidades nacionales. Dos países, asimismo, que han desempeñado un considerable papel histórico si atendemos a la expansión colonial desde el siglo XVI. No obstante, el debate en estos dos países reviste caracteres muy distintos si se atiende a los diversos desafíos relativos a las identidades y a sus memorias asociadas.

Francia es, a decir verdad, un país lleno de furor y pasión, circunstancia bien patente en varias vicisitudes de su historia. Los judíos de Francia han pedido – y logrado- que el discurso nacional incluyera las culpas del régimen de Vichy que durante la Segunda Guerra Mundial contribuyó activamente a su destrucción; los armenios pueden en lo sucesivo invocar una ley que reconoce el genocidio de 1915 del que fueron víctimas, y el presidente Chirac ha reconocido recientemente el papel histórico de la nación francesa en la esclavitud.

En relación con esta suma de culpas, sinrazones y sufimientos históricos, los intelectuales se pronuncian enérgicamente, los grupos y movimientos sociales se movilizan y trazan todos al unísono un panorama que el sociólogo Jean-Michel Chaumont, en su libro del mismo título – Competencia de víctimas: genocidio, identidad, reconocimiento ha calificado precisamente de competencia de víctimas.En cambio, la reivindicación occitana, tan boyante hace treinta años, prácticamente se ha ido apagando, como ha sucedido con otro movimiento importante de los años setenta, el bretón.

En España, donde sus nacionalidades y regiones gozan de mayor autonomía que en Francia, sus demandas son poderosas y firmes, sobre todo en Catalunya y el País Vasco, aunque no invocan tanto el factor de la memoria como hicieron en su apogeo los movimientos occitano o bretón: subrayan más bien los aspectos políticos, económicos y culturales y sólo tal vez en segundo término se dirigen al Estado español en demanda de un discurso nacional distinto. Y, si lo hacen, es acompañándolo de otras demandas – de tipo político- alusivas a la represión LAS REIVINDICACIONES asociadas a la memoria dan fe a veces de una incapacidad de las víctimas y otros actores de mirar el futuro con confianza de la dictadura franquista que incluyen asimismo la cuestión de la identidad, pero que preferentemente ahondan en la propia dimensión de la represión.

La inmigración en España, como en Francia, procede en parte de antiguas colonias, en su caso de Latinoamérica. Pero mientras en Francia su pasado colonial – como el de la descolonización- se sitúa en el centro de numerosas reivindicaciones dirigidas al Estado y su discurso nacional, las eventuales demandas procedentes de la inmigración latinoamericana en España se refieren más bien a otras cuestiones: sociales, económicas y cívicas en general.

Francia, como España, muestra una trayectoria compleja y plena de acontecimientos en sus relaciones con el mundo árabe-musulmán; en cualquier caso, la migración de esta procedencia difiere en un caso y otro en su modo de tratar con el Estado. En efecto, resulta más destacado y prominente en Francia que en España el empeño puesto en que, por ejemplo, el pasado colonial francés en el norte de África – y sobre todo en Argelia- y el proceso mismo de descolonización cristalicen en debates en cuyo curso la historia (como discurso nacional vertido en los programas y libros de texto) sea efectivamente interpelada.

Digámoslo claramente: lo cierto es que se advierte menor inquietud en España que en Francia a impulso de las identidades asociadas a la memoria que suelen exigir al Estado-nación que modifique su discurso nacional.

¿A qué cabe atribuir tal diferencia? Pueden formularse varias hipótesis. Unas son de carácter histórico. La colonización española en Latinoamérica fue brutal y mortífera, pero hace tiempo que dio paso a estados-nación cuyos ciudadanos, si deciden emigrar a España, no abrigan motivos especiales de agravio en nuestra época, ni tampoco existe un grave contencioso pendiente.

Sin embargo, no ocurre lo propio al tratarse de Francia y sus inmigrantes procedentes de las antiguas colonias, sobre todo de Argelia: en este caso, el pasado resulta cercano y doloroso. Y numerosos grupos – ex pieds-noirs,ex harkis,hijos de miembros del FLN o del MNA, soldados de contingente, etcétera- lo interpretan de forma apasionada y contradictoria.

Otras hipótesis aluden más bien a la naturaleza del Estado, según el caso. El Estado español, aun presentando netos rasgos centralistas, es más abierto que el Estado francés, que aúna vocación jacobina y sólidas referencias a un ideal republicano hostil frente al reconocimiento de cualesquiera particularismos. El Estado-nación francés se ha construido y afirmado en contra de las identidades particulares, en el interior del país, promoviendo una concepción universalista de su misión civilizadora;dicho de otra forma, colonialista, también negadora de los particularismos. Y, por este motivo, hay que hablar en su caso, en mucha mayor medida y en comparación con el Estado español, de la existencia de un obstáculo en lo concerniente a las reivindicaciones identitarias que le interpelan continuamente por motivos y circunstancias muy actuales. Por ejemplo, por el racismo que sufren los inmigrantes, pero también por la continuidad de lo que este presente representa en relación con el pasado: sigue viva la cuestión de la violencia prácticamente avalada en el curso de ese pasado. En cambio, no hay apenas continuidad en España entre la expulsión de los árabes y de los judíos, la persecución posterior en nombre de la pureza de sangre y la situación actual, en tanto que sí existe una continuidad en Francia entre el antiguo antijudaísmo, el antisemitismo de la época del asunto Dreyfus, el del régimen de Vichy y ciertos aspectos del odio contemporáneo contra los judíos; como existe una continuidad entre el racismo de la época colonial, la violencia de la descolonización y el trato actual a los inmigrados del norte de África.

Ahora bien, debe añadirse en este punto que la cuestión en liza no se circunscribe en absoluto al pasado y el presente. Las reivindicaciones asociadas a la memoria – siendo legítimas como son- dan fe a veces de una incapacidad tanto en el caso de las víctimas como de otros actores implicados de observar el futuro con confianza. Reducen el debate a la consideración repetitiva y monótona del pasado por no digerirlo sin llegar a negarlo, por no querer – en definitiva- elaborar el duelo.

De igual manera, adoptan un sesgo tanto más doloroso cuanto que es la sociedad entera la que se halla en crisis, la que se siente como mínimo perturbada por sentimientos de decadencia o amenaza.

En esta perspectiva, ¿no es menester reconocer que España parece proyectarse hacia el futuro, hacia Europa y hacia el mundo con mayor determinación y firmeza que Francia?